
El 4 de agosto se cumple un nuevo aniversario del nacimiento de Raoul Wallenberg, el diplomático sueco que salvó las vidas de miles de judíos durante la Segunda Guerra Mundial.
Había nacido en 1912 en el seno de una de las familias más poderosas de Suecia, dueña de industrias y bancos. Luego de graduarse como arquitecto en los Estados Unidos, Wallenberg, educado en la fe cristiana, fue elegido por el War Refugee Board, un comité creado por el presidente de los Estados Unidos, Franklin D. Roosevelt.
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Su misión era viajar a Budapest con un cargo diplomático y colaborar en el salvataje del remanente de la comunidad judía que Adolf Eichmann aún no había enviado al campo de exterminio de Auschwitz.
En una gesta sin precedentes, Raoul Wallenberg ayudó, directa o indirectamente, a miles de judíos y otros perseguidos a eludir una muerte segura. Paradójicamente, luego de hacerle frente a la dictadura de Hitler pereció en manos de la dictadura de Stalin, de otro signo político pero igualmente genocida. Él y su chofer, Vilmos Langfelder, fueron detenidos por el Ejército Rojo el 17 de enero de 1945. Sus rastros se pierden en el tristemente célebre Gulag soviético. Wallenberg es un desaparecido, figura tristemente célebre en Argentina.
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En 1957, la Unión Soviética informó oficialmente que Wallenberg había fallecido en julio de 1947 en la prisión de Lubyanka, en Moscú, a causa de un súbito paro cardíaco.
En 1991 se constituyó un grupo de trabajo sueco-ruso a fin de determinar la verdad de lo sucedido. Tras el colapso de la Unión Soviética, se esperaba que sus integrantes tuvieran libre acceso a los materiales de archivo. Pero no fue eso lo que sucedió y, diez años después de iniciadas las labores de investigación no se obtuvieron resultados concluyentes.
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En 2006, la Fundación Raoul Wallenberg recibió una carta oficial de la Embajada de la Federación Rusa en Washington DC. Firmada por el entonces subjefe de la misión, Alexander Darchiev, la misiva señala: “La responsabilidad de la muerte del señor Wallenberg recae en los dirigentes de la URSS de ese momento y sobre Joseph Stalin en persona”.
La afirmación de Darchiev tiene sentido. Es probable que la suerte corrida por Wallenberg esté íntimamente ligada a una decisión de Stalin, pero ¿es posible que la muerte de una persona de tan alto perfil no haya dejado ningún rastro? Si Wallenberg y Langfelder fueron asesinados por los soviéticos, los registros históricos deberían estar disponibles. Por desgracia, el presidente Vladimir Putin imita la conducta de sus predecesores e impide el acceso sin restricciones a los archivos de la KGB.
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En Argentina, en la Ciudad de Buenos Aires, Wallenberg es recordado con un monumento emplazado en la esquina de la avenida Figueroa Alcorta y la calle Austria. Por su parte, el Correo Argentino emitió un sello postal conmemorativo y la Asamblea Legislativa de la Ciudad de Buenos Aires dedicó un día a su memoria sancionando la ley 2.307. En 2012, año del centenario del nacimiento de Wallenberg, la ciudad de La Plata descubrió un busto del Héroe sin Tumba en la calle 51, entre 9 y 10, frente al Teatro Argentino.
Los valores que inspiraron a Wallenberg, solidaridad y coraje cívico, son imperecederos, no conocen fronteras físicas o temporales. Su ejemplo debe ser siempre recordado, mucho más en tiempos de crisis e incertidumbre como los que actualmente vive el mundo.
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Los autores son fundador y presidente, respectivamente, de Fundación Raoul Wallenberg, Nueva York
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