
El presidente Dwight Eisenhower elogió una vez a Walt Disney por su "genio como creador de folclore". Cuando Disney murió en 1966, la frase apareció en su obituario del New York Times, prueba de su exactitud. El folclore, definido en sentido amplio, es una tradición oral que se extiende de generación en generación. Cuenta a la gente quiénes son, cómo han llegado hasta aquí y cómo deben vivir en el futuro. La empresa que creó Disney se erigió como guardiana de esas tradiciones para los estadounidenses, hilando nuevas historias y (con mayor frecuencia) recreando hábilmente las antiguas para atraer a un nuevo siglo.
Empezó con Mickey Mouse, pero ahora que su empresa cumple cien años, el legado de Disney --producido en cientos de películas, cortometrajes y programas, mercancía publicitaria, maravillosos avances técnicos y gigantescos parques temáticos en todo el mundo-- ha sido la creación de un lenguaje moderno compartido, un conjunto de puntos de referencia reconocibles al instante por casi todo el mundo y un estímulo para soñar en voz alta con un futuro utópico. Walt Disney era un hombre que miraba hacia el pasado y el futuro: en la inauguración de Disneyland en 1955, proclamó: "Aquí la edad revive gratos recuerdos del pasado, y aquí la juventud puede saborear el reto y la promesa del futuro". Pero, ¿qué ocurre cuando esa promesa se rompe y los puntos de referencia se aíslan? ¿O cuando su empresa tiene problemas en taquilla como un estudio normal y se enfrenta a vientos culturales en contra como cualquier artista?
Disney contaba historias de héroes populares (Davy Crockett, Paul Bunyan), príncipes y princesas, e incluso, a veces, un ratón, todo ello mientras lideraba el pelotón de las tecnologías en constante cambio. (Fue, entre otras cosas, el primer gran productor cinematográfico en hacer un programa de televisión). El optimismo reinaba en el espíritu de Disney, basado en mitologías caseras. Las lecciones de sus historias eran sencillas, edificantes y claramente estadounidenses: cree en ti mismo, cree en tus sueños, no dejes que nadie te haga sentir mal por ser tú mismo, sé tu propio héroe y, sobre todo, no tengas miedo de pedir un deseo a una estrella. Los cuentos de hadas y las leyendas suelen ser inquietantes, pero una vez transformados bajo la luz de Disney se vuelven suaves y dulces, y sus lecciones más oscuras y menos reconfortantes se rediseñan para encajar en el ideal Disney. Era una visión del mundo propia de la posguerra.
Y nos la comimos completa, la exportamos y también quisimos formar parte de ella. "Una de las muestras más asombrosas de devoción popular se produjo a raíz de las películas de Disney sobre Davy Crockett", explicaba el obituario de Disney en el Times, refiriéndose a una miniserie de televisión de acción real de la década de 1950 sobre el hombre de la frontera. "En cuestión de meses, jóvenes de todo el país que se resistían a llevar sombrero en invierno se adornaron con gorras de piel de mapache en pleno verano".
Cuando yo era adolescente, el estudio estaba en una de sus mejores rachas. Comenzando con "La Sirenita" en 1989 y terminando con "Tarzán" y "Mulán" una década después, los animadores de Disney cosechaban un éxito arrollador tras otro, complaciendo a crítica y público con películas como "La Bella y la Bestia", "El Rey León" y "Aladino". Para los niños de la década de 1990, cada nuevo estreno era un acontecimiento importante. En los años anteriores a "Shrek" y "Minions", Disney era el dueño de la animación dominante, así que tú y tus amigos hablaban de ver "la nueva película de Disney", y todo el mundo sabía a qué te referías.
Quizá no es casualidad que el final de la racha coincidiera con el inicio del boicot evangélico a la compañía, liderado por la derechista American Family Association, Focus on the Family y la Southern Baptist Convention. Protestaban por la decisión de la empresa de ampliar las prestaciones de empleados a las parejas del mismo sexo y permitir que grupos externos celebraran "días gays" en los parques temáticos. Hyperion, la editorial propiedad de Disney, había publicado libros como "Heather tiene dos mamás", y Ellen DeGeneres, cuya comedia se emitía en ABC, filial de Disney, había declarado su homosexualidad. El boicot duró ocho años, y fue menos eficaz de lo que esperaban los opositores a la empresa (según una encuesta, solo un 30 por ciento de los miembros de la organización bautista lo observaron). Pero ahora el estudio formaba parte de las guerras culturales, una fractura ideológica que redibujaría la vida pública estadounidense de nuevas maneras.
Los niños en los cines no podían verlo entonces, pero ese momento fue el final de algo que apenas habíamos tenido tiempo de conocer: una monocultura, una era de claridad de marca para el Ratón. En 2006, frente a otro estudio con nombre propio que generaba nuevas leyendas, Disney adquirió Pixar. En 2009, apenas un año después del debut de Iron Man, la compañía incorporó Marvel Entertainment a su catálogo. Tres años más tarde, Lucasfilm y, por tanto, "Star Wars" se unieron a la familia. Luego, en un movimiento hercúleo, Disney compró 20th Century Fox --otro de los viejos y grandes estudios de Hollywood-- y lo rebautizó como 20th Century Studios. ¿Qué se entiende por "una nueva película de Disney" en este contexto?
