Las prácticas de yoga en escuelas que ayudaron a transitar la pandemia

Las prácticas breves de meditación, especialmente con los más chicos para ayudarlos a relajarse y concentrarse, ya eran una tendencia en aumento. Con la suspensión de las clases presenciales y la falta de contacto personal, fueron una herramienta que mostró beneficios en los estados de ánimo y en el aprendizaje. Existen múltiples iniciativas públicas y privadas en torno a la educación emocional, desde talleres extracurriculares hasta leyes provinciales en Corrientes y Misiones

Abu, estás hablando mucho. Respirá, viví el momento”. Rufino, de 5 años, sorprendió a su abuela con este llamado al presente, mientras cerraba los ojos y le mostraba cómo serenarse. Todos los días hace ejercicios de meditación antes de empezar sus actividades en la sala de preescolar de un colegio privado en la zona oeste del conurbano. Lo hacía por Zoom el año pasado y, ahora que retomó las clases presenciales, su maestra mantiene la rutina: comienza cada encuentro con unos minutos que apuntan a que los chicos y chicas conecten mejor con su entorno y con ellos mismos, y los predispone para lo que experimentarán durante el día.

Según datos de UNICEF, cuando estalló el coronavirus, más del 95 % de los niños de América Latina y el Caribe quedaron fuera de la escuela y la región enfrentó una crisis educativa sin precedentes. La interrupción de la formación cara a cara y de la concurrencia a escuelas, en una región de grandes carencias y desigualdades, en muchos casos significó no solo una distancia palpable con la educación sino también con un entorno saludable y seguro. Sin embargo, son muchos también los alumnos y alumnas que pudieron apoyarse en herramientas conocidas para darse calma, foco y paz a sí mismos durante este momento de incertidumbre.

Federica en pleno ejercicio de la postura de la paz, en el colegio Mark Twain, en Córdoba.  (Imagen: gentileza)
Federica en pleno ejercicio de la postura de la paz, en el colegio Mark Twain, en Córdoba. (Imagen: gentileza)

Si bien no hay cifras oficiales aún a nivel regional, se calcula que son casi 500 millones de personas las que practican yoga en el mundo y ese número asciende año a año. La novedad es que gran parte de ese aumento se da en las escuelas y que su efecto positivo derrama en las familias de los chicos y chicas que incorporan esta práctica como hábito saludable. Un hábito que les brinda herramientas para moldear su infancia y el camino hacia la adultez.

La respuesta a un vacío

Hace décadas que es pública y global la necesidad de concebir integralmente la formación escolar. Ya en 1994, el francés Jacques Delors establecía los cuatro pilares de la educación como parte de La educación encierra un tesoro, el informe a la UNESCO de la Comisión Internacional sobre la Educación para el Siglo XXI. En este documento, el economista y político revisó los ejes de la formación de aquel presente, de cara al futuro y anticipó una contradicción. El siglo XXI ofrecería infinitos recursos y formas de conocimiento que retarían los alcances de la educación y le exigirían estar a la altura para transmitir masiva y eficazmente todo este caudal de contenidos, canales y conocimientos; al mismo tiempo, el nuevo panorama demandaría herramientas para que los chicos y chicas pudieran desarrollar el espíritu crítico y no dejarse llevar por esta corriente de información que invade todos los espacios. “En cierto sentido, la educación se ve obligada a proporcionar las cartas náuticas de un mundo complejo y en perpetua agitación y, al mismo tiempo, la brújula para poder navegar por él”, escribió Delors.

Frente a este desafío, que se apoyaba en no saber qué vendría, enumeró los cuatro pilares para que la educación fuera capaz de brindar respuestas y soluciones a la formación de cada persona, y no solo transmitir contenidos: aprender a conocer, aprender a hacer, aprender a vivir juntos, aprender a ser.

Su postulado sigue más vigente que nunca. La clave es concebir la educación como un todo que, además, se prolongue a lo largo de la vida. Las cuatro habilidades propuestas por Delors permitirán que una persona aprenda a seguir aprendiendo, obtenga herramientas para adaptarse a vivir en comunidad, desarrolle su inteligencia emocional, conozca a través de la creatividad, haga florecer su personalidad y su vocación y explore su espiritualidad.

