(Enviado especial) Una carretera en pésimo estado y con controles militares constantes, une Kiev con Irpin. Es una viaje de noventa minutos al horror y la tragedia que dejó la ofensiva rusa en las cercanías de la capital de Ucrania. En Irpin todavía se siente el olor a la muerte y su cementerio es la prueba de una sociedad que resistió un plan de aniquilamiento diseñado en el Kremlin.
Cuando la guerra estalló hacia fines de febrero, el puente de la ciudad estaba repleto de autos, camionetas y colectivos. Al comando militar ruso poco le importó la circunstancia cotidiana, y disparó sus misiles de precisión milimétrica. No quedó un sólo vehículo indemne: todos fueron devorados por el fuego.
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Frente a la defensa constante de las brigadas ucranianas, las tropas rusas decidieron retroceder y ejecutar su propio genocidio en el siglo XXI. Los cadáveres fueron encontrados en todas las calles de la ciudad, y los autos incendiados hoy aparecen como una muestra más de vandalismo causado por las acciones de Moscú en Irpin.

Detrás de los hierros retorcidos que las autoridades civiles dejaron a la vista de sobrevivientes y periodistas, se encuentra el cementerio de Irpin. Hay un sector antiguo que repite la lógica universal: son muertos que tuvieron una vida, que pasaron muchos años junto a sus padres, hijos y amigos, y que un día -por la naturaleza o por Dios- su corazón dejó de latir.
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Y hay otro sector del cementerio, oculto desde la calle, que pone rostro, nombre y edad a los que cayeron frente al enemigo. Son jóvenes con miradas inocentes, ancianos que esperaban otro final, mujeres que no irán a las bodas de sus hijas y combatientes que murieron en su ley.


Las fotos sobre las cruces son de familia, las flores -una tradición- de plástico, y el escenario final es arena, casi polvo. Allí yacen más de 300 civiles asesinados por las tropas rusas, y el viento les hace justicia: agita ocho banderas de Ucrania que saludan -de día y de noche- a las víctimas innecesarias de una ambición geopolítica sin sentido.
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A pocas cuadras del cementerio, se lucha por la vida. Hay un hospital que abierto de par en par que ayer festejo un hecho inédito e inesperado. Un ciudadano local donó los vidrios de todas sus ventanas, que había estallado en pleno conflicto bélico. El hospital aún no recuperó su ritmo habitual, pero al menos superó las vicisitudes de otros momentos.
“Llegamos a operar con linternas, con luces de celular. No teníamos sangre para las transfusiones. Pero ahora la vida se está regularizando. No podemos atender a todos los vecinos, ya lo vamos a regularizar”, comentó Giorgo Serdechniy, jefe médico adjunto del hospital central de Irpin.
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-¿Hay muchos heridos por la guerra?-, preguntó Infobae.
-Ahora, no. Antes sí. Estamos atentos, la guerra continúa.

Esa frase -”la guerra continúa”- es una constante en Irpin. Hay tropas en todas las calles importantes, pasan tanques y tanquetas, y en los cruces claves se exige la documentación. Las tropas de Ucrania -aun sabiendo que el enemigo está operando a más de 700 kilómetros- no baja la guardia y se prepara para lo peor.
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Mientras tanto, la ciudad intenta recuperar su ritmo cotidiano. Los gatos que engordan bajo el sol, volvieron a tener su comida. La plaza del pueblo -lentamente- comienza a poblarse con niños que no se olvidaron de jugar, y el escudo de Irpin ya brilla como en su mejor época.

Sin embargo, la tragedia continúa. Se observa en los edificios explotados, en el puente destruido y en la mirada opaca de los ciudadanos de Irpin. Lloran cuando recuerdan a sus muertos, y sonríen desconfiados cuando se le pregunta si hay futuro.
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Saben que los rusos aún no se fueron de Ucrania.
Fotos: Franco Fafasuli
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