Por supuesto, todas esas franquicias nuevas significaron grandes cosas para las arcas de la empresa. Pero el siglo XXI trajo cambios que remodelarían de manera fundamental el lugar de Disney en la cultura estadounidense, así como su capacidad para crear nuevos mitos generacionales. La monocultura se fracturó en gran medida gracias al internet, la transmisión en continuo y la era digital. En la red, las ya profundas divisiones de la guerra cultural se hicieron más agudas y arraigadas. El ideal que Disney promovía --un mundo en el que "la gente puede unirse", como dijo en 2022 el director ejecutivo de entonces, Bob Chapek-- parecía más inalcanzable que nunca. "Mi opinión es que, cuando alguien camina por Main Street y entra por las puertas de nuestros parques, deja a un lado sus diferencias y mira lo que tiene como una creencia compartida de la magia, las esperanzas, los sueños y la imaginación de Disney", explicó Chapek. A estas alturas, eso se parece mucho a pedir un deseo a una estrella.
Lo que ocurre con el folclore es que cambia a medida que se desarrolla el futuro. Cada nueva generación se enfrenta a retos y, por tanto, necesita formas nuevas de contar viejas historias. Disney, sin embargo, al haber vuelto a contar historias como producto comercial, se resiste de manera singular a evolucionar su lenguaje. Se puede jugar en la caja de arena de Disney, siempre y cuando se compre la mercancía autorizada de Disney, se vaya a sus parques oficiales y no se coloree demasiado fuera de las líneas. Las leyes sobre derechos de autor se han ampliado para proteger la propiedad intelectual de la empresa. Si te saltas las normas --por ejemplo, pintando murales de Mickey Mouse en las paredes de tu guardería--, la empresa podría demandarte. Esos límites a la forma en que los admiradores pueden interactuar con las historias y los personajes que adoran preserva un lenguaje rígido dictado desde arriba. Pero también impide participar en su evolución a quienes quieren hablar el lenguaje común.
Las palabras de Walt Disney en la inauguración de la primera Disneyland, citando tanto la nostalgia como el futuro, ayudan a aclarar por qué las últimas ofertas de su empresa parecen los resuellos de una cultura encerrada en una espiral de muerte. Las nuevas versiones de acción real, recreaciones laboriosamente fieles de clásicos animados, tienen poco que ofrecer en cuanto a reinterpretación del folclore. Se sienten, verdaderas o no, como el producto de una imaginación estancada.
Lo mismo ocurre con "Wish", la película de animación más tradicional del equipo creativo de "Frozen" y su mucho menos agradable secuela. "Wish" está explícitamente diseñada para servir de homenaje del centenario de Disney: presenta a un personaje que cumple cien años y está plagada de referencias a todo, desde "Cenicienta" y "Bambi" hasta "Zootopia" y el extrañamente enorme número de cabras que aparecen en las películas de Disney. "Wish" es un espectáculo deprimente, una puñalada a la nostalgia que carece del encanto de sus predecesoras y sin una sola melodía cantable. Parece genérica, como si la hubiera generado una IA entrenada en el catálogo de Disney. Nada que puedas recordar, nada que transforme o siquiera fuera capaz de transformar tu visión del mundo.
Disney sigue siendo la empresa de entretenimiento más dominante de Hollywood, pero ya no parece invencible. Tal vez sea culpa de la evolución hacia el entretenimiento como contenido, un flujo interminable de cosas impulsadas por un conjunto de señales hasta tu sala de estar. Para entender el último estreno del Universo Cinematográfico Marvel, hay que haber visto más de 30 películas y unas cuantas series; eso no es sustentable. La escasez da un respiro, permite que crezca la expectación y que florezca la creatividad.
Esos mismos factores han cambiado todo Hollywood y, de hecho, todo el negocio del entretenimiento. Pero, durante un tiempo, Disney pareció estar por encima de la contienda. Como Bob Iger, el director ejecutivo de Disney que dejó el cargo en 2021 y regresó en 2022, señaló el mes pasado en una entrevista en DealBook, el estudio dominó la taquilla durante años, gracias a su formidable propiedad intelectual: el Universo Cinematográfico de Marvel, las historias de "Star Wars", las nuevas versiones de acción real, las secuelas de Pixar y "Avatar: La forma del agua" cosecharon enormes cifras.
Pero ese tipo de éxito tiene sus trampas comerciales, y los fracasos relativos de este año para el estudio --"Indiana Jones y el dial del destino", "The Marvels", "Wish" -- subrayan ese punto. "Llegamos a un punto en el que, si una película no recaudaba 1000 millones de dólares en taquilla mundial, nos sentíamos decepcionados", comentó Iger. "Es una meta increíblemente alta, y creo que debemos ser más realistas".
Para mí, sin embargo, el tibio año de Disney plantea cuestiones más existenciales que financieras. Durante mucho tiempo, con algunas excepciones ("Frozen", "Moana", "Encanto"), Disney ha proporcionado menos puntos de contacto culturales omnipresentes que antes. El exceso de contenidos, sumado a las numerosas pantallas pequeñas que ofrecen atractivas alternativas al entretenimiento en pantalla grande, están mermando la capacidad que antes tenía el estudio para captar la imaginación de generaciones y fronteras, y proponer su propia forma de ver el mundo.
Ahora que Disney celebra su centenario, su dominio como fuerza cultural generacional ya no parece seguro. (Ben Wiseman/The New York Times)
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