El knockout de Marco Rubio en Munich

El secretario de Estado pronunció un discurso demoledor: cuestionó el multilateralismo, defendió la civilización occidental y exigió a Europa que asuma sus responsabilidades. Sin estridencias, con franqueza quirúrgica, se perfila como el doctrinario pragmático que el mundo necesitaba escuchar

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Marco Rubio en la Conferencia
Marco Rubio en la Conferencia de Seguridad de Múnich, febrero 2026. Su discurso recibió tres interrupciones de aplausos en un auditorio poco dado a celebrar. (Alex Brandon/Pool via Reuters)

Marco Rubio acaba de pronunciar, acaso, el discurso más impresionante de la era Trump que hayamos presenciado. Con aplomo y una serenidad poco frecuente en estos tiempos, construyó una pieza oratoria propia que marca un antes y un después en la política internacional. No abundan intervenciones de esta naturaleza: discursos que, en lugar de esquivar los hechos, intentan explicar el sentido de lo que nos ocurre. Y discursos que destacan un sentido de pertenencia tan elocuente.

El escenario de Múnich no es un dato menor. La ciudad, la conferencia, la palabra “seguridad” flotando en el aire: todo sumó densidad simbólica. Y las tres interrupciones de aplausos -en un auditorio más inclinado a detectar errores que a celebrarlos- revelan que el mensaje tocó nervios precisos. Rubio entendió los engranajes del momento.

Es cierto: no se trata de un improvisado. Rubio es un político experimentado, que ha crecido minuto a minuto al frente del Departamento de Estado pero viene de una carrera parlamentaria de larga data. Del precandidato republicano al que Donald Trump caricaturizaba por el tamaño de sus orejas, al pivot diplomático de Estados Unidos frente al mundo, hay un trayecto largo y en superación permanente. Hijo de cubanos, con raíces italianas y españolas -detalle que recordó ante el foro-, su biografía también es parte del relato que construye.

Sin citarlo de manera explícita, pero evocando el “fin de la historia” de Francis Fukuyama, en aquel tiempo en que parecía que la democracia liberal había ganado la partida, Rubio se plantó sobre esa promesa incumplida para afirmar, con calma quirúrgica, que “abrazamos un engaño”. Nadie quería -dijo- la desindustrialización, la deslocalización, la fragilidad de las cadenas de suministros en manos de adversarios. Sin embargo, ocurrió. Y ocurrió, además, bajo sistemas de protección y subsidios que distorsionaron el juego. Imputación sin rodeos.

No nombró a China en ese momento, pero la sombra estuvo allí en esa parte de su oratoria. Mientras el gigante asiático irrumpía en el comercio global a una velocidad que desarmó la caja de cambios del sistema, utilizaba instrumentos propios de un capitalismo dirigido, jugando simultáneamente en la cancha abierta y en la cerrada. Rubio lo expuso entonces con elegancia, sin estridencias. Y cuando le preguntaron, fue claro: con China hay que entenderse, sí, pero desde la conciencia de que existen intereses nacionales y visiones diferentes. Nunca eludiendo la respuesta, siempre en un sincericidio que no existe en la diplomacia internacional.

Marco Rubio en Múnich, febrero
Marco Rubio en Múnich, febrero 2026. Cuestionó el multilateralismo y defendió la civilización occidental sin rodeos. (Alex Brandon/Pool via Reuters)

Acá está uno de los ejes de su relato: no habla de forma irrelevante, no llena los espacios del tiempo con retóricas vanas o frases de efecto, afirma lo que entiende pertinente, organiza sus ideas y posee una convicción que no es frecuente en demasiados políticos profesionales que apestan a individualismo extremo y a vericuetos orales inconducentes.

Hace tiempo que los foros internacionales se llenan de discursos vacíos, cargados de cinismo diplomático. El público lo percibe, todos lo percibimos y por eso aburre ver y leer lo que se declara. Por eso Rubio empieza a ocupar un lugar central: se perfila como un doctrinario pragmático del pensamiento norteamericano en el mundo, alguien que intenta ofrecer una arquitectura conceptual a la geopolítica contemporánea y una acción superviniente. Trump es la estridencia dentro del caos, Rubio es la respuesta al sonido y la ruta de salida. No hacen mal equipo, mal que le pese a muchos.

Impactó su franqueza al admitir que la desindustrialización no era inevitable, que la pérdida de soberanía en las cadenas de suministros fue, lisa y llanamente, “una tontería”. El golpe fue seco, al mentón, knockout. Duele porque es cierto y porque pocos se animaron a decirlo en voz alta. Y resultó semióticamente impactante la tranquilidad con la que habló de semejantes asuntos, algo que si se observa el video impacta aún más que leer su discurso.

