Jean-François Revel, el gran crítico del totalitarismo del siglo XX

La personalidad y la obra del filósofo, escritor y periodista francés, Jean-François Revel, nacido en Marsella en 1924 y fallecido el 30 de abril de 2006, podría resumirse con dos adjetivos: independiente y enciclopédica. A esto habría que agregar su agudo espíritu provocador, heredero de las plumas de Voltaire y Diderot, dos de las mentes más brillantes de la Ilustración del siglo XVIII. La profundidad de sus textos periodísticos y la claridad y contundencia de sus ensayos hicieron posible en 1997 su elección como miembro de la Academia Francesa, la catedral de la intelectualidad creada en 1635 por el cardenal Richelieu durante el reinado de Luis XIII.

Su gran amigo el escritor Max Gallo relató en su discurso de ingreso como miembro de la Academia en 2008 que Jean-François Ricard (tal su nombre de nacimiento) había elegido Revel como su seudónimo en 1957, tomado del nombre de un restaurante en la rue de Montpensier, frente a la casa de Jean Cocteau, cuyo chef, en palabras de Jean François, cocinaba un “guiso irrefutable”.

A lo largo de su vida, relatada en la magnífica autobiografía “Memorias, o el ladrón en la casa vacía” (Mémoires, ou le voleur dans la maison vide, 1997), Revel publicó más de 30 libros con una variedad temática que abarcaba desde la evolución de la filosofía occidental hasta ensayos con críticas demoledoras de los sistemas totalitarios que desafiaban a las democracias occidentales en el marco de la Guerra Fría. Escribió también sobre el pensamiento budista y sobre la obra de su admirado Marcel Proust.

La escritura lírica no le fue ajena, aunque no se mostró muy convencido de publicar sus poemas, que los repartía a desgano entre sus más estrechos amigos. Su capacidad de polemista innato para sintetizar filosas definiciones políticas en el centenar de entrevistas que brindó a lo largo de sus 82 años, lo convirtieron en un faro de referencia para todos aquellos que buscaban un perfil racional para debatir contra los propaladores de dogmas ideológicos disfrazados de falso progresismo.

Sus libros más conocidos son: El por qué de los filósofos (1957); Ni Marx ni Jesús (1970); La Tentación Totalitaria (1976); Cómo terminan las democracias (1985); El Conocimiento Inútil (1988), Historia de la Filosofía Occidental (1994); El Monje y el Filósofo (1998); La Gran Mascarada (2000); Diario de Fin de Siglo (2001) y La Obsesión Antiamericana (2002). Indagó además en la historia de la gastronomía en el ensayo “Un festín en palabras, historia literaria de la sensibilidad gastronómica de la antigüedad a nuestros días”, (editado en 1980 y ampliado en 1996).

Durante la guerra mundial, y antes de cumplir los veinte años, Revel actúo como miembro de la resistencia francesa contra la ocupación nazi al mismo tiempo que desarrollaba sus estudios de Filosofía en la Escuela Normal Superior (École Normale Supérieure), fundada en 1794 y con 13 Premios Nobel egresados de sus aulas.

Finalizada la contienda, y aconsejado por un profesor devoto de las enseñanzas de Jean Paul Sartre (“la encarnación suprema del desastre cultural francés de posguerra”, según lo describiera en su autobiografía de 1997), Revel se afilió al Partido Comunista convencido de las supuestas bondades de la interpretación marxista de la historia, pero renunció al poco tiempo cuando comenzaron a trascender los crímenes y torturas del régimen de Stalin.

Entre 1949 y 1952 residió en México donde trabajó como profesor de filosofía en el Liceo y en el Instituto Francés, y llegó a forjar una estrecha amistad con Luis Buñuel, el notable cineasta español exiliado en ese país. A su regreso de México, y tras un breve paso por su tierra natal, el filósofo se trasladó a Italia donde se desempeñó como profesor en el Instituto Francés de la ciudad de Florencia, para regresar luego a la enseñanza en su país, esta vez en la Universidad de la Sorbona. La década del 60 marcó el comienzo de su brillante carrera en la prensa gráfica, tanto en su carácter de columnista como de empresario periodístico.

Mientras denunciaba desde sus columnas la complicidad de muchos de sus colegas con el sistema represivo de la entonces Unión Soviética (como también lo había señalado en 1955 su admirado amigo Raymond Aron en su ensayo “El opio de los intelectuales”), Revel seguía con atención los sucesos de la contracultura emergente en California, y en especial a la obra de Herbert Marcuse. Nunca comulgó con los “postulados adolescentes” de la revuelta universitaria de mayo de 1968.

Una década después sería designado director del semanario L´Express por Raymond Aron, que se desempeñaba como presidente del comité editorial de esa publicación.

