
La noche del 8 al 9 de noviembre de 1938, en el territorio de Alemania y Austria se llevó a cabo un Pogrom contra las comunidades judías que se cobraron vidas, se destruyeron propiedades y se incendiaron sinagogas, con la pasividad planificada de las autoridades que no solo permitieron hacer, sino que incentivaban al daño.
El mundo entero calló y no protestó.
Ese día, preludio de lo que habría de venir, se denominó con el romántico nombre de Kristallnacht, o La Noche de los Cristales Rotos, cuando su verdadera denominación sería el Pogrom Alemán y Austríaco del 8 al 9 de Noviembre.
En estos días se llevarán múltiples actos de recordación, casi todos interreligiosos, y se escuchará que alguien recite el conocido poema del Pastor Martin Niemoller (que muchos desprevenidos atribuyen a Bertolt Brecht), que enumera varias minorías a quienes fueron a buscar y como no era de su incumbencia, no le importó. Concluye con un emotivo “Luego vinieron por mí, y para entonces ya no quedaba nadie que hablara en mi nombre”.
Repetir ese poema con posterioridad, suena a arrepentimiento posterior, si no se acompaña con actitudes que denoten prevención a que tales hechos se repitan.
El 7 de Octubre de 2023 los cristales se volvieron a romper y el mundo volvió a no estar a la altura.
Las feministas actuaron como si “como son judías no me importó”
UNICEF no defendió a los hermanitos Bibas porque “como son judíos no me importó”.
La Cruz Roja no hizo nada por los aún 101 secuestrados “porque como son judíos no me importó”.
UNWRA no solo no impidió el ataque de Hamas, sino que quedó probada la colaboración “porque salvar judíos no me importó”.
UNIFIL no mantuvo a Hezbollah detrás del Río Litani en el Líbano, tal como era su función, porque del otro lado de la frontera, “como son judíos no les importó”.
Las universidades de elite no impidieron la agresión a estudiantes y profesores judíos porque “depende del contexto”.
Y ayer, apenas después que en la Sinagoga Portuguesa culminase la ceremonia recordatoria del Pogrom de Noviembre, donde recordaban la persecución a judíos en los Países Bajos, que obligaron a los Frank a esconderse en “la casita de atrás”, hordas salieron a cazar judíos en zona liberada en la civilizadísima Amsterdam.
Negocios que se cerraban cuando los perseguidos pedían ayuda. Taxistas que no solo bajaban judíos tratando de escapar, sino que se sumaban a las golpizas. Judíos tirados a los canales, o que se hicieron pasar por muertos, o que tuvieron que negar ser judíos para que no les peguen, o encerrados en sus hoteles.
Eso no es apoyar la lucha del pueblo palestino. Es antisemitismo.
Del más violento.
Del que el mundo prometió que no volvería.
Somos el globo de ensayo, el canario en la mina. “Lo que empieza con los judíos nunca termina con los judíos”, decía Simon Wiesenthal.
El antisemitismo no es un problema de los judíos sino de las sociedades que lo toleran. Y la solución debe venir de los no judíos de esa sociedad.
Este es el antisemitismo que si no lo ayudás a denunciar y parar ahora, no va a haber nadie que hable por vos.
* Ariel Gelblung es director del Centro Simon Wiesenthal para América Latina
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