
Bashar Al-Assad es alguien que no duda: cuando debió bombardear blancos que consideraba enemigos utilizó la artillería más dañina que tenía a su alcance, la química. Fue, por lo menos, en 38 ocasiones. Dos de ellas significativas que despertaron la indignación internacional. La primera el 1 de agosto de 2016; la segunda, el 24 de noviembre de 2018. En ambas oportunidades habría utilizado ese tipo de armas y bajo el pretexto de acabar con focos insurgentes aniquiló a civiles en Idlib. Pero el dictador no está solo. Cuenta con dos socios principales que lograron sostenerlo en Damasco pese a las atrocidades. Ellos son Rusia e Irán, estados que ahora controlan gran parte de los destinos de la nación.
Uno de los últimos ataques contra su propia población ocurrió también en Idlib, el 20 de marzo último. ¿Su blanco? Un hospital. Lo hizo con fuego proporcionado por Teherán. Murieron civiles y hubo decenas de heridos. La zona estaba bajo el supuesto manto de protección de “desescalamiento”. No debía ser atacada. Pero a Al-Assad no le importó. Sabe que cuenta con el poder de fuego del Kremlin, de Irán y del grupo Hezbollah libanés.
Y en las últimas horas, Al-Assad logró un nuevo apoyo: la Argentina se sumó a las naciones que dan respaldo al dictador. Lo hizo por medio de su flamante embajador, Sebastián Zavalla, quien se presentó ante él en el Palacio del Pueblo con sus cartas credenciales.
Diez años de atrocidades
Un informe reciente de Amnistía Internacional fue contundente: “Entre enero y marzo, el gobierno sirio, con el respaldo de Rusia, sometió a la población civil a ataques ilegítimos dirigidos contra zonas habitadas e infraestructuras civiles, incluidas instalaciones médicas y escuelas”. En apenas cuatro meses, entre diciembre de 2019 y marzo de 2020, más de un millón de personas fueron desplazadas y debieron buscar refugio lejos de sus hogares, destruidos.
El 10 de marzo pasado, al cumplirse diez años del conflicto armado, el Secretario General de las Naciones Unidas, António Guterres remarcó: “Su población ha padecido algunos de los peores crímenes que el mundo ha visto en este siglo. La escala de las atrocidades sacude la conciencia”. Para la ONU, el 60% de los sirios podría padecer hambre este año, lo cual agravaría aún más la ya delicadísima situación humanitaria. Ese dato se basa en que el 90 por ciento de los sirios vive bajo el límite de la pobreza. “La escala de las atrocidades sacude la conciencia”, agregó el diplomático.
En esa interminable década -donde niños no vivieron ni un solo día de paz- murieron 387.118 personas, según datos del Observatorio Sirio para los Derechos Humanos (SOHR, por sus siglas en inglés). De ese total, 116.911 eran vidas civiles. Esa ONG con sede en Londres, también ofrece datos alarmantes: hay 205.300 personas reportadas como desaparecidas de las que nada se sabe y que también estarían muertas, lo que elevaría la primera de las cifras a más de medio millón de víctimas fatales. La inmensa mayoría de esos decesos es responsabilidad del gobierno conducido por Al-Assad.
Más de la mitad de los sirios huyó. Como consecuencia de la guerra diaria y vecinal más de 12 millones de personas se vieron obligadas a abandonar sus viviendas, en lo que significó el mayor movimiento migratorio en décadas. El total de la población es de 22 millones de habitantes. Y casi la mitad de los que corrieron de sus casas se fueron del país, causando una crisis de desplazamiento en naciones vecinas.
El mundo civilizado mantiene un ojo sobre los delitos contra la humanidad que allí se cometen. Sobre todo los que tienen como responsables a Al-Assad. Alemania y Países Bajos son de los más activos para condenar las graves violaciones a los derechos humanos, entre las que se encuentran torturas, ejecuciones extrajudiciales y ataques contra la población civil, entre otras aberraciones. Estados Unidos, por caso, rompió relaciones en 2012 bajo la presidencia de Barack Obama tras conocerse las atrocidades que cometía Damasco contra su propia población.
Como contrapartida, Moscú se puso rápidamente del lado del régimen. El 30 de septiembre de 2015, el Kremlin anunció su despliegue militar en Siria. Vladimir Putin alegó que el objetivo era combatir al grupo terroristas Estado Islámico (ISIS, por sus siglas en inglés). Sin embargo, tras años de presencia se mantiene aún hasta la fecha. En un principio, el apoyo sólo sería a través de la Fuerza Aérea. Pero luego Rusia envió militares que actúan como policía militar. Asimismo, también hay informes sobre unidades paramilitares privadas. Específicamente las que responden al Grupo Wagner. Mercenarios.

En la región, Siria tiene algunos aliados de la mano de Rusia e Irán. El principal es Nicolás Maduro, quien se ve reflejado en la nación de Medio Oriente no sólo por la influencia rusa en sus políticas internas, sino además por las sanciones que pesan sobre sus administraciones de parte de Washington. Pero además de Venezuela, Argentina parece interesado en sumarse como incipiente socio. En horas del domingo el recién arribado embajador Sebastián Zavalla mantuvo conversaciones muy cordiales con el dictador.
Junto a ellos estaba el ministro de Relaciones Exteriores y Expatriados de la República Árabe Siria, Faisal Mikdad, con quien ya había estado en marzo pasado cuando le presentó sus cartas credenciales. Mikdad, en su papel de canciller, es el encargado de justificar las atrocidades de su jefe ante el mundo.
Zavalla mantuvo la reunión en el Palacio del Pueblo de Damasco, donde se resaltaron los lazos históricos entre ambas naciones y prometieron trabajar en conjunto. El argentino, sobre todo, le prometió el apoyo de Buenos Aires frente a la “guerra terrorista” que protagoniza Al-Assad y contra las sanciones impuestas por los Estados Unidos. La designación del delegado diplomático había sido confirmada el pasado 28 de noviembre con las firmas del presidente Alberto Fernández, su jefe de Gabinete, Santiago Cafiero y el canciller Felipe Solá.
El régimen sirio tiene otro aliado en la región.
Twitter: @TotiPI
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