
El 24 de enero de 2003, Juan Francisco Ledesma, portero del número 89 de la calle de Alonso Cano, en el barrio de Chamberí, recibía un tiro mientras que daba de comer a su hijo de dos años. Un hombre que entró repentinamente en el portal le dijo que se pusiera de rodillas y acto seguido le disparó en la cabeza. La viuda de la víctima declaró ante la policía que su hijo decía que “había pasado mucho miedo, que él estaba tomando el vaso de leche y que entró un señor que estaba muy enfadado, que tenía una cara muy fea y que decía palabrotas”.
La prensa se hizo eco de la noticia, pero no fue hasta 12 días más tarde cuando empezó la verdadera cobertura mediática. El segundo asesinato se produjo en las inmediaciones del aeropuerto de Bajaras. En una parada de autobús, Juan Carlos Estacio, un joven de 28 años, recibió un disparo a quemarropa en la cabeza por la espalda. En este caso, la policía encontró un as de copas de la baraja española, que daría nombre al asesino que se cobraría dos vidas más ese mismo día. Horas más tarde, tras merodear por un barrio de Alcalá de Henares, el asesino entró en un bar y disparó a bocajarro a Mikel Jiménez Sánchez, el hijo de la dueña del bar, y a Juana Dolores Uclés, ambos murieron. También pegó tres tiros a la dueña, pero esta consiguió sobrevivir.
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El cuarto crimen lo cometió el 7 de marzo de 2003 en Tres Cantos. El asesino se acercó un joven, Santiago Eduardo, y le disparó en la cara hiriéndole de gravedad. A su lado se encontraba su novia, Anahid C, a quién también intentó disparar, pero se le encasquilló la pistola. La joven, que se protegía la cabeza con los brazos, levantó unos minutos después la cabeza y ya no estaba, pero antes de irse, el asesino tiró otra carta. En esta ocasión se trataba de un dos de copas con un punto azul hecho con un bolígrafo y un rotulador. Ya había pasado un mes del crimen del ‘as de copas’ en la Alameda de Osuna y este se sumaba a la lista. La policía aún no había dado con el asesino y tampoco la prensa, que seguía las investigaciones muy de cerca.
En el quinto y último crimen, el asesino dejo dos cartas y dos cuerpos a sus espaldas. El 13 de marzo de 2003, cerca de un descampado en Arganda del Rey, el asesino dio con George y Diona Magda disparó por sorpresa a la cabeza del hombre, que murió en el acto, y la mujer se giró rápidamente para comprobar que le estaba apuntando con una pistola, se protegió con los brazos, pero murió con tres tiros en la cabeza dos días después.
Un asesino en serie, testimonios reales y una perspectiva sobre el caso jamás contada. La docuserie ’Baraja, la firma del asesino’ llega el 9 de junio. pic.twitter.com/LF8p3fwCGQ
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La policía no daba con el asesino, tampoco entendían su firma a base de cartas. La prensa especulaba con las posibles razones que estaban detrás de las muertes y de las cartas, al tiempo que cundía el pánico en Madrid. Y de repente, silencio. Los asesinatos pararon. Fueron meses de angustia en la ciudad de Madrid, porque el asesino seguía suelto y la policía no encontraba pistas.
Una pena de cárcel de 142 años
Pasaron meses hasta que Alfredo Galán acudió a una comisaría en Puertollano (Ciudad Real), y confesó ser “el asesino de la baraja”. En el juicio se retractó, negó haber sido el asesino para que no le juzgaran, pero había pruebas sólidas para declararlo culpable: testigos oculares, el arma, la ropa y su primera confesión. La sentencia de la Audiencia Provincial le condenó. Se le atribuyeron los cargos de allanamiento de morada con un delito de asesinato, con la atenuante de confesión a la pena de 18 años y seis meses. En segundo lugar, le condenan por cinco delitos de asesinato, también con atenuantes de confesión a 17 años y seis meses. Además, de tres delitos de asesinato en grado de tentativa a 11 años y tres meses, y finalmente un delito de tenencia de armas a dos años y seis meses. En total, 142 años de cárcel de los que no cumplirá más de 25.
Víctimas por el azar
Tras su entrega, se aclararon muchas incógnitas. Los investigadores preguntaron a Galán por qué había parado y este explicó que prefería dejar pasar el verano antes de volver a matar. También confesó que escogía a sus víctimas al azar y que lo hacía para “probarse” a sí mismo que “asesinar era fácil”.
Ahora, veinte años después, dos series documentales recogen toda la información del caso para desmontar el mito y mirar desde otra perspectiva todo lo que sucedió. El primer documental se estrenó en RTVE Play en enero, y el segundo, titulado Baraja: la firma del asesino, podrá verse en Netflix a partir del 9 de junio.
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