Siempre tuve presente la idea de una mujer llamada Rocío. Ese es el nombre de mi primita, que nunca me manifestó haber tenido deseos de quitarse la vida, pero sí me llegó la frase que hoy es el título de nuestra obra: Yo me tengo que bañar y a nadie le importa. Mi prima hacía unos años acababa de perder a su madre, y vivía con su padre y sus hermanos varones. Le resultaba muy difícil tener un espacio de intimidad. La casa donde vivía no era muy grande y cada tanto se veía inmersa en problemas diversos de convivencia. En el marco de una discusión, ella dijo esta frase porque era el momento que tenía para bañarse y no podía llevarlo a cabo por impericias varias. La frase me la transmitió mi padre diciéndome que algún día podría escribir una obra sobre sobre esas palabras. Y bueno, dio en el clavo.
A partir de ahí empezaron a surgir otras imágenes. La primera fue la de una mujer paralizada que era aseada por una enfermera. La idea de que una mujer limpie íntimamente a otra me parecía fuerte. Por un lado esa intimidad y por el otro la contradicción de un hermano que acaba de volver de Barcelona -como le pasó a un amigo mío-, sumado a lo banal que puede sonar que en ese contexto de privacidad él esté leyendo notificaciones sobre fútbol con el celular y tomando mates.
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Hace unos años trabajé con una actriz que había tenido varios intentos por quitarse la vida, y me contó uno que siempre me quedó dando vueltas. Ella en la universidad estaba muy enamorada de un profesor que no le correspondía el sentimiento. Hasta que en un momento de impulso, en medio de la clase y delante de todos, decidió cortarse las venas. Fue un caso conocido, creo que salió en los medios. Esa chica también me venía a la mente a la hora de escribir.
De pronto también, apareció la imagen de una travesti. Ya hice otras obras con personajes travestis, pero esta tenía una particularidad. Hace unos años con el grupo de teatro popular Miguelitos, tuvimos una reunión con un grupo de travestis que nos contaron sus historias personales y algunas cuestiones referidas a la militancia. Movilizado por el relato, me puse a escribir una obra corta que finalmente no pudimos montar. Tiempo después retomé ese material, lo transformé en monólogo y se lo puse al rol de Micaela.
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A su vez, esta no fue la única vez que revisé material de acopio. También extraje mucho texto de otras obras inconclusas para otros roles: sobre todo para la prostituta a la que nombré “Mujer I”; o para la enfermera, cuando cuenta el relato del perro que se tira de un balcón y cae sobre una señora, matándola en el acto.
Al momento de armar el grupo solamente tenía escrito el acto uno. Una vez adentrado los ensayos, a partir de improvisaciones estimuladas por varias premisas e intervenciones y conversaciones con médicos y terapeutas, fui sintiendo la necesidad de agregar dos actos más que incluyeran el paso del tiempo. Por eso Rocío en el acto dos sigue en el hospital, aunque ya interactúa con otros pacientes desde su silla de ruedas. En el acto tres aparece la familia con una Rocío que camina, un poco más infeliz. Y aparece la presencia de un padre de pocas palabras.
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En la última etapa del proceso, decidí darle voz a la “angustia existencial de Rocío”, de modo tal que aparezca el ruido de lo inteligible. Y el motor de la obra, entonces, se alimenta de preguntas tan comunes y tan profundas como “¿Quién soy?” y “¿Qué será de mí?”
* Yo me tengo que bañar y a nadie le importa (Realismo mágico) se presenta los domingos a las 20 hs en el Teatro Código Montesco (Gorriti 3956, CABA).
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