El nuevo AC Milán retoma donde se quedó el anterior

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Especial para Infobae de The New York Times.

(On Soccer)

Stefano Pioli podía sentirlo, aunque no podía definirlo del todo.

De la mejor manera posible, Pioli ha estado varias veces en el ruedo como entrenador de fútbol. A sus 57 años, ha entrenado durante dos décadas en el volátil y caprichoso mundo del fútbol italiano. Su cargo actual, en el AC Milán, es el decimotercero de su carrera. En estos días, pocas cosas son nuevas para él.

Sin embargo, las dos semanas previas al partido de cuartos de final de la Liga de Campeones contra el Nápoles, el cual se disputó el mes pasado, fueron distintas. Le cuesta identificar qué las hizo así. Se manifestó no solo en la atmósfera del estadio —única, según Pioli—, sino también en la energía que llenaba el espacio más íntimo del club.

Con el tiempo, llegó a entenderlo como una especie de memoria muscular institucional. Durante mucho tiempo, el presente del Milán se ha sentido un poco indigno del pasado del club. En años recientes, el Milán se ha sentido como un club disminuido, casi una reliquia de otra época. Tan solo el Real Madrid ha ganado más Copas de Europa que el AC Milán, pero durante dieciséis años este último no había llegado ni siquiera a una semifinal. Técnicamente, eso no es una generación. En el tiempo del fútbol, bien podría ser el Pleistoceno.

No obstante, la sola promesa de un regreso hizo que volvieran todos los recuerdos. Para Pioli, como para la mayoría de sus jugadores, era territorio virgen. A los aficionados, al personal, a los directivos —entre los que estaba gente de la talla de Paolo Maldini, quien apenas parecía haber envejecido de su época de jugador—, les reconfortaba su familiaridad.

Pioli comentó que no se manifestó como una masa, sino como una fuerza. En aquellos partidos contra el Nápoles, la presión de la historia “nos dio más fe, más fuerza, más convicción”, mencionó. La idea de que un club de fútbol, con su elenco de personajes en constante rotación, pueda tener algún tipo de memoria vestigial incrustada en sus cimientos no es una fantasía poética. “Existe”, afirmó Pioli. “Este club está acostumbrado a estos momentos, a estas emociones. Sabe cómo ser protagonista”.

Para el Milán, este es el escenario al que pertenece. Su retorno representa un renacimiento, una recuperación de su grandeza, difuminada pero nunca del todo perdida en el tumulto de la última década. Incluso el oponente que le espera —su rival en la ciudad y actual coinquilino del San Siro, el Inter— trae a la memoria los recuerdos de antaño.

Los clubes ya han estado aquí antes: quedaron emparejados en semifinales en 2003 y de nuevo en cuartos de final en 2007. (Los augurios son buenos para el Milán —en las dos ocasiones anteriores, avanzó—, pero no muy buenos para los observadores neutrales: ninguno de los cuatro partidos, de local y visita y a pesar de todo celebrados justo en el mismo césped, podrían describirse como un clásico).

Y, sin embargo, el regreso de la rivalidad no es un testimonio de lo poco que ha cambiado, sino de cuánto lo ha hecho. El Milán que saltó al campo en 2007, camino a ganar su séptima Copa de Europa en Atenas, fue la última encarnación de la etapa imperial del club: Maldini y Alessandro Nesta en la defensa, Andrea Pirlo en el mediocampo, Kaká y Filippo Inzaghi en la delantera. Se notaba que seguía siendo el equipo que Silvio Berlusconi había construido, los frutos del primer superclub moderno: experimentado, confiable, de un glamur extremo.

El Milán que se enfrentará al Inter en San Siro el miércoles, y de nuevo seis días después, es muy distinto. La época de capa caída del Milán —los años en los que Berlusconi lo vendió, lo compró un misterioso inversionista chino, lo salvó un fondo de inversión activista y por último lo adquirió un consorcio estadounidense— ha requerido un cambio total de planteamiento.

Si alguna vez el Milanello, el centro de entrenamiento del club, fue famoso por su capacidad para sacarles unos años más a las estrellas envejecidas, ahora la atención se centra en la juventud. Pioli señala con orgullo —en más de una ocasión— que su equipo campeón de Italia en 2021 fue “el más joven de la historia” en haber conquistado el título. Que el Milán haya vuelto al pináculo es lo más importante. Sin embargo, también importa cómo llegó ahí.

En particular, el Inter se ha negado a permitir ese cambio de orientación, al rechazar la idea de abandonar su añejo estatus como uno de los pocos clubes de destino de Europa. “El Inter es un club muy fuerte, que rara vez vende a sus mejores jugadores”, declaró el año pasado Giuseppe Marotta, el director ejecutivo del Inter, aparentemente ofendido con la idea de que los jugadores pudieran utilizarlo como estación de paso en sus viajes al Real Madrid, al Paris Saint-Germain o a la Liga Premier inglesa.

En contraste, el Milán ha cedido frente a la realidad y ha intentado aprovechar su nuevo lugar en la jerarquía. Con dueños sucesivos —primero Elliott Investment Management, el fondo activista, y ahora RedBird Capital, con el respaldo de Gerry Cardinale—, ha adoptado un enfoque empapado de datos, con base en localizar a los menospreciados y olvidados para sacarles brillo.

En términos generales, ese objetivo ha sido un acto de restauración. Para la mayoría de los clubes, habría bastado con ganar el campeonato. No obstante, el Milán pertenece a esa pequeña categoría de equipos —junto con el Real Madrid, el Bayern de Múnich y hasta cierto grado el Liverpool— cuya identidad se basa menos en los asuntos nacionales y más en los triunfos continentales. Las semifinales de la Liga de Campeones y más allá es donde el Milán, históricamente, se siente como en casa.

En la actualidad, el lugar se ve muy distinto. A pesar del creciente frenesí, de la agitada ansiedad en Milán ante la posibilidad de un derbi en el que el ganador se lo lleva todo y que se desarrollará a lo largo de la próxima semana, la sabiduría popular establece que ambos equipos se juegan la medalla de plata. Gane quien gane, el apabullante favorito para la final será el equipo que salga del choque entre el Real Madrid y el Manchester City en la otra semifinal. Por imposible que hubiera parecido en 2003, el fútbol italiano ahora no es el favorito.

Sin embargo, Pioli está impávido. En términos económicos, los equipos de la Serie A ya no pueden competir ni siquiera con los modestos de la Liga Premier: el Bournemouth superó al Milán, nada menos que cuando ambos perseguían al centrocampista italiano Nicolo Zaniolo en enero. El brillo de Italia se ha desvanecido y su poder se ha atenuado. Este Milán no es una reedición de los días de gloria en los que la Serie A dominaba el mundo, sino algo más parecido a un réquiem por ellos.

Tal vez ya no tienen a los mejores jugadores. Tal vez ya no tienen el encanto de antes. Bajo la luz brillante y molesta, un equipo tan grande como el AC Milán podría incluso parecer un pececillo. No obstante, según Pioli, tienen un “conocimiento” arraigado en la variedad de los desafíos a los que se enfrentan a nivel nacional, uno que implica que están “preparados” para lo que Europa pueda depararles.

“El ‘calcio’ ha sufrido durante unos años”, opinó. “Pero ahora está listo para volver a ser un protagonista”.