Las prácticas de relajación y respiración ayudan a bajar la ansiedad e identificar las emociones. (Imagen: gentileza colegio Mark Twain)
Las prácticas de relajación y respiración ayudan a bajar la ansiedad e identificar las emociones. (Imagen: gentileza colegio Mark Twain)

Estos conceptos funcionaron como disparadores para los cambios que la educación venía necesitando. Y, en muchos casos, solo formalizaron algo que ya venía sucediendo: la concepción del ser humano como combinación dinámica de cuerpo-mente-alma y, a su educación, como una mezcla de herramientas físicas, intelectuales y espirituales que apuntan al bienestar integral. Al final, una formación bien entendida debe colaborar con que cada persona pueda ser protagonista en la creación de su propia vida.

Así empezó a ganar terreno la idea de educación emocional, que considera todo esto como un proceso continuo y permanente y ubica las competencias emocionales como aspecto fundamental del desarrollo humano, de la vida y de las relaciones sociales.

Mucho más que un taller

Yoga, mindfulness luego y múltiples actividades similares vinieron a acompañar estos nuevos caminos de la educación y a brindar herramientas bien concretas para que niños y niñas pudieran incorporar hábitos saludables y hasta mejorar las potencialidades de aprendizaje que todos traemos al mundo. Pero ¿cómo pasaron de actividades complementarias a ser consideradas algo transversal que impacta en el resto del aprendizaje? ¿Qué beneficios concretos y probados muestran? ¿Qué sumaron durante la pandemia, cuando la presencialidad se interrumpió y emociones nuevas invadieron a todos?

“En salas de 4 y 5, hacemos desde ejercicios de respiración hasta actividades para trabajar el enojo. En tercer grado, todos los días antes de comenzar la clase, los chicos respiran, hacen actividades cortitas de concentración, se estiran, mandan buenos deseos y escuchan una canción en silencio. Los cambios son notorios porque comienzan el día de forma diferente: tranquilos y serenos”, asegura Mariana de Almeida. Ella es docente en el colegio Godspell de Pilar desde hace 16 años, se capacitó en mindfulness y sigue formándose como maestra de enseñanza inclusiva.

Hace tres años, la institución empezó a incorporar actividades de mindfulness en jardín de infantes y primaria. Parte de la premisa de que niños y niñas son coconstructores de identidad, curiosos, inteligentes y creativos. Y su propuesta pedagógica se alinea con estudios recientes sobre cómo el cerebro aprende mejor integrando cuerpo, mente y alma.

Cuando se interrumpieron las clases presenciales, se suspendieron estas actividades también. Pronto, se hizo evidente que eran esenciales para que los alumnos transitaran la incertidumbre y pudieran seguir aprendiendo a distancia: “Vimos que los chicos estaban muy ansiosos, por eso volvimos a incluir estas actividades pero en períodos más cortos. Para desarrollar el aprendizaje es muy importante que estén tranquilos o hayan transitado un momento de calma”, agrega Mariana.

Así, fue palpable no solo el impacto en sus estados de ánimo y formas de vincularse, sino también en la manera en que eran capaces de absorber el resto de los contenidos que se brindaban virtualmente.

Una actividad en Nivel Inicial: escuchar el sonido de un cuenco hasta que termina. (Imagen: gentileza colegio Mark Twain)
Una actividad en Nivel Inicial: escuchar el sonido de un cuenco hasta que termina. (Imagen: gentileza colegio Mark Twain)

¿Qué es el mindfulness y qué permite concretamente? Se trata de una versión de la meditación tradicional adaptada a la vida actual que consiste en conocer directamente lo que ocurre dentro y fuera de nuestro ser a cada momento. Christopher Willard, psicólogo clínico y profesor en la Escuela de Medicina de Harvard, es especialista en esta disciplina. Autor de libros como Mindfulness para padres e hijos, brinda conferencias y talleres en todo el mundo. Afirma que cuando comenzamos a enseñarles a niños y niñas a prestar atención plena, les ofrecemos una habilidad para toda la vida que les enseña cómo ser más resistentes, regularse y manejar las emociones, los impulsos, el estrés y, en última instancia, llegar a conocerse a sí mismos. “Enseñarles a establecer contacto con sus experiencias más que alejarse de ellas: así se desarrolla la inteligencia emocional”, explica.

