
El actor interpreta a un biólogo molecular que intenta salvar el mundo en esta optimista fantasía de ciencia ficción de Phil Lord y Christopher Miller.
Uno de los encantos de Proyecto Fin del Mundo, una película de ciencia ficción ligera sobre un tema complejo, es cómo se entrega a los atractivos del espacio exterior. Es un agradable cambio de ritmo, dada la manera en que el espacio ocupa a menudo los rincones más oscuros de la imaginación humana, ya sea por los horrores de la ficción, como metáfora del vacío, como recurso explotable o como fijación de multimillonarios engreídos. Los directores Phil Lord y Christopher Miller aprecian los terrores del espacio, pero también captan su encanto y su potencial aparentemente infinito para la belleza, para el misterio y, sobre todo, para el juego.
Adaptada por Drew Goddard a partir de la novela de 2021 de Andy Weir (autor de El marciano), la historia encuentra de nuevo a la humanidad ante la desaparición de la Tierra. Para variar, no es culpa nuestra (yupi). Más bien, una entidad alienígena que devora energía ha empezado a apagar estrellas como si fueran velas. Se ha aferrado a nuestro sol, activando la Gran Cuenta Atrás hacia la extinción. Desesperados, los países del mundo han unido sus fuerzas para tratar de encontrar una solución, una de esas premisas tranquilizadoras que condensa el optimismo de la película y que -dada la falta de unidad sobre la catástrofe medioambiental generada por el hombre a la que nos enfrentamos- resulta encantadoramente anticuada. Es más fácil suspender la incredulidad cuando se trata de la ciencia ficción de esta película; es el multilateralismo lo que resulta difícil de creer.
Ryland Grace (Ryan Gosling), un biólogo molecular, ha estado trabajando como profesor de secundaria cuando unas personas de aspecto serio lo reclutan para una misión aparentemente imposible de la humanidad, un montaje que recuerda a La llegada (2016) de Denis Villeneuve. En aquel solemne drama de ciencia ficción, Amy Adams, en el papel de una lingüista, recibe el encargo de ayudar a comunicarse con unos extraterrestres recién aterrizados cuya presencia ha puesto al mundo en vilo. La llegada trata en parte del dolor como condición de vida; al principio de la historia, la lingüista está de luto por su hija. Por el contrario, Proyecto Fin del Mundo -que incluye escenas de Ryland enseñando a alumnos brillantes y ansiosos- en gran medida insiste en la esperanza.
Lord y Miller son más conocidos por La gran aventura LEGO, una comedia animada de superhéroes lo bastante divertida como para que uno se sienta casi bien viendo un comercial disfrazado de película. Los cineastas tienen un grado avanzado en cultura pop, un requisito útil cuando se trata de reempaquetar viejas temáticas. Con su alcance cósmico, ejércitos de actores y sets de filmación a gran escala profusamente detallados, Proyecto Fin del Mundo es más ambiciosa que cualquier cosa que hayan dirigido anteriormente. Rodada en dos relaciones de aspecto diferentes (el director de fotografía es Greig Fraser), la película se ve genial; tiene un acabado muy pulido y fluye con una suavidad acorde, lo que resulta crucial dados sus desplazamientos temporales.
Cuando ves a Ryland por primera vez, lleva el pelo largo, una prodigiosa barba desaliñada y un semblante totalmente desconcertado. Para su gran confusión, ha despertado de un largo sueño en una nave espacial que está lejos de casa. Su situación es tanto un misterio para él como para tí, uno que descifra a bordo -el método científico al rescate- entre recuerdos explicativos. Algunos tienen que ver con Eva Stratt (una bienvenida Sandra Hüller), un enigma sin sentido que, después de ficharlo para tareas de salvador, lo lleva a un centro de mando donde más científicos y otros pensadores profundos buscan febrilmente una forma de salvar el planeta.
Una vez en el espacio, Ryland pasa mucho tiempo solo, lo que encaja con el aire autosuficiente de Gosling. Weir envió el manuscrito inédito al actor en 2020 con la esperanza de que protagonizara una adaptación. Gosling hizo precisamente eso, y encaja en el papel de forma impecable. Como actor, puede ser tan simplista como la película en la que actúa (El hombre gris) y actuar de forma persuasivamente obtusa, como demuestra su felizmente bobo Ken en Barbie. Pero tiene más rango del que a veces se le pide, así como talento para expresar la interioridad, los sentimientos y los pensamientos. Gosling puede pasarse de la raya, pero es bueno transmitiendo el tipo de vulnerabilidad que resulta aún más conmovedora cuando los hombres, en particular, intentan ocultarla.
En otras palabras, es fácil seguirle la corriente a Ryland, desear lo mejor tanto para él como para la Tierra. La crisis gemela de la amenaza global y su aislamiento cubren de patetismo a la historia y al personaje, y su amnesia refuerza el desamparo de Ryland a la vez que lo presenta como un genuino hombre común. Es igual a nosotros, no un cerebrito distante, sino un náufrago desventurado y desconcertado que, al menos al inicio, busca soluciones mientras, en ocasiones, se desplaza con humor por la microgravedad como un trozo de desecho arrojado por el viento. Los cineastas y el actor se apoyan en la comedia de la difícil situación del personaje, pero aunque a veces es un alivio y a menudo resulta divertido, atenúa el terror existencial.
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Para cuando Ryland ha conocido a una benigna forma de vida alienígena a la que llama Rocky (con voz de James Ortiz), Lord y Miller casi han terminado de limar todas las posibles asperezas de la historia y han anunciado los límites de sus ambiciones. Rocky es sin duda una incorporación entretenida, un no humanoide ingeniosamente concebido que parece un banco de madera de cinco patas, si el banco fuera una formación rocosa ambulante. Al igual que Ryland, Rocky tiene una historia de fondo y una nave, una embarcación de aspecto delicado que se asemeja a vetas de luz dorada con celosías. Rocky también está solo y tiene un carácter amigable, y pronto los dos han entablado una acogedora y afable relación de pareja dispareja.
Esta alianza tiene sus atractivos, aunque es un poco demasiado tierna, un poco demasiado Spielberg, y daña el equilibrio inicial serio-cómico de la película. Al poco tiempo, un disparate de ciencia ficción -fácil de interpretar como una metáfora de nuestra propia catástrofe climática- se ha convertido en una bondadosa película de amigos que se vuelve cada vez más, casi voluntariamente insustancial con cada nueva carcajada. Lord y Miller, casi por defecto, acentúan lo positivo en detrimento de la propia película que han creado laboriosamente. Como muchos terrícolas, parecen más a gusto en una fantasía lejana que en nuestro ordinario y aterrador planeta, por lo que este particular mensaje de esperanza acaba siendo una decepción.
Proyecto Fin del Mundo Clasificada PG-13 por peligro leve y la amenaza del fin del mundo. Duración: 2 horas 36 minutos. En cines
Manohla Dargis es la crítica principal de cine del Times.
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