
Desde su nacimiento en diciembre de 2011, la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (CELAC), estuvo bajo la tenebrosa sombra ideológica de Fidel Castro y el impulso financiero de los petrodólares de Hugo Chávez. En el discurso inaugural, el venezolano dedicó la nueva organización hemisférica, sin Canadá y Estados Unidos, a su héroe y mentor personal de La Habana, el principal promotor de lo que llamó “La causa humana de las Américas”. “Desde aquí saludamos a Fidel, ese es otro gran campeón de la integración, de la liberación de nuestros pueblos, de la dignidad y de la grandeza de los pueblos de América Latina y del Caribe y de la causa humana”.
La CELAC, al igual que la moneda SUCRE, la alianza Petrocaribe, los megaproyectos de gasoductos y otros dislates de Chávez, se fue disipando en la llanura en la medida en que Venezuela desbarataba su infraestructura petrolera, se quedaba en bancarrota y condenaba a la migración forzada a más de 7 millones de sus ciudadanos.
Entre 2017 y 2021 la CELAC parecía agonizar y quedar sepultada en el imaginario colectivo de la izquierda radical. Su plan por desbancar a la Organización de Estados Americanos (OEA) como el principal foro político hemisférico parecía haber fracasado. Durante 4 años la CELAC se quedó sin presupuesto, sin agenda y sin liderazgo y no fue hasta en el año 2021 cuando el Presidente de México, Andrés Manuel López Obrador, decidió que era tiempo de resucitar a Lázaro, reagrupar a la región y relanzar este proyecto cuyo objetivo principal fue y seguirá siguiendo promover la integración sin integridad y abrir espacios políticos y económicos a las 3 dictaduras bananeras de la región, con 15 y 60 años enquistadas en el poder.
Aunque la CELAC se define a sí misma como “la voz central la región en temas de consenso” y el “único interlocutor que puede promover y proyectar América Latina y el Caribe en la discusión de los grandes temas globales”, su ambicioso planteamiento no se ha concretado. Más allá de las agendas personales e ideológicas de sus líderes, la CELAC no ha logrado avanzar en cosas esenciales como una sede permanente, un presupuesto anual estable, metas y objetivos claros, etcétera. Al margen de estas falencias evidentes, la organización ha impulsado algunos esfuerzos esporádicos en temas de cooperación en salud, cambio climático y educación. Nada más. Tienen más cumbres que los Andes y menos éxito que el Presidente de Perú para elegir a su Gabinete.
Por otro lado, la CELAC nos ha quedado debiendo un planteamiento firme en temas de democracia, derechos humanos y crímenes de lesa humanidad como los que se cometen todos los días en Venezuela, Cuba y Nicaragua. La situación de hambre y violencia que sufren estos tres países ha generado una verdadera hemorragia migratoria que se extiende de norte a sur en toda la región.
Mientras la CELAC siga siendo una versión apócrifa del Foro de Sao Paulo, empoderando dictadores y viendo a otro lado en materia de derechos humanos, dicha organización seguirá fallándole a los más de 600 millones de ciudadanos de la región, porque no puede haber paz, prosperidad y seguridad sin que antes exista democracia, institucionalidad y un irrestricto respeto a los derechos humanos. Allí está el verdadero desafío.
*El autor fue miembro del Cuerpo de Paz de Noruega y ex embajador de Nicaragua ante la OEA.
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