Otra cumbre pobre del G7, en la "temporada tonta" europea

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Un dibujo en playa de
Un dibujo en playa de Biarritz de los siete líderes mundiales que participaron de la cumbre del G7 reclamando por la igualdad de género (Photo by Thomas SAMSON / AFP)

Periodistas de todo el mundo siempre han considerado esta época del año en Europa, el punto culmine del verano, como "la temporada tonta" en la que nunca sucede nada de interés en materia periodística, al menos en el frente político.

"La temporada tonta" históricamente ha estado colmada de noticias sobre los incendios por las altas temperaturas en Europa, la muerte de ancianos por golpes de claro en Portugal o Grecia, el descubrimiento de los restos del continente perdido en el Sahara argelino o, este año, para agregar un poco de amarillismo, el suicidio de un multimillonario pedófilo en una prisión de alta seguridad en los Estados Unidos. Por lo tanto, se podría decir que la cumbre del G7 en la ciudad turística francesa de Biarritz, es una excepción a la regla de "la temporada tonta".

La cumbre fue una invención del presidente francés Valery Giscard d'Estaing, quien la organizó por primera vez como un G6 en 1975 con la asistencia de Gran Bretaña, Italia, Japón, Alemania Occidental y Estados Unidos. La idea original era centrarse en los problemas económicos mundiales tras la recesión provocada por las crisis petroleras de 1971 y 1973. Sin embargo, luego de unos años, la cumbre, que ahora también incluye a Canadá y la Comunidad Económica Europea, había ampliado su mandato para incluir cuestiones políticas importantes. En 1978, cuando el grupo se reunió en Guadalupe, el G7 se había transformado en un politburó internacional que pretendía establecer la melodía con la que danzaría todo el mundo.

En una de esas deliciosas ironías que agregan sabor a la historia, el grupo, que terminó incluyendo a Rusia después de la caída de la ex-URSS, vio disminuir su verdadero poder para influenciar las tendencias mundiales, mientras que sus ambiciones de gobernar el mundo se acrecentaron. No obstante, el grupo no pudo hacer nada acerca de la invasión soviética de Afganistán, la desintegración de la URSS, el colapso del Pacto de Varsovia, la toma del poder por parte de los khomeinistas en Irán, el cambio de marcha de China hacia un sistema capitalista, las guerras desencadenadas por Saddam Hussein y el surgimiento del terrorismo internacional en nombre de la religión. Peor aún, el "politburó global" no tuvo ningún papel en los drásticos y magníficos cambios tecnológicos que arrastraron al mundo a algo más grande que la Revolución Industrial.

A mediados de la década de 1990, la cumbre del G8, como era antes de que Rusia fuera expulsada, se había transformado en una club de conversaciones irrelevantes para las cuestiones importantes del mundo y en sesiones de fotos para líderes políticos en busca de acrecentar su imagen en un mundo nuevo que ya no podían controlar. En una de las cumbres organizada por Francia en la ciudad de Lyon, los participantes tomaron "decisiones" sobre casi todo lo existente bajo el sol, pero sabiendo todo el tiempo que no tenían ni la intención ni el poder de actuar sobre nada de lo que decidían.

Mesa redonda con los líderes
Mesa redonda con los líderes del G7.

Entonces, la pregunta obligada es ¿qué tan relevante es el G7 hoy? La respuesta es corta: no mucho.

Tal realidad quedó claramente demostrada en la cumbre del año pasado organizada por Canadá, cuando la alemana Angela Merkel y el francés Emmanuel Macron trataron de "educar" al presidente de los Estados Unidos, Donald Trump, sobre los hechos de la vida política estadounidense y mundial. Sin embargo, todo lo que lograron fue quedar como políticos provocadores y principiantes, a lo que Trump contestó con uno de sus típicos tweets dejándolos en ridículo cuando les respondió, aun en vuelo a bordo de su avión presidencial. En circunstancias normales, eso debería haber significado el final de una farsa que comenzó hace casi medio siglo. Pero eso no sucedio debido a la notoria tenacidad de las burocracias que, como siempre, se niegan a desaparecer.

Como sea, se supone que la cumbre de Biarritz se centraría en cuatro cuestiones.

La primera de ellas relacionada a la búsqueda de algún tipo de legislación y orden internacional en el mundo digital que trascienda tanto el estado-nación como a organismos supranacionales, como la Unión Europea. Tal como están las cosas, es poco probable que lo que se "decidiera" en Biarritz cree el tipo de control con el que sueñan los burócratas de las principales capitales.

La segunda cuestión, es la perenne de combatir el terrorismo. La cumbre de Lyon en 1996 promulgó 45 medidas que, además de tener que quitarnos los zapatos en los puntos de control en los aeropuertos, no se implementó ninguna. Los grupos terroristas están hoy tan vivos y activos o más que en aquellos días en que el presidente Jacques Chirac, se jactó de que los eliminaría en un año o dos.

La tercera cuestión, es qué hacer con una República Islámica cada vez más inestable, pero aún agresiva, y que controla la totalidad de lo que un día fue la gran nación persa de Irán. Los europeos -menos la Gran Bretaña actual de Boris Johnson- junto a Canadá y Japón azotando y empujando "al caballo muerto" que hoy es el "tratado nuclear" heredado del presidente Barack Obama y su errónea esperanza de evitar una gran crisis en el Medio Oriente, continuan insistiendo en el acuerdo, haciendo gala de una increíble negación de la realidad. Al mismo tiempo que la UE carece del coraje para lanzar un salvavidas a la camarilla khomeinista que está ahogándose lentamente en Teherán. Sin embargo, la administración de Trump, o más bien el propio Trump, no necesita hacer nada más, ya que las últimas sanciones comienzan a causar una verdadera implosión en el régimen khomeinista.

El cuarto problema es el de la llamada guerra comercial entre China y los Estados Unidos. Allí tampoco hay casi nada que el G7 pueda hacer para influenciar el curso de los eventos, y mucho menos su resultado. La realidad económica está comenzando a establecer los contornos de la estrategia de guerra arancelaria de Trump contra China, que, cuando todo está dicho y hecho, no tiene más opción que subsidiar al consumidor estadounidense a través de precios más bajos para sus bienes y para la compra a gran escala de bonos del Tesoro de EE.UU.

Asi, la cumbre de Biarritz terminó en la forma en que todas las anteriores han terminado: fijando nueva fecha y lugar para otra cumbre el próximo año. Pero en este caso ha brindado una oportunidad para que el nuevo premier Británico, Boris Johnson, conozca mejor a Trump, al tiempo que presionó a Merkel y Macron para que lo ayuden a sacar al Reino Unido del enredado entuerto del Brexit. Incluso si Trump exige que Rusia y China sean invitados a unirse al grupo en la próxima reunión, es poco probable que el evento recupere la relevancia que alguna vez pudo haber tenido.

Mientras tanto, sin noticias importantes, los periodistas han disfrutado de una de las mejores cocinas del mundo en los excelentes hoteles de la hermosa y turística ciudad. Y a diferencia de otros años, podrán informar de ello como un momento brillante en "la temporada tonta" europea.