
¿Quién le da alegría a los que regalan alegría? A través de los años los artistas de la comedia, especialmente a los payasos que han sido gravemente estigmatizados por diferentes motivos enfrentando múltiples desafíos para vivir del arte en el territorio salvadoreño.
“Juguetón”, bajo este nombre artístico y capas de pesado maquillaje se encuentra Giovany Tobar, un salvadoreño que lucha contra el estigma y la desvalorización de ser “payaso” de profesión.
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En declaraciones a Infobae, Giovany expone la realidad de los payasos en El Salvador, donde la falta de reconocimiento, el rechazo social y la lucha diaria por subsistir marcan su vida.
“Hay ratos que te animás, ratos que no te animás. Pero se van dando las cosas y te vas uniendo con gente de tu mismo sentir y pensar en cuanto al arte circense”, relató, recordando los inicios de su vocación.
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“Empecé a maquillarme con lo que fuera. Empecé con maquillaje de mujer. Empecé a sentir aquella alegría, motivación. Era una satisfacción espiritual ser notorio, ver que la gente se reía”.

Uno de los principales obstáculos es el estigma social. Tobar explica que el prejuicio surge de personas sin vocación: “Otros se han comportado mal, eso ha perjudicado mucho el arte, porque hay payasos que fueron a trabajar bajo los efectos de alcohol y eso estigmatizó en general al payaso. La gente le perdió la fe y lamentablemente generalizaron”. Según él, la sociedad asocia a los payasos con actitudes negativas o poco profesionales, lo que afecta las posibilidades de trabajo y el respeto hacia el oficio.
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“Es un trabajo no valorizado. Es un trabajo muy mal visto. No sé, quizás por la mala conducta de otros”, afirma. Para Tobar, la discriminación directa y la desvalorización social se convierten en barreras constantes.
La falta de apoyo institucional agudiza las dificultades del oficio. “Lamentablemente, no hay apoyo, cada quien vela por su santo”, lamenta Tobar argumentando que se busca apoyo entre los artistas del rubro.
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Esta carencia de respaldo deja a los payasos sin acceso a seguridad social ni beneficios laborales: “Sufrimos cuando nos enfermamos porque no hay seguro ni pensiones, luchamos con fe en Dios para poder salir adelante día a día”, en muchas ocasiones buscan respaldo en asociaciones de artistas.

El entorno personal no siempre resulta favorable. “Yo miraba que mi familia no estaba muy de acuerdo. Como amigos tampoco, me decían que podía dar a algo más. Pero cuando a uno le gusta algo, creo que uno se entrega de corazón. Es algo que se trae en la sangre, no importa lo que pase, no importa lo que venga”, cuenta Tobar.
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Muchos le sugirieron abandonar la profesión: “Hubo gente que me dijo: ‘Mejor dedíquese a otra cosa’”. A pesar del desánimo y la discriminación, insiste en que la pasión por el arte lo mantiene de pie.
A pesar de todo, Tobar destaca el impacto positivo de su labor. “La risa es terapéutica, es curativa. Vi muchos cambios en niños y en jóvenes. Se mira el cambio con solo que te miren maquillado. Es sumamente terapéutico, satisfactorio, es positivismo”.
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Las experiencias personales también marcan su trayectoria. Una de las más significativas ocurrió en el Hospital Nacional de Niños Benjamín Bloom. “Una de las vivencias que tuve muy especial fue haber llevado eventos con niños discapacitados que no podían hablar ni oír. También tuve la oportunidad de tener ese estado espiritual muy especial con los niños con cáncer del Bloom. Esas han sido muy especiales para mi vida”.
La familia se convierte en el pilar fundamental para Tobar y muchos colegas. “La motivación es muy agradable. En nuestra resiliencia no ha habido más que la familia, la gente que lo apoya a uno con fe. Las necesidades dentro de la familia, todo eso hace que se convierta en una prioridad primaria, pero la satisfacción es cuando la familia está comiendo, cuando tiene un plato de comida y es por el arte de ser payaso”.
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Detrás del maquillaje y la risa, hay personas que sienten miedo, soledad y tristeza, pero que continúan adelante. “Somos seres humanos antes de ser artistas, antes de ser payasos. También nos enojamos, también vivimos ciertos estados de tristeza, miedo o soledad. Muchas veces nosotros mismos nos damos ese ánimo, nos caemos, pero no nos enamoramos de la piedra que nos hizo tropezar”.
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