En tiempos de angustia, miedo e incertidumbre como los que vivimos, son muy numerosos los docentes de todo el país que comparten evidencia de cómo chicos y chicas que ya practicaban yoga o mindfulness pudieron atravesar esta pandemia ―y aún lo hacen― con mejores herramientas.

Patricia Beviglia es docente y licenciada en psicopedagogía y, hace más de veinte años, es directora de Nivel Inicial del colegio Mark Twain, en la ciudad de Córdoba. Además, es autora del libro Estimulación temprana de la lecto-escritura: una metodología basada en mindfulness, neurodiversidad, inteligencias múltiples y conciencia fonológica. Patricia es una apasionada de la innovación educativa y se inició en este camino hace una década. “Nos empezamos a interesar por el mindfulness en el aula, porque completaba las prácticas de yoga que veníamos haciendo para que los alumnos lograran tranquilizar sus emociones después de actividades como el recreo o gimnasia. El mindfulness ayuda a anclarnos en el aquí y en el ahora con más naturalidad, a través de la respiración”, cuenta. “En infantes, sirve además para gestionar el manejo de las emociones: ayuda a identificarlas, a describirlas o nombrarlas, a validarlas y a encontrar alternativas. En definitiva, intentamos acercarles a los chicos a los contenidos de la mente momento a momento, aprovechando su curiosidad natural”.

Junto con otros y otras docentes, Patricia fue profundizando y ampliando estas técnicas a medida que iban comprobando los resultados positivos para los alumnos y las alumnas en lo emocional y en lo académico. Sin embargo, la explosión de beneficios se vio a partir del año pasado, cuando comenzaron las clases en línea en el contexto de la pandemia.

“Las actividades de mindfulness eran las que tenían más visitas en nuestra plataforma virtual. Ninguna otra generaba tanta interacción entre los maestros y las familias. La capacidad de los alumnos para identificar sus emociones y encontrar momentos para respirar solos fue increíble. Hubiera sido muy difícil, sobre todo en Nivel Inicial, que pudieran realizar algún tipo de actividad sin las prácticas de meditación”, cuenta Patricia.

La evidencia de cómo esa capacidad de serenarse y concentrarse mejoraba no solo el estado de ánimo sino también la capacidad de aprender y vincularse en actividades virtuales, hizo que se redoblara la importancia que ya tenían estas iniciativas. Y aun habiendo retomado la presencialidad, siguen siendo prácticas cotidianas beneficiosas: “Vivimos momentos de mucha incertidumbre, ansiedad y angustia. Los chicos van aprendiendo a tolerar sus experiencias y llegan a ver que ese abanico de sensaciones finalmente pasa”, subraya la docente.

Cantos en ronda: “Estiro un brazo aquí, estiro el otro allá y vuelvo a inspirar”. (Imagen: gentileza colegio Mark Twain)
Cantos en ronda: “Estiro un brazo aquí, estiro el otro allá y vuelvo a inspirar”. (Imagen: gentileza colegio Mark Twain)

Respirar y cambiar realidades

En la Argentina, las instituciones privadas vienen incorporando prácticas de este tipo hace años, pero siempre de forma voluntaria y extracurricular. Hay, también, experiencias en las escuelas públicas.

Promovemos el yoga laico, desde el juego y desde un lugar poco frecuente en las escuelas. Esta práctica llegó para trabajar la concentración y la relajación a través de la respiración consciente, para ir rompiendo corazas físicas, mentales y emocionales”, explica Miriam Bieladinovich, que tiene un recorrido tan extenso como profundo en el campo del yoga y la educación. Hace casi 40 años se inició en este mundo con Indra Devi y tras décadas de estudio alcanzó el título de grand master. Está terminando su mandato como secretaria de la Federación Argentina de Yoga y preside la Federación Sudamericana de Yoga. Desde estos cargos se dedica a lo que más la apasiona: formar profesionales en el país y la región, y seguir consolidando esta práctica con chicos y chicas de todos los niveles educativos. “Desde los tres años, ya pueden conectarse e ir creciendo con estas técnicas de contemplación e introspección a lo largo de su vida. La mente va ejercitando escucha/silencio y eso empieza a formar parte de la esencia de cada persona”, explica.

