
El rol que tiene, actualmente, la Organización de Estados Americanos (OEA) en la defensa de los principios y valores de la democracia en Latinoamérica dista mucho de aquella imponente y respetada institución que en el año 2000 envió una misión al Perú para comprobar diversas acusaciones contra el gobierno de Alberto Fujimori, y cuyas acciones ayudaron al país a transitar por el proceso de restablecimiento del orden y equilibrio constitucional.
En los últimos años, poco o nada ha logrado el supra organismo internacional para liberar a los pueblos de gobiernos señalados como autocráticos o violadores de los derechos humanos, tales como Cuba, Venezuela, Bolivia, Nicaragua y Honduras. En este contexto, la OEA tiene una gran oportunidad para recuperar su sitial histórico como garante de la democracia y el desarrollo. Pero para ello, debe dejar de trascender por sus efímeros liderazgos, y abrazar nuevamente sus sólidas raíces fundacionales.
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Con sus sombras y nubarrones, esta nueva misión extranjera llegará a una Lima, una ciudad gris y primaveral, en donde brilla por su ausencia una oposición capaz de integrar y formular salidas concretas, firmes y realistas a la crisis institucional que vive nuestro país. En un escenario donde la Fiscalía de la Nación parece ser la única institución que batalla, a solas, para liberar al país del agujero negro en el que lo han metido la clase política de las izquierdas, las derechas y el partidismo populista sin ideología.

En la desarticulada oposición peruana, carente de líderes con capacidades estadistas, parece que el instinto de sobrevivencia electoral se ha adueñado de sus deslucidos conspicuos voceros. Mientras que, al otro lado, un gobierno sin rumbo, colmado de señalamientos de corrupción y envenenado de incapacidad y negligencia para gobernar, parece haber encontrado en la Cancillería su última carta para impedir la consumación del deslucido gobierno de Pedro Castillo.
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Sin embargo, en un país donde pasa de todo y no pasa a nada a la vez, nadie puede sentirse victorioso. Siempre puede surgir algo que termine por inclinar la balanza, aunque, por ahora, el único que parece haber jugado sus ases con audacia es el canciller César Landa, quien, al entregarle un ‘balón de oxígeno’ al gobierno con la llegada de la misión de la OEA, ha logrado por su parte, salvarse también de la censura del Congreso. Una jugada de póker en la que han caído, con su acostumbrada ingenuidad, los alicaídos parlamentarios peruanos.
En este escenario, carente de triunfadores, están los perdedores. La población de un país abandonado a la anarquía, sumergido en una profunda crisis moral y económica, con un Estado atiborrado de funcionarios sin compromiso con el servicio público, que profundiza el agujero en el que transita un país lleno de riqueza, pero carente de liderazgos.
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Al estilo del popular juego de naipes llamado “nadie sabe para quién trabaja”, la aplicación de la carta democrática de la OEA en el Perú, es una arriesgada jugada sin un final predecible. Corresponde observar con esperanza a los actores políticos para ver si son capaces de actuar con audacia, inteligencia y responsabilidad ante la necesidad urgente de terminar con la crisis que asfixia a una nación, o ver si quienes en nombre de los pobres y desde el poder, usufructúan de sus derechos y de la democracia.

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