
A lo largo de los años, Wes Anderson ha sido capaz de crear una marca que lo identifica a la perfección como autor. Su humor estrambótico e hierático, su paleta de colores, su gusto por la simetría de los planos, su obsesión por las maquetas y los decorados, por la estética retro-pop y, sobre todo, su galería de personajes, muchos de ellos inadaptados e insertos en familias disfuncionales, antihéroes que en su patetismo conseguían ser adorables.
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Parafernalia ‘non-sense’ ensimismada
Sin embargo, en los últimos tiempos, el propio estilo que se encargó de acuñar se ha convertido en una especie de losa para el cineasta, hasta el punto de que sus últimas películas se encuentran tan recargadas de todos esos elementos, que el artefacto termina por devorar todo lo demás. Mucha parafernalia, todo muy bonito, pero también un destello de escasa autocrítica autoral y un cierto ensimismamiento, como si el director no necesitara aportar mucho más que aquello que esperan sus seguidores.

En Asteroid City, su última película, uno de los personajes llega a decir en un momento: “No entiendo nada de lo que está pasando”. No se sabe si realmente se trata de una broma que pudiera dar un sentido retorcido a todo lo que plantea o si, en realidad, ese non-sense lo único que revela es la nada más absoluta.
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Desde el principio se empeña en complicar las cosas a través de un dispositivo teatral en el que hay diferentes capas de representación para poner de manifiesto una supuesta reflexión en torno al proceso creativo y a la naturaleza de las narraciones y las ficciones. Todo ello lo adorna con un lenguaje rimbombante que termina perdiendo su verdadera noción para caer en algo así como la charlatanería.
Puede que Anderson con esta película certifique una crisis creativa, la misma que sufre el escritor de la obra (encarnado por Edward Norton), que no es capaz de articular aquello que quiere contar y precisamente necesita de los actores para dotarlo de forma y alma. Y en efecto, son los actores de Anderson, su querida trouppe los que logran salvar (aunque sea un poco) una película que da vueltas sobre sí misma de manera cansina y redundante, sin ser capaz de generar sorpresa, ni siquiera cuando aparece un alien en la pantalla.
Personajes poco memorables
Esa tendencia a la coralidad que siempre ha estado presente en su cine, lo cierto es que ha degenerado en una sensación de caos, de ‘totum revolutum’, en el que ningún personaje, por mucho que se empeñe, resulta memorable.
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Y aquí deviene una pregunta: ¿cuáles son las películas de Wes Anderson que más recordamos? Aquellas que tenían personajes mejor construidos y una mayor presencia en la pantalla, que eran capaces de tirar de las situaciones anecdóticas y dotarlas de una personalidad única. Eso estaba presente en Academia Rushmore, en Los Tenenbaums: Una familia de genios, en Life Aquatic (a pesar de sus desequilibrios) y en Moonrise Kingdom. También en sus dos propuestas animadas, El fantástico Sr. Fox e Isla de perros. Todas ellas tenían una construcción sólida que podía tender al delirio, que podían ser más o menos episódicas, pero estaban tocadas por una brizna de genio a la hora de combinar el torrente visual, su rico universo personal, su delicadeza de orfebre y la creación de personajes icónicos que pasaban a formar parte instantáneamente de la cultura popular cinematográfica.
En Asteroid City, todas sus criaturas se encuentran desdibujadas, aunque entre ellas brille especialmente Scartlett Johansson y sus conversaciones con Jason Schwartzan. Poco más. Bueno, los niños. El trío de pequeñas que hace frente como puede a la muerte de su madre y dos adolescentes genios que podrían ser el trasunto de los protagonistas de Moonrise Kingdom, que dotan de calidez a una propuesta antipática. Todos los demás forman parte de un magma difuso y confuso que irrita y cansa. Y ahí se encuentra el dilema que plantea esta película: no siempre más es mejor, no solo sirve una idea que pueda parecer sugerente, también hay que articularla y sacar algo de ella, y no solo es bueno tener el mejor plantel de actores que uno pueda imaginar si no se tiene nada que contar.
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