La ciudad de Ternópil, capital de la provincia homónima y centro neurálgico del occidente ucraniano, intentaba reconstruir su cotidianidad mientras rescatistas y voluntarios se desplazaban entre las ruinas para encontrar a 22 desaparecidos. El golpe, el más severo desde el inicio de la guerra en la región, llegó en plena madrugada del miércoles, cuando drones y misiles rusos transformaron en escombros un edificio residencial y el futuro de cientos de familias.
Durante toda la noche y el día siguiente, la tarea de búsqueda y rescate no se ha detenido. Son más de 230 socorristas de nueve regiones distintas quienes, desafiando la fatiga y el polvo, trabajan manualmente en zonas donde la maquinaria pesada resulta inútil. Volodímir Zelensky, presidente ucraniano, confirmó en X que el saldo oficial asciende a 26 muertos, incluyendo a tres niños, y expresó su gratitud con quienes “han estado trabajando sobre el terreno durante casi 24 horas seguidas”. Sus palabras no alcanzan a aliviar el dolor de los familiares y seres queridos de las víctimas, pero sí han insuflado ánimo en los equipos que, a pesar de la amenaza constante, continúan cavando.
La imagen de la tragedia queda grabada en escenas captadas la mañana del jueves por equipos de emergencia y cámaras de medios internacionales: personal de emergencias rebusca en los restos del edificio colapsado, facciones tensas bajo los cascos. Grandes excavadoras se abren paso removiendo cascotes que llenan camiones, mientras a pocos metros se levantan carpas de emergencia y un refugio temporal donde los habitantes buscan las primeras atenciones y calor humano. Un cartel, improvisado y desafiante entre el caos, proclama “Punto de Invencibilidad”. Quienes salen y entran del refugio cargan mantas, bolsas y la desolación de haberlo perdido todo. Una mujer llora, sentada junto a lo poco que logró rescatar, mientras el sonido ahogado de la maquinaria se mezcla con las voces de quienes se aferran a la esperanza.
Ternópil no solo se alza como centro administrativo, educativo y cultural para el oeste ucraniano; también es un crisol de vida estudiantil gracias a sus universidades y en especial a su prestigiosa escuela médica. Antes del ataque, sus calles albergaban a más de 225.000 habitantes, entre los que florecía la vida intelectual y comercial de la región.
El ataque no fue un hecho aislado. Según datos de la Fuerza Aérea ucraniana, Rusia lanzó 476 drones y 48 misiles entre la noche del martes y la madrugada del miércoles, impactando infraestructuras en una decena de regiones, entre ellas Kharkiv, donde sufrieron daños instalaciones energéticas y de transporte. Las defensas antiaéreas lograron interceptar la mayoría de los drones y misiles, pero el daño en zonas urbanas ha sido irreversible. Las consecuencias son palpables: cortes de electricidad, restricciones en el suministro, escuelas y hospitales dañados, así como miles de afectados que inician a diario una lucha por la supervivencia.
Moscú negó haber atacado deliberadamente objetivos civiles y notificó que sus bombardeos respondieron a supuestas ofensivas ucranianas con misiles ATACMS en la ciudad rusa de Vorónezh. Por su parte, las autoridades de Ucrania insisten en que la presión internacional sobre el Kremlin no es suficiente y solicitan mayor apoyo para proteger a la población y sus infraestructuras vitales, especialmente ante la llegada del invierno.
Pese al temor y la sensación de vulnerabilidad que recorre cada rincón de Ternópil, la imagen de los equipos de rescate, el persistente ir y venir de voluntarios y la fortaleza de los damnificados en los puntos de ayuda siguen mostrando la entereza de una ciudad que se niega a doblegarse. La búsqueda entre los escombros se prolonga con la esperanza de hallar señales de vida, mientras la comunidad se congrega alrededor de sus símbolos y entierra a quienes no sobrevivieron a una noche que ya es imborrable en su memoria colectiva.
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