
La cofundadora del sindicato de trabajadores agrícolas habló de su relación con Cesar Chavez y de la noche en que este la violó.
En los días posteriores al día de Acción de Gracias de 1986, Dolores Huerta estaba lista para celebrar. Como una de las colíderes del sindicato United Farm Workers (conocida como UFW, por su sigla en inglés, y como Unión de Campesinos, en español), había pasado cuatro meses en Washington presionando a los legisladores para que aprobaran la Ley de Reforma y Control de Inmigración, una legislación histórica que concedía la amnistía a millones de migrantes indocumentados.
Se había programado una conferencia de prensa para celebrar la victoria, pero Huerta dijo que no se le informó del evento. En su lugar, contó, su compañero dirigente de la UFW, Cesar Chavez, le dijo que había una crisis en Florida que requería su atención inmediata. Huerta voló a Florida, solo para descubrir que no existía tal emergencia y que nadie la esperaba. Pasó los días siguientes dando charlas en centros de ancianos.
"Después me di cuenta de que solo querían quitarme de en medio para poder atribuirse el mérito del trabajo", dijo de sus colegas varones en una entrevista la semana pasada. "Un típico truco machista, y eso me molestó mucho".
En la entrevista, Huerta habló de los retos a los que se había enfrentado como mujer en la cultura machista del movimiento, que Chavez había llegado a dominar con el simple peso de su personalidad.
Y, en una sorprendente revelación, dijo que Chavez la había agredido sexualmente en una ocasión y la había manipulado para tener relaciones sexuales en otra, encuentros de los que nacieron dos hijos. Una investigación de The New York Times detalló pruebas contundentes de que Chavez agredió sexualmente a varias mujeres del movimiento de trabajadores agrícolas, incluidas dos jóvenes adolescentes.
Huerta y Chavez, de pie y con los puños en alto en mítines y marchas, fueron el rostro público del movimiento de organización sindical liderado por latinos que se extendió por los campos de cultivo estadounidenses en la década de 1960.
Ahora, a sus 95 años, Huerta a menudo es conocida como la abuela de la resistencia. Su retrato cuelga en algunas embajadas estadounidenses. Luchó durante años por mejores salarios, protección de la maternidad y medidas básicas de seguridad para las mujeres que realizaban el agotador trabajo de plantar y cosechar cultivos.
Pero en la entrevista, Huerta describió como la cultura en la UFW dirigida por Chavez la obligó a luchar para ser escuchada y a reprimir cualquier sentimiento negativo que sintiera hacia él y su liderazgo, incluido el trauma de la violación.
Huerta dijo que la agresión ocurrió en el invierno de 1966, cuando se encontraba en el People's Bar and Cafe en Delano, California, un conocido lugar de reunión para los organizadores de trabajadores agrícolas. Estaba tomando una cerveza cuando entró Chavez, le tocó el hombro y le pidió que hablaran.
Huerta supuso que se trataba de una próxima huelga, dijo, y lo siguió al exterior. Era habitual que se reunieran en el coche, pues a Chavez le preocupaba que su despacho tuviera micrófonos ocultos. Según contó Huerta, Chavez la condujo a un aislado campo de uvas en las afueras de la ciudad y la agredió.
También describió un episodio anterior, en 1960 --cinco años después de conocer a Chavez--, en el que se sintió presionada y manipulada para tener relaciones sexuales con él en una habitación de hotel durante un viaje de trabajo en San Juan Capistrano, en el sur de California.
Tras la agresión, en 1966, quedó aturdida y conmocionada, dijo, pero no se lo contó a nadie. Ni a sus amigos, ni a su familia, ni siquiera a su hija nacida de la agresión.
Dijo que creía que la labor de promover los derechos de los trabajadores agrícolas era más importante, y le preocupaba que criticar públicamente a Chavez pudiera empañar el legado del movimiento y ser explotado por sus oponentes políticos.
