El Newcastle, el Leeds y la importancia de ser... algo

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(On Soccer)

NEWCASTLE, Inglaterra — El sistema de altavoces en St James' Park crujió conforme volvía a la vida justo cuando el silbato sonó y los jugadores hicieron una genuflexión , como lo han hecho cada partido de la Liga Premier desde la primavera. El anuncio fue breve y agradable, una reliquia inesperada de una época pasada: “Disfruta el juego”.

En medio del silencio, no quedaba claro a quién se dirigía el anunciador. Solo hay 300 personas dentro del estadio: los futbolistas en el campo, los dos cuerpos técnicos , un puñado de ejecutivos, unos cuantos agentes privados , guardias de seguridad y periodistas. Todos estaban ahí por trabajo y no por placer.

Además, incluso si las palabras del anunciador estaban destinadas para aquellos en exilio en casa, las personas que normalmente llenarían las gradas vacías, este es el Newcastle United. Pocos de sus hinchas, si no es que ninguno, dirían que han disfrutado de algo relacionado con este club desde hace bastante tiempo.

El Newcastle es, y ha sido durante un largo tiempo, un club en las garras de una deriva endémica. Su propietario, Mike Ashley, quiere venderlo, a tal grado que ha optado por un recurso legal contra la Liga Premier por bloquear una posible venta el año pasado a un consorcio encabezado por sauditas.

Los fanáticos, hartos de la administración ausente de Ashley y su falta de inversión, tanto emocional como financiera, quieren con tanta desesperación que se vaya del club que parecen estar listos para aceptar a cualquier posible salvador, sin importar cuántas inquietudes pueda haber sobre cargos de piratería de contenido o abusos a los derechos humanos.

Si el odio hacia Ashley es universal, el desprecio por Steve Bruce, el entrenador instaurado por el dueño la temporada pasada, crece en esa dirección. No se debe solo a que Bruce fue director técnico del Sunderland, el archirrival del Newcastle. No se debe solo a que Bruce remplazó a Rafael Benítez, a quien adoraban los fanáticos. No se debe solo a que Bruce fue designado por Ashley y, por lo tanto, lo perciben como un emisario de un régimen odiado, algo que nunca afectó a Benítez.

Se debe a que Bruce, al igual que Ashley, parece tener muy pocas ambiciones para el club. No ha puesto en marcha alguna gran visión de lo que el Newcastle podría ser. Sus aspiraciones parecen no ir más allá de la estasis, tan solo el mínimo requerido para que el club mantenga el nivel de la Liga Premier. No tiene una visión que vaya más allá del significado literal de la descripción de su trabajo: entrenador.

El equipo al que se enfrentó la semana pasada, agazapado en la línea de banda a unos metros de distancia, es lo contrario. Antes de la patada inicial, el Newcastle y el Leeds United de Marcelo Bielsa no atravesaban temporadas tan diferentes. Ambos clubes estaban al borde de la batalla por el descenso: el Leeds tenía 23 puntos y el Newcastle contaba con 19 a pesar de haber jugado un partido adicional.

No obstante, la cobertura de los equipos, y el ambiente alrededor de ellos, no podía haber sido más diferente. El Newcastle, como siempre, era un pantano de descontento y crisis efervescente. El Leeds, en contraste, había impresionado a todos en la Liga Premier y era alabado por fanáticos y observadores neutrales por su valor, su estilo y su espíritu de aventura.

El equipo de Bielsa había sido durante la temporada una fuente de fascinación y elogios, así como, hace poco, de cierto resentimiento: ningún otro equipo podía perder 6 a 2 contra el Manchester United, por ejemplo, y salir de ello no solo sin críticas, sino además con reconocimiento. Por supuesto, esto se puede atribuir en parte al hecho de que el Leeds, a diferencia del Newcastle, había ascendido de categoría recientemente, por lo que juega en la Liga Premier por primera vez en dieciséis años. Las variaciones en su desempeño eran esperadas y toleradas.

No obstante, gran parte de ello depende de Bielsa. El Leeds que él ha creado es entretenido por naturaleza: entretiene verlo y, aunque es demandante y consume mucha energía, al parecer es divertido ser parte de él. Sus jugadores dan la impresión de que lo están disfrutando. Luke Ayling, el lateral derecho, deja la defensa para salir a la carga como un infante que experimenta el frenesí del azúcar. Jack Harrison corretea por todos lados como un labrador ansioso. Stuart Dallas, en su primera temporada en la máxima categoría de Inglaterra, ha desarrollado un gusto por mandar pases del otro lado del campo. Ellos arman movimientos maravillosos y vigorosos. Anotan goles elaborados y asombrosos.

Pero lo más importante es que el dogmatismo de Bielsa, su fundamentalismo y su negativa a renunciar a sus creencias (todas las cosas que previamente en su carrera han sido señaladas como desventajas) ahora son fortalezas. El Leeds representa algo: un estilo de juego, una serie de aseveraciones sobre cómo se debe jugar, una teoría, un credo, un ideal.

En los últimos años, el futbol ha aceptado, lentamente y de mala gana, la idea de que los entrenadores que se apegan a una filosofía, a un cierto conjunto de ideas, no son un fraude. Se entiende, en cierto nivel, que poseer un sentido claro de cómo quieres que sea tu equipo ofrece una ventaja competitiva: ayuda a reclutar a los jugadores adecuados, hace que entrenarlos sea más efectivo, brinda un barómetro de éxito y propósito que no depende de resultados individuales. A nivel ejecutivo, incluso puede en ocasiones simplificar la transición entre un entrenador y el siguiente.

No obstante, los beneficios de una filosofía sólida no son puramente deportivos. Ha sido impresionante la escasa oposición que han encontrado los métodos de Bielsa durante los peores momentos. La mayoría de los seguidores, si no todos, aceptan con gusto los momentos de derrota como una desafortunada pero necesaria compensación por los momentos de triunfo.

Apoyar la filosofía de Bielsa les da algo de qué enorgullecerse y con qué consolarse, incluso cuando el marcador no es bueno. Le proporciona al club, y por extensión a los hinchas, una identidad. Ellos están ahí por algo que no depende de los resultados. El Newcastle es lo opuesto. Algunos días después de perder el partido contra el Leeds, el equipo de Bruce ganó en el estadio del Everton. Su escuadra tuvo un desempeño inteligente y disciplinado y la victoria alivió la preocupación creciente sobre el descenso. Mas no aportó absolutamente nada para dispersar la perdurable infelicidad.

Durante años, los fanáticos han sufrido una creciente sensación de desconexión de sus clubes, al sentirse alejados a medida que los equipos se han transformado en supertiendas, marcas minoristas y granjas de contenido, y sus jugadores en empresarios millonarios. Por supuesto, la distancia física obligada por la pandemia solo ha exacerbado esa sensación.

En ese entorno, los clubes ahora tienen que representar algo efectivamente, cualquier cosa: confianza en la juventud, un estilo de juego específico (expansivo o emocionante o muscular o intenso, lo que sea) o un enfoque distintivo y particular. Aquellos que lo hacen, como el Leeds, ganan no solo la paciencia de sus hinchas, sino también su admiración.

Aquellos que no lo hacen, como el Newcastle, descubren que, cuando no hay razón para disfrutar el juego (ni el resultado ni el recorrido), el fuego de la furia y el arrepentimiento pueden rápidamente convertirse en algo mucho más peligroso para un negocio que depende del cariño incondicional de su público: la apatía. Esa es la lección que Ashley y Bruce pueden enseñar al resto del futbol: que aquellos que no representan nada se arriesgan a desaparecer dentro de esa nada.