
Podría escribir un artículo al uso, repleto de citas textuales y frases concebidas para llamar la atención. En lugar de esto, seré más libre y espontáneo. Tan sólo leerá usted aquí algunos recuerdos de lo que para mí significó la lectura de Walden, escrito por Henry David Thoreau.
Dos años, dos meses, dos días
Thoreau pasó nueve largos años ocupado en escribir Walden. Trató de relatar la experiencia que vivió al retirarse durante dos años, dos meses y dos días a la laguna Walden. No fue una huida a los bosques, alejado totalmente de la civilización. De hecho, Walden distaba poco más de dos kilómetros de Concord, la ciudad natal de Thoreau. Era algo más sencillo: la tentativa de escapar del incesante ajetreo de la vida social, sin ninguna otra pretensión.
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El propio Thoreau taló los pinos con cuya madera construyó una cabaña de 3 x 4,5 metros. Era una pieza austera, con tres sillas, una para él y dos para las visitas, que no rehuía, aunque no más de dos al mismo tiempo. No era amigo de las multitudes.
Walden no es un libro corriente. En sus minuciosas y hermosas descripciones de la naturaleza, de los sonidos de un amanecer en la laguna, de un grévol engolado o del colimbo, se perciben con claridad las imágenes de parsimonia que con mucho esmero Thoreau trató de plasmar en palabras. ¡Es un libro vivo! ¡El testimonio del “lenguaje sin metáforas que hablan todas las cosas”!
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Thoreau decía que para encontrarse a uno mismo hay que perderse por caminos inciertos. Solía dividir el día, no sólo en su estancia en Walden sino siempre que pudiese, en dos partes: cuatro horas diarias, las de la mañana, para la lectura y la escritura; y otras cuatro para larguísimas caminatas durante la tarde.

Vivir y sobrevivir
Mientras leía Walden, recordaba otro de sus libros, éste muy corto, titulado Caminar. Thoreau observaba que “todo lo bueno es libre y salvaje”. Se sentía encarcelado por los rígidos moldes de la civilización. Lo civilizado puede transformarse en barbarie. Lo salvaje no se deja domesticar y por eso es imprevisible y voluntarioso. La docilidad hace que seamos meros seres reactivos y nos dejemos llevar por la inercia de los tiempos. Vivir no puede ser sino un esfuerzo consciente.
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Y durante toda la lectura de Walden, no dejaba de sentir la impresión de que el tema central del libro era celebrar la vida contra todo aquello que nos transforma en meras piezas de una maquinaria infernal. ¡Cuántas distracciones nos alejan de la tarea de vivir! De vivir por el simple placer de vivir. Poco tiene que ver la historia de Walden con una aventura de supervivencia. Thoreau no sobrevivía: ¡vivía en el más intenso de los sentidos!
Thoreau proclamó que había ido a los bosques para “vivir deliberadamente”. No para estudiar la naturaleza, tan indómita, bella y cruel al mismo tiempo, sino para percibirla directamente, sin imágenes preconcebidas. Ocurre un poco como señalaba Thoreau al decir que los estudiantes harían mejor en vivir la vida que en estudiarla en el aula. Y lo decía quien se había formado en la Universidad de Harvard. La mejor de las pedagogías es la de aprender por uno mismo y, sobre todo, hacer por uno mismo. Y la mejor biblioteca es el mundo.
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Vivir deliberadamente no puede reducirse a que nos adaptemos a lo que las reglas sociales o económicas exigen de cada uno de nosotros. Para Thoreau nuestro deber primero es el de escoger nuestra forma de vida.
Sencillez y libros
Thoreau escogió una vida austera. Decía que se es rico por la cantidad de cosas de las que puede uno prescindir. Si esto lo escribía a mediados del siglo XIX, no alcanzo a imaginar lo que pensaría de nuestra época. Dejemos aquí la crítica a la sociedad actual, tan frívola y trivial en sus aspiraciones.
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Thoreau escogió una vida placentera y sencilla. Se sentía entusiasmado por la naturaleza y los libros. Nunca se aburría porque siempre le espoleaba la curiosidad de conocer algo más de sí mismo y del mundo. Eran pequeños placeres de quien no ha sido estandarizado por el trabajo que se suele llamar “productivo”.
Hay trabajos que ennoblecen y otros que degradan; unos que causan frustración y angustia, porque no dejan tiempo para vivir, y otros trabajos que son poéticos. Trabajos que embrutecen y trabajos que dignifican, como las miles y miles de páginas que Thoreau escribió en su diario personal por el placer de hacerlo.
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Thoreau siempre me ha parecido un ejemplo de dedicación y humildad. Se mantuvo indiferente al prestigio y la reputación. Nunca codició la fama o el éxito. ¡Qué asfixia tener que concurrir contra los demás continuamente en el mercado de la notoriedad! Thoreau preguntaba si usted era uno de los noventa y siete que fracasan o de los tres que triunfan. ¿Y si no entramos en el juego? ¿Merece la pena sacrificar la vida para ser considerado un triunfador?
Al leer Walden, y al releerlo al cabo de unos años desde la primera vez que lo leí, hago mía la urgencia que planteaba Thoreau en el final del libro: “Sólo amanece el día para el que estamos despiertos”. No vaya a ser que cuando nos quede poca vida, hagamos balance y nos desespere la trágica sensación de que hemos pasado nuestros días viviendo el sueño de otros. O incluso podríamos llegar a la fatal certeza de que hemos vivido una existencia vacía hermoseada por vanas ilusiones.
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Walden es un arte de vivir. Es un fantástico paisaje de palabras por el que estoy profundamente agradecido. Es el arte de despertar cuando nos limitamos a sobrevivir. Es el arte de encarar la propia vida como si fuera el poema que tenemos la obligación de escribir, con nuestros actos y decisiones. Y me gusta imaginar que ese poema será tan bello como la naturaleza que admiraba Thoreau.
*Antonio Fernández Vicente es profesor de Teoría de la Comunicación, Universidad de Castilla-La Mancha.
Publicado originalmente en The Conversation
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