Reseña de 'The Mandalorian and Grogu': el bebé Yoda y Pedro Pascal están de vuelta

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La película está estructurada de tal forma que bien podría haberse transmitido como dos episodios en una plataforma de transmisión en continuo.

"El rostro humano es el gran tema del cine". Es una cita muy usada de Ingmar Bergman. Si está en lo cierto, entonces ¿cuál podría ser la idea detrás del mandaloriano, un héroe de franquicia permanentemente cubierto por un casco?

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Estoy consciente de que abrir la reseña de una serie derivada de Star Wars con una cita de Bergman podría sonar pretencioso. Sería cruel juzgar Star Wars: The Mandalorian and Grogu --dirigida por Jon Favreau como continuación de la historia que construyó a lo largo de tres temporadas en televisión-- junto a la obra del maestro sueco. Las superproducciones se alejan, en muchos sentidos, del arte cinematográfico; sus universos están tan repletos de reglas y complejidad narrativa que constituyen una categoría propia, en una galaxia muy, muy alejada de Persona.

En la parte de esa galaxia que le corresponde a esta película, el mandaloriano es un cazarrecompensas acorazado que ha empezado a aceptar trabajos puntuales para la Nueva República, más conocida, desde el punto de vista dualista de la franquicia, como "los buenos". Técnicamente, su nombre es Din Djarin, pero casi siempre le dicen Mando, y está interpretado con una velocidad vertiginosa, una fuerza muscular vigorosa y un estoicismo siniestro por el siempre simpático, y siempre cubierto, Pedro Pascal. Quitarle el casco a Mando es semejante a una agresión, una violación del juramento sagrado de su pueblo, y por eso, como si se tratara de un dispositivo médico o un pase de la Comic-Con, el casco se queda puesto.

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Esas son malas noticias para los espectadores como yo, que sentimos que mirar fijamente un visor metálico durante más de dos horas es una violación de nuestro propio juramento sagrado. Afortunadamente, hay un segundo protagonista cuyos brillantes ojos y orejas puntiagudas son totalmente visibles: ese precioso protegido de color eucalipto llamado Grogu en la mitología de la saga y bebé Yoda por los fans. Él sigue aquí y sigue siendo adorable; su cara arrugada y su tambaleante andar de animatrónico compensan el brillo digital que domina el resto del cuadro.

La historia del dúo se pone en marcha cuando Mando acepta una misión de la coronela Ward de la Nueva República (Sigourney Weaver, en piloto automático) para localizar a un escurridizo reducto imperial. Como la identidad del malo es un misterio, Mando tiene que pasar por los diabólicos y delincuentes gemelos Hutt, esos brutos viscosos y moluscoides cuya alianza fraternal roza lo incestuoso. A cambio de la información, Mando debe rescatar a su sobrino secuestrado, Rotta (a quien pone su voz Jeremy Allen White), un disidente musculoso al que han forzado a competir en unos juegos de gladiadores en un planeta lejano.

Para como suelen ser de enredadas las tramas de Star Wars, esta resulta bastante sencilla, dividiéndose casi a partes iguales en dos mitades bien diferenciadas que perfectamente podrían haber sido dos episodios en una plataforma de transmisión en continuo. Como gran parte de la serie The Mandalorian -por no mencionar casi todas las películas de acción de estos días-, la cinta es más o menos una cadena de escenas de pelea: Mando contra transgresores; Mando contra un montón de bestias feroces dignas de Monsters, Inc.; Mando contra un montón de secuaces sin nombre. "Intento evitar la violencia", dice en un momento dado el taciturno héroe, en una frase destinada a provocar risas.

El diálogo es casi uniformemente adormecedor, atiborrado de líneas de relleno como "buena suerte, la necesitarás" y "no tenemos mucho tiempo". (El guión es de Favreau, Dave Filoni y Noah Kloor). El mejor interludio de la película evita los diálogos para seguir a Grogu en una miniaventura en solitario. Tiene que ver con la devoción persistente de Grogu hacia Mando, su figura paterna ya establecida, y el segmento resulta inesperadamente conmovedor.

El momento termina con un mensaje sobre el pacto entre generaciones, la responsabilidad del padre hacia el hijo y viceversa. No termina de funcionar del todo, principalmente porque Mando y Grogu solo a veces se leen como un lobo solitario y su cría en una relación de cuidado mutuo. Más a menudo parecen los protagonistas de una comedia de amigos, un recurso que ya introdujeron hace mucho tiempo en el universo de Star Wars el forajido original y su compañero domesticado, Han Solo y Chewie. En un toque empalagoso, esta entrega redobla sus pretensiones de ternura con la inclusión de más criaturas acompañantes: un cuarteto de anzellanos, esos enjutos duendecillos técnicos que, para nuestra consternación, parecen reforzar la idea de que lo que vemos no es más que el Minions del Mi villano favorito de esta tercera trilogía.

Star Wars se considera a menudo el prototipo de la hegemonía actual de las franquicias, un modelo para las películas de Marvel y de Minions y todo lo demás. Pero a The Mandalorian and Grogu le acompaña inquietantemente una sospecha extratextual: en medio de una avalancha vertiginosa de series y series derivadas animadas, ¿ha diluido Disney su marca más importante? Como su regreso a la pantalla IMAX --quiero decir, grande--, esta película no es lo peor que le podría pasar a la saga. Con el rostro de su protagonista oculto tras el metal, el resultado es más que digno.

Star Wars: The Mandalorian and GroguClasificada PG-13 por las habituales batallas y derramamiento de sangre. Duración: 2 horas 12 minutos. En cines.

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