Durante los años de la administración de Ronald Reagan (1980-1988), etapa final de la Guerra Fría, Revel señalaba sin temor a la crítica del establishment cultural de su país que “una de las grandes tragedias de nuestro tiempo es la identificación de los ideales de la izquierda con el comunismo. Hasta ahora es difícil denunciar el imperialismo soviético o de China sin ser clasificado de derechas. Si el comunismo es la izquierda yo acepto ser de derechas”. La convergencia en torno a la falsa asimilación del progresismo a la izquierda “ha corrompido hasta en sus menores detalles el lenguaje y la acción política, invertido el sentido de la moral y entronizado la mentira al servicio del pensamiento”, sentenció en el monumental ensayo El conocimiento inútil, publicado en 1988 cuando la perestroika asomaba como el capítulo final del régimen comunista surgido de la posguerra.

Profeta del valor de la información veraz, aun cuando internet se encontraba en su fase experimental, Revel advirtió sobre las gravísimas consecuencias que se derramaban sobre las democracias occidentales que eran bombardeadas por mentiras, falsedades y censuras alimentadas especialmente desde el poder político. “El mal más pernicioso es la opinión disfrazada de información”, afirmaba. El gremio periodístico de su país siempre lo consideró como un outsider de su profesión. A los hombres de prensa no le faltaban motivos para recelar de sus valoraciones: muchas veces Revel llegó a calificarlos como “notables falsificadores de la apariencia”.

Sus enemigos lo acusaban de ser un astuto panfletista, pero el gran ensayista era temido no sólo por los columnistas más influyentes de su país sino también por importantes académicos. En este sentido, el filósofo Bernard-Henri Levy, amigo de Revel desde finales de los años 60, recuerda que el sociólogo Pierre Bourdieu no quería debatir con él por temor a quedar mal parado durante la partida. Se entiende, Revel expresaba con descarnada ironía que “la cultura francesa ha irradiado durante tanto tiempo que es un milagro que la humanidad no haya muerto de una insolación”.

En el mundo actual donde el relativismo de las posiciones políticas cotiza alto en el mercado de las paradojas, adquiere significancia lo afirmado por Revel poco tiempo antes de su muerte en el año 2006: “Actualmente, la extrema derecha produce documentos contra la globalización y contra la economía de mercado que podrían ser firmados por un trotskista”. Sociedades abiertas que no pueden convivir a mediano plazo con la mentira, y regímenes populistas autoritarios que se inmunizan contra la verdad enmascaran una dialéctica sin salida que sólo termina favoreciendo a los apologistas de la violencia fascista.

Je t’aime Etats-Unis

El pensador francés analizó la visión global norteamericana en dos ensayos; Ni Marx ni Jesús (1970) y La obsesión antiamericana (2002). Los juicios de valor sobre el rol de los Estados Unidos en la escena histórica y coyuntural de esos tiempos fueron de una contundencia tal que, hasta hoy, vastos sectores académicos de ese país no alcanzan a asimilar en su cabal dimensión. La autocensura o el temor a la reacción de la combativa intelectualidad universitaria francesa siempre fueron obstáculos fáciles de superar para el filósofo nacido en Marsella.

Sostenía que era necesario distinguir entre el antiamericanismo y la crítica, legítima y necesaria, hacia los Estados Unidos. Pero ésta debía apoyarse en informaciones (no en opiniones solapadas) y también, en estadísticas confiables y contrastables con los hechos sometidos a la valoración. Tomando como experimento el desarrollo histórico norteamericano a lo largo de los siglos XIX y XX, Revel instala su visión de América del Norte como un “laboratorio, en el que se inventan y prueban soluciones de civilización, no necesariamente buenas todas, pero que prevalecen irresistiblemente”, en un marco de respeto de las libertades individuales y del estado de derecho.

La investigación para el libro publicado en 2002 coincidió con el crecimiento económico de la década del 90 y el auge de internet. En este sentido, y siguiendo la doctrina del exconsejero de Seguridad del presidente Jimmy Carter, Zbigniew Brzezinski, el autor francés apunta que “para merecer el título de superpotencia mundial, un país debe ocupar el primer rango en cuatro esferas: económica, tecnológica, militar y cultural”.

Concluye que Estados Unidos era por entonces el único país (y el primero en la Historia) que cumplía esas cuatro condiciones a la vez a escala universal. En simultáneo con el atentado contra las Torres Gemelas, el filósofo francés formulaba un interrogante sobre China que hasta hoy no tiene respuesta: ¿Qué política debería seguir Estados Unidos hacia el gran país oriental que está volviéndose una economía capitalista, al tiempo que intenta seguir siendo políticamente totalitario?

A esta altura cabría preguntarse por qué Revel no tuvo actuación política activa a lo largo de su vida. Lo explica él mismo con una frase tan políticamente incorrecta como la mayoría de su vasta obra literaria: “Los políticos no se consideran responsables de nada, ni siquiera de lo que han hecho cuando las cosas van mal. Y cuando van bien se declaran responsables de todo, incluso de lo que no han hecho”.

Luchador incansable de los derechos individuales y de la libertad, Jean- François Revel dejó para la historia algo más que su vastísimo e inoxidable legado literario. Su hijo Matthieu Ricard, un biólogo molecular de renombre que abandonó la práctica científica por la meditación activa, se convirtió en un famoso monje budista nominado por la prensa como el hombre más feliz del mundo.