Pierre-Adrien Sollier
Pierre-Adrien Sollier

El naufragio de la Medusa del maravilloso pintor francés Théodore Géricault es una obra emblemática de la historia del arte por diferentes razones. Hoy, es una de las joyas que los museos del mundo le envidian al Louvre, pero cuando fue presentada en 1819 causó muchísimos rechazos y críticas (como le sucedió a mucho de los grandes genios del siglo XIX).

Por otro lado, la pieza del periodo romántico es la primera que representa un suceso histórico en “tiempo real”; o sea, un evento contemporáneo con resonancia social como fue el naufragio de la fragata de la marina Méduse, frente a la costa de Mauritania en 1816.

Géricault, que presentó esta obra cerca de sus ‘30 (vivió hasta los 32), inmortalizó a los 15 sobrevivientes de un total de 147 personas que quedaron a la deriva en una balsa improvisada, en la que hubo desde asesinatos por desesperación a canibalismo a lo largo de 13 días.

"El naufragio de la Medusa" ,de Théodore Gericault

Para la realización de la pieza, cuenta la leyenda que Géricault se obsesionó tanto con el realismo que, junto a un amigo médico, secuestró cadáveres de la morgue, extremidades varias como piernas, manos e incluso cabezas cercenadas que acumuló en una plataforma que simulaba la balsa en su taller.

Casi dos siglos después, también en Francia, el artista Pierre-Adrien Sollier retomó La balsa de la Medusa -como otros clásicos de la pintura-, pero aggiornada a los tiempos posmodernos. Esta vez los modelos no fueron cuerpos en descomposición, sino muñecos Playmobil, aunque el tratamiento de construcción, de puesta de la obra, tiene puntos en común.

“La primera pintura de mi serie Museo fue La balsa de la Medusa que firmé en 2009 pero comencé en 2007. No me imaginaba que en ese momento que volvería a visitar todas esas obras maestras”, explicó Sollier a Infobae Cultura en un intercambio de mails

“Mi objetivo, por el momento, era crear una imagen contemporánea y cuando veo esta pintura tan dramática y romántica de Géricault con todos los personajes convertidos en Playmobil, lo encontré no sólo divertido sino también cínico y metafórico”.

Como en la composición de Géricault, en esta versión cada personaje, “como sucede con los Playmobil, es un Don Nadie”, explica, y agrega que el muñeco funciona como “concepto humano plástico contemporáneo”. “Para mí, el poder de identificación del Playmobil es total. Quizás más que su primo amarillo porque sus proporciones son más humanas”, dijo.

Cuatro etapas de la remake de la
Cuatro etapas de la remake de la "La balsa de la Medusa"

Y es que los Playmobil, en un punto, son todos iguales (o por lo menos lo fueron durante décadas). Una base que se repite, que cambia de colores, de pelo, de profesión o especialidad según los accesorios. Una misma matriz despersonalizada que se repite al infinito o el estado de la humanidad contemporánea en estado puro, donde lo exterior termina siendo, en gran parte, aquello que otorga una identidad.

Por supuesto, Sollier no utilizó muñecos cercenados en un diorama, sino una herramienta más moderna: un ordenador. “Con respecto al proceso técnico, la mayoría de las veces hago imágenes de los personajes por separado y las pongo juntas en Photoshop para crear una composición que usaré como modelo”.

“Entonces, la primera etapa es esta mezcla de dibujo y material numérico para tener una idea precisa de las proporciones, los colores y también el tamaño del lienzo. Después de eso, dibujo la forma de esta composición definiendo con precisión los rangos de color. También puedo poner un espléndido color azul o marrón para definir la sombra y los rangos brillantes antes de comenzar a pintar, especialmente para las composiciones complejas”, explicó. Los cuadros son realizados con acrílico y pintura al óleo “para obtener un esmalte muy preciso y también efectos particulares”.

 La Libertad guiando al pueblo
La Libertad guiando al pueblo

Cuando Géricault murió en 1824, otro genio francés como Eugène Delacroix presentaba La matanza de Quíos, una obra sin héroe, compuesta también por una serie de inconnus y que fue polémica entonces por el detalle del bebé que intenta tomar de la teta de una madre muerta. Pero no es esta obra de Delacroix la que Sollier homenajeó, sino otra donde los desconocidos también ocupan la escena, aunque una de las figuras de la obra fundaría para siempre la estética de la Marianne francesa, como la emblemático La Libertad guiando al pueblo, de 1830.

El lienzo que simboliza la Revolución de 1830 se conecta directamente a la balsa de Géricault a partir de su estructura piramidal, lo que fue toda una novedad en la pintura histórica. Ambas se componen del caos con una base metafórica y objetivamente inestable, en una el mar, en otra una pila de moribundos sobre escombros. Y en las dos el recorrido visual culmina en una bandera flameante.

La Meninas
La Meninas

La piezas, debe decirse, tienen una conexión con Watson y el tiburón, del estadounidense John Singleton Copley, aunque la supremacía historiográfica francesa suele omitir este dato. En 1778, Singleton Copley utilizó un relato oral -sin trascendencia social- para pintar un hecho real en una pieza que fue polémica por representar en gran formato un tema que nada tenía que ver con la mitología o la religión, tal como marcaba la tradición.

Saliendo de las cuestiones históricas, los trabajos de Sollier suelen compartirse en las redes sociales como curiosidad, motivo suficiente en épocas de incomprensión y desapego por el arte actual. Algunos lo hacen movidos por lo emotivo, como un pedazo de la infancia que regresa con una estética asombrosa, otros porque no se han podido desprender de los muñequitos alemanes y continúan, en la adultez, como coleccionistas.

