
Durante 165 días, Jess Rowe y Miriam Payne cruzaron el océano Pacífico en un bote de remo, sin recibir asistencia externa, desde la costa de Perú hasta Australia. Esta travesía de 6.907 millas náuticas se convirtió en la primera expedición femenina en lograr tal hazaña.
A bordo de una embarcación de nueve metros, ambas enfrentaron averías técnicas, escasez de agua, cansancio extremo y un aislamiento casi absoluto. Desafiaron los límites físicos y mentales, y plasmaron el valor de la creatividad, la disciplina y la fortaleza en alta mar. Más allá del récord, la expedición tuvo impacto directo en el apoyo a jóvenes a través de la recaudación para la educación al aire libre, de acuerdo con lo reportado por The New York Times.
Un cruce inédito y los desafíos de lo imposible
La travesía de Rowe y Payne fue pionera por la distancia inédita y por su formato sin asistencia: menos personas han cruzado el Pacífico a remo que las que han caminado en el espacio, según informó The New York Times. Sin paradas ni respaldo externo, alternaron turnos de dos horas de remo y dos de descanso, completando jornadas de hasta quince horas diarias.
La aventura comenzó el 5 de mayo de 2023 en el puerto de Callao y culminó el 19 de octubre en Cairns. Ambas británicas, con experiencia previa en el Atlántico, planificaron y financiaron la expedición de forma autónoma. La recaudación superó las GBP 100.000 (aprox. USD 125.000), destinadas a The Outward Bound Trust, organización que promueve la educación al aire libre para jóvenes.
Superar lo inesperado: averías, recursos críticos y soluciones ingeniosas

La primera gran dificultad apareció a solo una semana del inicio, cuando el timón del bote falló a unas 350 millas náuticas de la costa peruana. Intentaron repararlo, pero el repuesto también se averió por un defecto de fábrica. Frente al riesgo de abandonar, Alec Hughes —amigo de las remeras y navegante solitario— cambió su ruta y remolcó el bote durante siete días hasta regresar al punto de partida. “Si Alec no hubiera navegado una semana fuera de su camino y remolcado nuestro bote durante siete u ocho días hasta donde empezamos, habríamos tenido que abandonar la embarcación”, explicó Rowe, citada por The New York Times.
A esto se sumó el fallo del sistema de filtrado de agua potable, que resolvieron improvisando con ropa interior como filtro. La pérdida de energía eléctrica dejó al bote sin luces de navegación ni radio, incrementando la vulnerabilidad en alta mar. Además, el calendario era implacable: el avance debía completarse antes de la temporada de ciclones, y la falta de sueño era constante.
El mantenimiento de la embarcación resultó tan demandante como la navegación. Cada una necesitaba hasta 5.000 calorías diarias, pero apenas lograron consumir 3.500 en la mayoría de las jornadas. El menú se basó en alimentos deshidratados y snacks de alto valor calórico, que Rowe agotó por completo un mes antes de llegar a Australia. Para limpiar el casco y evitar el desgaste, se sumergieron en aguas de hasta cinco kilómetros de profundidad, rodeadas de una fauna tan asombrosa como inquietante.
Preparación física y mental: el verdadero umbral a cruzar
La preparación fue integral y rigurosa. Durante dos años, Rowe y Payne trabajaron a tiempo completo mientras entrenaban seis días a la semana en gimnasio, máquinas de remo y en mar abierto, adaptando el bote para una travesía oceánica. “La gente piensa que hay que ser remera oceánica para hacer una travesía así, pero en realidad se aprende en el camino”, subrayó Rowe. Payne puso el foco en el aspecto mental: “No tuvimos lesiones importantes, solo molestias menores. El verdadero reto es mental”.

El aislamiento al que se enfrentaron marcó profundamente la experiencia. Pasaron meses casi sin contacto con el exterior, mientras sus familias solo pudieron seguir el trayecto a distancia. El ingreso a rutas de navegación cercanas a Australia, sin radares ni comunicación por radio, las obligó a advertir su presencia a barcos cercanos, con la incertidumbre como atmósfera constante. El alivio de sus familias llegó únicamente con la confirmación de su llegada a Cairns.
Encuentros en el océano y nuevas metas en el horizonte
Rowe y Payne experimentaron momentos únicos junto a la fauna y los paisajes oceánicos: avistaron tiburones, observaron un cachalote a metros del bote y disfrutaron la Vía Láctea, lluvias de meteoros y bioluminiscencia en el mar abierto. Payne reconoció que pensó que el avistamiento del cachalote era una alucinación por el cansancio acumulado, aunque el asombro fue compartido por ambas.
La travesía también tuvo impacto social, al recaudar fondos para The Outward Bound Trust, lo que potenciará programas educativos para jóvenes. Ya en tierra, Rowe y Payne se adaptan a la vida cotidiana, reciben el interés de los medios y piensan en futuros desafíos, como una posible expedición a remo en el océano Índico, según informó The New York Times.
En el interior de la cabina del Velocity, Payne dejó escrita una frase que resume el espíritu de su gesta: la actitud puede transformar cualquier reto en una experiencia valiosa. Su aventura queda grabada en la historia marítima y se transforma en inspiración para quienes buscan superar los propios límites.
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