
El doctor Manel Esteller, considerado una de las máximas autoridades en epigenética, envejecimiento y cáncer, ha liderado una investigación que busca explicar cuáles son las causas del aumento de la esperanza de vida a nivel mundial. Su trabajo ha tomado como referente el caso de María Branyas, una mujer nacida en Estados Unidos, pero que pasó gran parte de su vida en Cataluña, y que falleció en agosto de 2024 a los 117 años de edad, convirtiéndose en la persona más longeva del planeta.
Branyas llevó siempre un estilo de vida saludable y su genética jugó a su favor, pero el equipo de Esteller encontró aspectos aún más sorprendentes. A pesar de su edad, nunca padeció enfermedades vinculadas al envejecimiento celular, como el cáncer. Incluso sus células mostraban una actividad biológica equivalente a la de alguien 20 años más joven, lo que indica un proceso de envejecimiento mucho más lento de lo habitual.
Uno de los hallazgos más llamativos fue el análisis de la longitud de sus telómeros, esas estructuras que protegen los extremos de los cromosomas y que suelen acortarse con la edad. De forma paradójica, Branyas presentaba telómeros excepcionalmente cortos, lo que desafía las teorías clásicas que relacionan su longitud con la longevidad.
Una microbiota de juventud
La microbiota intestinal de la supercentenaria también arrojó resultados reveladores. Su perfil correspondía al de una persona mucho más joven, con altos niveles de Bifidobacterium, un género de bacterias beneficiosas que ayudan a mantener la salud del sistema inmunitario y digestivo. Según los investigadores, este equilibrio intestinal se vio favorecido por su dieta, en la que destacaba un hábito muy concreto: tomar tres porciones diarias de yogur natural y sin azúcar.
La influencia de la dieta y el ejercicio
Más allá de la genética y la microbiota, el estilo de vida de Branyas fue clave para alcanzar una longevidad tan excepcional. Mantenía una alimentación mediterránea basada en frutas, verduras, aceite de oliva, pescado azul y lácteos fermentados. A esto se sumaba el ejercicio regular, principalmente caminatas diarias y actividad física ligera que le ayudaban a mantener la movilidad y evitar problemas musculares y óseos.

El investigador insiste en que, aunque no podemos elegir nuestra genética, sí podemos influir en la manera en la que envejecemos a través de nuestros hábitos. Evitar tóxicos como el tabaco y el alcohol, mantener una actividad física constante y llevar una dieta equilibrada sin exceso de azúcares ni ultraprocesados son pilares fundamentales. Además, Esteller recomienda potenciar alimentos que favorezcan un microbioma intestinal saludable, como el yogur, los fermentados o el pescado azul.
El caso de María Branyas no solo ha inspirado titulares por su récord de longevidad, sino que también ha ofrecido claves científicas que ayudan a entender mejor cómo envejecemos. La combinación de una genética favorable, una microbiota joven y un estilo de vida saludable hicieron de Branyas un ejemplo único que hoy sigue guiando la investigación en torno al envejecimiento saludable y la esperanza de vida.
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