
El tiempo de Adviento avanza como una antesala silenciosa que prepara el ánimo y la vida cotidiana para la llegada de la Navidad. Más allá del calendario y de la cuenta regresiva hacia la Nochebuena, este período propone una pausa consciente en medio del ritmo acelerado del año. Es un tiempo que invita a la reflexión personal, al recogimiento y a una preparación interior que va mucho más allá de lo material. En ese contexto, el domingo 14 de diciembre ocupa un lugar especial para la tradición católica, cuando miles de familias se congregan para encender la tercera vela de la corona de Adviento, reafirmando un camino espiritual que se construye semana a semana.
Históricamente, esta tradición se remonta a comunidades cristianas europeas de los siglos XVI y XVII, donde surgió como una herramienta sencilla para ayudar a las familias, especialmente a los niños, a comprender el paso del tiempo hasta la Navidad. Con el paso de los años, la Iglesia incorporó este símbolo dentro de la liturgia como un recurso pedagógico que permite vivir el Adviento de manera más consciente y profunda, integrando la fe en la vida diaria.
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La llama que se enciende recuerda que Cristo es la “luz del mundo”, una presencia que guía y acompaña incluso en medio de la incertidumbre. Por eso, en parroquias y comunidades, este momento suele ir acompañado de lecturas bíblicas, cantos suaves y oraciones que refuerzan el sentido del Adviento. En los hogares, el ritual se adapta: algunas familias leen una reflexión breve, otras comparten intenciones personales o agradecimientos, y muchas aprovechan para conversar sobre el verdadero significado de la Navidad, más allá de los regalos y las celebraciones externas.
Dentro de este camino, el punto medio del Adviento está marcado por el Tercer Domingo, conocido como el Domingo de Gaudete. Es una jornada particular porque introduce un cambio de tono: la espera, hasta entonces sobria y reflexiva, se abre a la alegría. El nombre proviene de la palabra latina Gaudete, que significa “Regocíjense” o “Alégrense”, tomada de las palabras de San Pablo: “Alegraos siempre en el Señor. Os lo repito: ¡Alegraos! El Señor está cerca.” El mensaje es claro: la promesa está próxima y hay motivos para celebrar incluso antes de que llegue la Navidad.
Este cambio se expresa de forma visible en la corona de Adviento con el encendido de la tercera vela, de color rosa. A diferencia del morado penitencial de las semanas anteriores, el rosa simboliza el gozo y actúa como un respiro espiritual. Es una señal de que la espera está por concluir y de que la alegría empieza a abrirse paso con más fuerza. En la liturgia, incluso las vestiduras del sacerdote pueden adoptar este color, reforzando la idea de transición hacia la fiesta.

El ritual del encendido de esta vela suele estar cargado de emoción. Las familias se reúnen nuevamente alrededor de la corona, leen pasajes bíblicos que invitan al gozo y elevan oraciones de gratitud. Las velas, en conjunto, “representan la luz de Cristo que disipa la oscuridad”, una luz que crece cada domingo hasta alcanzar su plenitud en la Navidad. Así, el Adviento se vive no solo como una espera, sino como un proceso de transformación interior que culmina en la celebración del nacimiento de Jesús.
Oración de tercer domingo de Adviento
Dentro del ritual de Adviento, el tercer domingo marca un punto especial para las familias. Tras haber encendido en las semanas previas las dos velas de color morado, asociadas a la esperanza y a la fe o la paz, llega el momento de sumar una nueva luz a la corona: la vela rosa, símbolo de la alegría, que anuncia que la espera de la Navidad entra en su recta final.

Las familias suelen reunirse alrededor de la Corona, se leen pasajes bíblicos que invitan al gozo (como Isaías 35:1-6 o el Magníficat), se reflexiona sobre los frutos del Adviento y se reza una oración de regocijo y gratitud:
“Señor, al encender esta vela rosa, reconocemos que tu venida está cerca. Que la alegría que simboliza inunde nuestros corazones y hogares. Ayúdanos a ser luz para los demás, y a mantener la esperanza y el amor que nos has dado en esta última etapa de preparación. ¡Ven, Señor Jesús!”
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