"Lo veía, de nuevo, como mi jefe, como mi héroe, como, ya sabes, alguien que haría lo imposible", dijo. "Nunca hablé de ello con nadie y la razón por la que no lo hice es porque no quería perjudicar al movimiento".
Huerta dijo que veía a Chavez como una figura contradictoria en lo que respecta a las mujeres. Él creía en promoverlas, dijo Huerta, pero solo hasta cierto punto.
Las mujeres dirigían la cooperativa de crédito, la clínica, las oficinas locales. Se les confiaba la maquinaria operativa del movimiento. Pero tomar las decisiones que daban forma a la dirección del sindicato, dijo, permanecía fuera de su alcance. "Cesar creía en promover a las mujeres como líderes, no a nivel político, sino a nivel laboral", dijo.
Era, sugirió, un reflejo de algo más profundo. "A las mujeres no se nos ve como seres humanos. Solo se nos ve como objetos sexuales. Creo que es una enfermedad".
Aunque varias personas entrevistadas por el Times describieron la relación entre Chavez y Huerta en aquellos años como una rivalidad fraternal de alto nivel, otros describieron la dinámica como dolorosa de presenciar y arraigada en una cultura que favorecía a los hombres.
"Era muy irrespetuoso con Dolores", dijo Cynthia Bell, miembro del personal del sindicato durante mucho tiempo, y señaló que Chavez y otros hombres dirigentes de la UFW solían fastidiar a Huerta delante de todo el personal.
"No digas nada, zorra destartalada", se oyó que le decía un hombre miembro de la junta sindical durante una reunión en abril de 1978, en una grabación revisada por el Times. Luego le dijo "cállate" mientras Chavez la reprendía con insultos aún peores.
Huerta dijo que a menudo reprimía estos recuerdos como mecanismo de supervivencia. "En cierto modo los bloqueo de mi mente, pero sé que en aquel momento fue muy doloroso", dijo.
Recordó un caso en el que estaba implicado el padre David Duran, sacerdote y contador que colaboraba con el sindicato. Después de presenciar una reunión en la que Chavez reprendió implacablemente a Huerta, el padre Duran la apartó. "Se me acercó y me dijo: 'No tienes por qué aguantar eso, ¿sabes? No tienes que aguantarle eso'", recordó.
Pero Huerta no tuvo miedo de resistirse. Tras una reunión especialmente brutal en la que fue insultada, dijo, abandonó la sede de la UFW y regresó a su casa en Stockton, California, durante varias semanas.
Cuando finalmente regresó, lo hizo con una determinación renovada. En la siguiente reunión, cuando ocupó un lugar al fondo de la sala, dijo, Chavez se le acercó y le dijo que no pertenecía a ese lugar.
"Quiero verte sentada ahí adelante. Necesitas estar ahí adelante", dijo.
Años más tarde, en la primavera de 1993, Huerta recordó, estaba sentada con Chavez en Yuma, Arizona, mientras sonaba en la radio la canción "Saturday Night Is the Loneliest Night of the Week".
Dijo que, durante la conversación, Chavez le confesó que se había dado cuenta de que la había tratado a ella y a otra integrante de la junta de forma diferente a sus colegas hombres. Ella afrontó con firmeza su confesión. "Sí", dijo, "se llama machismo".
Ella lo vio como una forma de disculparse.
Varios días después, Chavez murió a los 66 años mientras revisaba un caso judicial. Huerta dijo que lo habían encontrado con las gafas puestas y un folleto en la mano, como si se hubiera quedado dormido plácidamente.
"Eso lo acabó antes de que tuviera que enfrentarse a sus malas acciones", dijo.
Cuando se le preguntó si lo había perdonado, Huerta dijo que no le correspondía a ella juzgarlo. "Bueno, yo no soy Dios", dijo. "Creo que depende de Dios".
Manny Fernandez es el editor general de California para el Times. Anteriormente fue editor político adjunto y pasó más de nueve años cubriendo Texas como jefe de la oficina de Houston.
Sarah Hurtes es una reportera del Times que trabaja en investigaciones internacionales desde Bruselas.
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