
El fallecimiento de Bill Richardson crea un vacío inmenso en un espacio que él dominaba a la perfección: la negociación con regímenes encabezados por tiranos para salvar las vidas de americanos detenidos injustamente. Y este aspecto de su vida quizás sea menos conocido que las posiciones publicas que ocupó al ser elegido durante 14 años consecutivos a la Cámara de Representantes y posteriormente Gobernador de Nuevo México, haber representado a Estados Unidos en las Naciones Unidas y desempeñado el cargo de Secretario de Energía.
En efecto, Bill Richardson se convirtió en un trotamundos luego de culminar su vida pública para lograr la liberación de ciudadanos norteamericanos que habían sido detenidos para extraer alguna concesión a Estados Unidos. Comoquiera que las leyes americanas prohíben a su gobierno negociar la liberación de rehenes, estas personas habían quedado atrapadas por décadas en horribles mazmorras sin haber cometido delito alguno y sin gozar de cualquier protección oficial. Richardson vio un intersticio en esas leyes y luchó por denominar a estos prisioneros como “personas detenidas injustamente”. Así logró escapar la descripción de rehenes y contar con algún apoyo diplomático de su gobierno. Los americanos liberados por Richardson estuvieron detenidos en Bangladesh; Corea del Norte, Sudán, Colombia, Irak, Venezuela, Cuba y Rusia. En muchos casos expuso su vida al viajar al hoy Congo, en ese entonces Zaire en 1997 cuando el país estaba en plena guerra civil. Su participación en las negociaciones para la liberación de Brittney Griner, la basquetbolista apresada en Rusia, fue determinante.
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Cuando la preguntaron cuál era el secreto de su éxito en estas negociaciones indicó, con su llana y amable sonrisa: “Hay que saber respetar a la contraparte, establecer una conexión personal con ella y crear la oportunidad para que salve la cara”.

Desde mi perspectiva personal tuve la oportunidad de ver ese talento operar en situaciones difíciles. En 1990 ambos formamos parte del cuerpo de observadores electorales de las elecciones en Nicaragua. Fuimos destacados a Estelí, región que era el fortín del sandinismo. Cuando a las cuatro de la tarde vimos que tanto el quick count como los exit polls daban la victoria de Violeta Chamorro, Bill dijo: “Recojamos las actas que ya hemos recopilado y vámonos a Managua porque habrá que convencer a los sandinistas que perdieron”. Y efectivamente fue así. A las 9 de la noche Daniel Ortega y la comandancia entera del FSLN estaban desaparecidos. Mi jefe Carlos Andrés Pérez, a la sazón presidente de Venezuela, ordenó que buscase a cualquiera de los hermanos Ortega o a Tomas Borge para indicarles lo necesario que era que reconocieran la derrota. Le indiqué que estaba con un congresista norteamericano. “Mejor que mejor”, respondió y con el apoyo del embajador de Venezuela nos dirigimos al recinto donde se encontraban los comandantes. Luego de establecida la conexión telefónica con el presidente Pérez, Bill tomó la palabra para felicitarlos por haber celebrado un proceso electoral tan organizado, transparente y correcto. Luego les indicó la significación del hecho que en Centroamérica hubiese elecciones libres y finalmente logró extraerles la promesa de que harían el anuncio la próxima hora. Y así fue. Desde entonces sostuvimos una entrañable amistad que se interrumpió en este fin de verano.
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Los éxitos en la diplomacia informal de Bill Richardson deberían llevarnos a reflexionar sobre la cadena de fracasos que han sido y son las negociaciones internacionales de la ultima década. En ningún rincón del mundo pareciera triunfar el diálogo sobre el conflicto; la civilización sobre la barbarie y la estabilidad sobre el conflicto. A mi modo de ver estos fracasos están directamente asociados con la absurda polarización que afecta las democracias liberales. En casi todas ellas se ha roto el diálogo entre rivales; se ha impuesto la patanería sobre los modales y los gritos sobre la conversación. Por ese camino no solo se están tensando peligrosamente las instituciones sino que también se ha paralizado el entendimiento y la cooperación internacional. Y preferimos tomar parte en conflictos horribles como el de la invasión rusa a Ucrania que atraer en un solo bloque a todas las naciones que están clamando por la negociación. Así pasó en los albores de la Primera Guerra Mundial y ya conocemos las consecuencias.
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