
El 10 de febrero de 1912 cayó sábado y esa noche los vecinos del Raval, el popular barrio de Barcelona, se habían volcado a las calles en plenas fiestas por Carnaval. Ya de regreso a casa, Ana Congost se detuvo a hablar con una amiga del vecindario, momento en que su hija, Teresita Guitart, aprovechó para zafarse de la mano de su madre y proseguir el paseo por su cuenta. Nadie volvería a saber nada de ella hasta 17 días más tarde, cuando la policía allanó la casa de Enriqueta Martí y Ripoll, en la calle Poniente, y dio con una niña rapada. “Aquí me llaman Felicidad”, aseguró la pequeña de cinco años.
El rapto de Teresita fue la gota que rebalsó el vaso de la sociedad barcelonesa de principios del siglo pasado. Entre los habitantes del ciudad condal corría por entonces el rumor de varios secuestros de niños por la ciudad, según cuentan Eladio Romero y Alberto de Frutos en su libro En la escena del crimen, e incluso la policía había tenido que intervenir en un motón en el Mercado de Gracia tras jurar una criada que había visto a un hombre con un saco a sus espaldas del que salían voces infantiles que gritaban “¡mamá, mamá!”. No es de extrañar que la opinión pública se abalanzara contra Enriqueta.
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Los hechos no beneficiaban a la secuestradora que, como contó más tarde Teresita, había engañado a la niña con la promesa de regalarle unos caramelos. Cuando la policía ingresó a su casa no solo encontró a la hija de los Guitart sino también a una pequeña que respondía al nombre de Angelita, la cual afirmó que en esa vivienda había sido asesinado un niño llamado Pepito. Allí también hallaron ropa de niña manchada con sangre, un enorme cuchillo y diversos escritos con mensajes cifrados.
El testimonio de esta segunda niña, quien resultó ser hija de la hermana del exmarido de la secuestradora a la que esta había acogido como hija propia sin comunicárselo a nadie, no hizo más que empeorar la situación de Enriqueta. En búsquedas de pistas sobre la identidad del tal Pepito, los agentes volvieron a registrar el piso de la delincuente, encerrada desde hacía días en la cárcel de la calle Reina Amalia, y lo que hallaron esta vez horrorizó a toda la ciudad. Oculto en un hueco, se encontró un saco con hueso aparentemente humanos y frascos con sangre coagulada. Los allanamientos se repitieron en antiguas casas de Enriqueta donde la policía se topó con más huesos, sangre, ungüentos y pomadas. La “Vampira del Raval” había nacido en el imaginario colectivo de toda una sociedad.
Vínculos con la clase alta catalana
A partir de estos escalofriantes hallazgos, y alimentado desde la prensa, comenzó a rumorearse que Enriqueta secuestra a niños para vender su sangre o cataplasmas destinadas a curar la tuberculosis en personas de la alta sociedad catalana. Algunos diarios de la época incluso hablaban de la existencia de una “lista misteriosa” en la que constaban las iniciales de numerosas personas con sus respectivos domicilios en el paseo de Gracia, Rambla de Cataluña y San Gervasio. La vampira tampoco colaboraba con su defensa al negarse a aclarar la identidad de Pepito sobre el cual sólo decía que pertenecía a una familia acomodada, cuyo nombre no podía revelar, y que se lo habían dejado en custodia.
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A pesar de que los análisis del material descubierto determinaron que este procedía de animales y no de humanos, algo de la sangre incautada sí se pudo relacionar con las hemorragias que sufría Enriqueta, enferma de cáncer de útero y cuyo estado fue empeorando a lo largo de su estadía en prisión. Finalmente, la Audiencia de Barcelona elevó su causa a juicio acusándola de tan solo tres delitos: secuestro, suposición de parto -por haber simulado parir a Angelita- y falsedad documental -por haber inscrito a la niña como hija suya-. Nada sobre asesinato.
Sin embargo, nunca llegó a sentarse en el banquillo de los acusados ya que falleció en prisión, el 13 de mayo de 1913, a causa del cáncer. Su muerte hizo crecer el mito de la Vampira del Raval y entre los ciudadanos surgió, de nuevo con el apoyo de la prensa amarilla, la sospecha de que la mujer había sido envenenada, a días de que comenzara el juicio en su contra, para evitar que denunciara a sus supuestos clientes, a quienes la vampira habría facilitado niños para satisfacer sus pasiones. Jamás nada de eso pudo comprobarse, pero la leyenda urbana convirtió para siempre a Enriqueta Martí y Ripoll en símbolo de la maldad por excelencia.
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