El jardín de las delicias
El jardín de las delicias

Sollier traslada al universo Playmobil grandes piezas de diferentes momentos de la pintura, pasando por el Renacimiento, la pintura flamenca, la barroca y el impresionismo hasta expresiones más contemporáneas. Así, entre otras obras se pueden ver reproducciones de La última cena y La Gioconda, de Da Vinci; La lechera, de Vermeer; los trípticos de El Bosco El jardín de las delicias y Tríptico de las Tentaciones de San Antonio; Las Meninas, de Velázquez; Bar en el Folies Bergere, de Manet; Mademoiselle Rivière, de Ingres; Los Jugadores de Cartas, de Cézanne; Tarde de domingo en la isla de la Grande Jatte, de Seurat; Baile en el Moulin de la Galette y El almuerzo de los remeros, de Renoir y Nighthawks, de Hopper.

El tiempo de ejecución para hacer una pintura “está definitivamente en función de la escala y el grado de detalle”: “Por ejemplo, La tentación de San Antonio con un centenar de personajes me llevó 3 meses, trabajando un poco todos los días. Siempre estoy pintando 4 ó 5 pinturas al mismo tiempo para no aburrirme y mantener un ojo fresco si estoy luchando con una parte del lienzo. Pero digamos un tiempo promedio, cada una me toma entre dos semanas y un mes”.

El almuerzo de los remeros
El almuerzo de los remeros

Para el artista cada pieza comienza con “una ‘visión sonriente’, una inspiración” que quiere convertir en realidad. Pero no todas sus obras son un espejo de una especie de realidad alternativa Playmobil, aunque si los incluyan como musa.

En otra serie de pinturas, Sollier presenta retratos pop de artistas, superhéroes y escenas de películas. “Al principio, mi primera idea fue hacer retratos en tamaño humano de celebridades contemporáneas y personajes icónicos para obtener una especie de libro de caras de nuestro tiempo. Así que comencé a diseñar un estándar en un lienzo de 120 X 60 cm que debía duplicar. Esta vez, en 2011, hice el Karl Lagerfeld, Superman, Wonder Woman, Elvis y otros” como Dalí, Van Gogh, Frida Kahlo, Jean-Michel Basquiat o Jackson Pollock.

Tarde de domingo en la isla de la Grande Jatte
Tarde de domingo en la isla de la Grande Jatte

Sollier comenzó a utilizar los muñequitos creados en 1974 con otro objetivo, pero el camino lo fue llevando a convertirlos en el eje de su producción: “Comencé a utilizarlos mientras todavía estudiaba animación en Londres. Solían ayudarme a definir mis ‘animatics’, que son guiones gráficos animados de fotogramas clave”.

“También podría tener una idea a pequeña escala de las luces de una manera como solían hacer los viejos maestros con pequeñas figuras de arcilla como la escuela veneciana, por ejemplo, y las proporciones de mis personajes. Después fue fácil personalizar este personaje muy geométrico para obtener otro diseño singular”, comentó.

Sollier comentó que su pasión por el dibujo lo acompaña desde que tiene recuerdos, aunque en su memoria persiste el interés por los mangas y los cómics y que, antes de convertirse en artista, quería ser escritor de historietas.

Wonder Woman, Frida Kahlo, Andy Warhol y Jackson Pollock
Wonder Woman, Frida Kahlo, Andy Warhol y Jackson Pollock

“Cuando era niño era bastante turbulento, en realidad me gustaba la hiperactividad y dibujar era la única actividad en la que podía concentrarme. Entonces mi madre me inscribió muy temprano en el curso de dibujo de mi ciudad Colombes, que queda en las afueras de París”, recordó. En aquel taller descubrió que “tenía muy buenas habilidades para copiar y podía pasar horas haciéndolo”: “Fue una especie de terapia”.

Durante la adolescencia un maestro le infundió aún más “la pasión por la pintura” y de él aprendió las “habilidades muy clásicas y académicas, como perspectiva o cómo usar las luces, los colores”.

“En este momento, definitivamente preveo las posibilidades ilimitadas y el poder de convertir las cosas en realidad. Sabía que quería ser pintor desde entonces y le debo lo más que sé hasta ahora. Paralelamente obtuve mi beca y cuando pasé mi bachillerato comencé justo después de mis estudios artísticos en 2000 en la escuela preparatoria francesa L’atelier de sèvres. Luego me gradué en diseño gráfico en la Escuela Superior de Arte de París (EPSAA). Y para terminar hice un diploma de posgrado en animación en la escuela Saint Martins de Londres en 2006”.

"Nighthawks", de Hopper (arriba); "La última cena" de Leonardo (abajo) y "La lechera", de Vermeer (derecha)

A pesar de que pueda parecer lo contrario, el artista asegura que no posee relación comercial alguna con Brandstäter, empresa propietaria de los derechos, aunque sí llegó a conocerlos.

“Los conocí en personas en 2015, cuando se estableció la primera exposición de arte de Playmobil en Seúl, Corea. Para entonces ya tenía la serie de arte muy desarrollada, así que me invitaron para la gran inauguración. También participaron otros artistas fanáticos como bloggers y fotógrafos. Para mi orgullo, eligieron una de mis pinturas para la comunicación de este evento que duró tres meses y donde se organizaron talleres de coloración y conferencias sobre historia del arte con niños, lo que fue una definitivamente una forma alegre de interesar a los más jóvenes”.

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