En Múnich también reformuló la pregunta esencial: cuando hablamos de defensa, ¿qué defendemos? Y allí situó el eje en la civilización occidental, en una tradición que -sostuvo- tiene razones para sentirse orgullosa. La interpelación a Europa fue directa: no se trata solo de presupuestos militares, sino de conciencia histórica.

Con sinceridad cuestionó además la ineficacia del multilateralismo. El dardo rozó el corazón mismo de las Naciones Unidas, hoy un actor desdibujado y vacío en su derrotero límbico. Pasó revista a Gaza, Venezuela e Irán. No ocultó discrepancias, pero afirmó que, en esos frentes, la situación es mejor que ayer por la acción estadounidense, no por la cooperación internacional. Y todo dicho -repito- con la máxima tranquilidad como si se tratara de un discurso ante el cierre de año de una universidad.

Rubio junto a Wolfgang Ischinger
Rubio junto a Wolfgang Ischinger en Múnich, febrero 2026. Llamó "una tontería" la pérdida de soberanía en las cadenas de suministros. (Alex Brandon/Pool via Reuters)

También se permitió criticar a la “secta climática”, a la que reprochó imponer cargas fiscales sin mérito suficiente. Y reconoció la magnitud de la crisis migratoria -difícil de ignorar para alguien de raíces latinoamericanas- como un fenómeno central del tiempo que vivimos. No le faltó nada, y no voy a agregar los temas de agenda planetaria porque los abordó todos. Impactante.

Cuando alude a una civilización de más de cinco mil años, Rubio no habla en términos confesionales, sino culturales. La religión aparece como matriz identitaria, no como dogma teológico. Es una defensa del constructo occidental como estructura histórica. ¿Cuánto hace que era necesario oír esto sin miedo en el planeta? ¿O hay que quedarse impavido ante las oleadas de intolerancia por estos asuntos mientras la violencia planetaria aumenta?

En el fondo, su planteo es que Estados Unidos no puede perder la batalla por la libertad, por sus valores, por su identidad, que es la batalla del mundo occidental. Se puede disentir con estilos de Donald Trump, será más difícil desoír este diagnóstico de Marco Rubio sin admitir que acierta. Porque parte de una premisa incómoda: el conflicto existe. Y no se supera con cócteles ni con diálogos congelados en el formato del siglo pasado. Eso salió mal.

Esa escuela -la del consenso automático- parece agotada. Súper agotada. Y volver a insistir en ella sin reformatearla es más burocratismo planetario que seguirán pagando los impuestos de la gente a una élite absurda que no resuelve casi nada. No es por allí la cosa.

La identidad basada en valores es una construcción occidental. Y conviene recordarlo: cuando el mundo arde, es Estados Unidos quien suele involucrarse. Otros actores juegan partidas distintas. No siempre lo hace bien Estados Unidos, es cierto, pero más de una vez ha sacado las castañas del fuego cuando todo parecía perdido.

El mensaje a Europa fue inequívoco: la libertad que hoy disfruta solo se preserva en alianza, pero una alianza fundada en valores compartidos y responsabilidades recíprocas. No en la expectativa permanente de que “papá USA” resuelva entuertos ajenos. Por eso al ser interrogado sobre Rusia tampoco se anduvo con rodeos al considerar que el camino de la resolución del conflicto está planteado.

Si Europa despierta de su ensimismamiento y su negación de la realidad, tiene una oportunidad junto a Estados Unidos. Pero deberá invertir más en defensa, asumir costos y comprender que mirar hacia otro lado no es una estrategia. Con una edad promedio de 44 años, baja natalidad y migraciones crecientes en su territorio -que no logran integrarse- el interrogante demográfico no es menor y la ecuación de paz todo un desafío. ¿Qué Europa se está gestando? ¿Recordamos que es la misma Europa que hasta hace unos años dependía para su calefacción de Rusia? ¿Europa ahora entiende quienes son sus amigos? ¿Hace falta alguna lección más?

Si las palabras “renovación” y “restauración” parecían fuera de moda, Rubio las devuelve al centro del debate. Como observó Simón Levy, no se trata de moral como sentimentalismo, sino como estructura civilizatoria: si Kissinger buscaba el equilibrio entre potencias, Rubio apunta a la cohesión interna de Occidente. Marco Rubio no va a escribir el mejor libro de Diplomacia del mundo, está ejerciendo una diplomacia que está cambiando el mundo.

La política está llena de ambición, pero también, a veces, de sentido del destino. No es maniqueísmo infantil afirmar que hay una disputa entre modelos: de un lado, las democracias con sus valores y creencias culturales; del otro, proyectos alternativos.

Marco Rubio incomoda. Y quizá por eso resulta relevante. No promete concesiones gratuitas a Europa. Ofrece respaldo a quien asuma el presente. América Latina, por su parte, haría bien en comprender que Estados Unidos no juega por migajas. La apuesta es estratégica. Quien no entienda el tablero quedará al margen.

Ajusten los cinturones: vienen turbulencias.