Su trabajo apunta a propagar los beneficios de esta práctica y acercarla a la escuela pública, donde las realidades de muchas familias hacen más necesario el desarrollo de herramientas desde la comunidad educativa. “En las escuelas privadas hay una implementación más directa: la institución decide y ejecuta. En la escuela pública, es más complejo, justo en entornos donde la realidad suele ser otra. Los beneficios del yoga en contextos vulnerables suman mucho porque bajan el nivel de agresión y de ansiedad. Formamos a los chicos para que desarrollen su autoestima y su paz interior, y que entiendan que puede crearse otra realidad para prevenir dolores”, desarrolla Miriam.

Existe evidencia científica muy extensa que indica que el padecimiento emocional hace a las personas más vulnerables al estrés, las adicciones, la depresión o el suicidio. En la década de los 90 la Organización Mundial de la Salud se empezó a pronunciar respecto de los beneficios de la educación emocional para el bienestar. Según este organismo, es troncal en la formación de los individuos y además contribuye a prevenir males actuales como la depresión, las adicciones, distintas formas de violencia, el excesivo culto a la imagen o el consumismo desmedido.

Según Miriam, la pandemia lo cambió todo. La brecha tecnológica es inmensa y el principal obstáculo de la educación a distancia en la escuela pública es la falta de conectividad. Pero para aquellos chicos y chicas que pudieron seguir estudiando remotamente y acudieron a herramientas de meditación y relajación, la diferencia fue notoria. “Nunca fue tan palpable el ahora, porque somos, pensamos y sentimos diferente. Pero podemos llenar vacíos a través de la respiración y la meditación. Y vimos cómo los chicos transitan una concentración diferente y la irradian a su entorno. Ellos pueden buscar y trasladar la paz”, sigue Miriam.

Con el cambio de coyuntura, cambiaron las formas conocidas de vincularnos: “Todo se digitalizó y hay que incorporarlo. La cuestión es qué transmitimos; la energía traspasa pantallas, lo bueno y lo malo se contagia. Y cada uno puede identificar y dirigir eso. Tenemos que convivir de manera saludable con la virtualidad porque llegó para quedarse”, subraya la especialista.

El trabajo de la Federación Argentina de Yoga consiste en llevar técnica y profesionalización a miles de personas. Como toda federación, agrupa asociaciones y hoy cada provincia ya cuenta con una. Trabajar en red ayuda a consolidar esta disciplina en escuelas a través de convenios con ministerios de educación y con municipios.

La Argentina cuenta con centros de formación profesional muy avanzados y es uno de los países de Sudamérica que tiene más consolidado el yoga en las escuelas. El Ministerio de Educación de la Ciudad de Buenos Aires fue el primero en firmar un convenio relacionado con el tema, en 2015. Y ya se habla de una ley de educación emocional para todo el territorio. Corrientes tiene una desde 2017. Es una provincia pionera en el tema, tanto que en plena pandemia, el sitio del ministerio ofreció la descarga de contenidos de lengua, matemática… y yoga. Siguió Misiones, en 2018. Y existen proyectos de ley en otras seis provincias e iniciativas impulsadas por organizaciones educativas en varias más. Pero la idea de asegurar la educación emocional como contenido transversal no está del todo extendida aún. “Una ley haría que el yoga pudiera llegar a más chicos, pero también ayudaría a profesionalizar la actividad. El yoga tiene maestros que se formaron tanto para enseñar como para acompañar en todo el proceso”, concluye Miriam.

No existen emociones buenas o malas. Lo importante es identificarlas y ser capaces de gestionarlas. Esta propuesta, simple y compleja a la vez, permite empoderar a chicos y chicas y ayudar a hacerlos autores y autoras de sus vidas. Y, en última instancia, puede transformar a una generación en adultos y adultas más felices, más amables y prósperos.

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Esta nota forma parte de la plataforma Soluciones para América Latina, una alianza entre INFOBAE y RED/ACCIÓN