
La llegada del fenómeno de El Niño amenaza con empujar a la Amazonía hacia un deterioro difícil de revertir. La mayor selva tropical del planeta afronta este nuevo episodio después de una sequía reciente que secó grandes extensiones de bosque, llevó a ríos clave a mínimos históricos y agravó la peor temporada de incendios en más de dos décadas.
Según Nature, la magnitud del riesgo se mide también en la recuperación pendiente. Un análisis de 33 años de datos satelitales de radar halló que, durante las sequías de 2023-24, dos indicadores de salud forestal —la humedad retenida por el bosque y la cantidad de materia vegetal viva— cayeron a sus niveles más bajos desde el inicio de los registros en 1992.
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Ese mismo trabajo estima que menos de la mitad del bosque afectado habrá vuelto a sus condiciones previas a la sequía en un plazo de siete años. Para los investigadores, ese ritmo convierte al episodio reciente en la recuperación más lenta observada por satélite tras una gran sequía en la cuenca.
El bosque llega debilitado a una nueva prueba climática
Los episodios de El Niño, que aparecen aproximadamente cada dos a siete años, alteran los patrones climáticos en todo el mundo. En la cuenca amazónica suelen traducirse en sequías graves, y el evento más reciente, formado en junio de 2023 y disipado en junio de 2024, dejó un bosque más vulnerable al siguiente choque.
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Bernardo Flores, especialista en resiliencia amazónica del Instituto Juruá en Manaos, advirtió al medio que si el próximo fenómeno alcanza la intensidad prevista podría desatar incendios forestales de gran magnitud en áreas que antes parecían fuera de riesgo. “Veremos cuánta vegetación podría perder”.
La preocupación central es que una sucesión de sequías intensas, combinada con el calentamiento global y los incendios, acerque al sistema a su punto de inflexión. Ese umbral describe el momento en que una cadena de sequía, muerte de árboles e incendios empieza a expandirse por la cuenca de forma irreversible.
Si eso ocurriera, la selva daría paso durante décadas a sabanas y bosques degradados. El cambio liberaría una cantidad de carbono equivalente a varios años de emisiones globales y reduciría de manera drástica las lluvias en Sudamérica y otras regiones.
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Según un estudio dirigido por Nico Wunderling, modelador del sistema terrestre de la Universidad Goethe de Frankfurt, la distancia hasta ese umbral podría ser menor de lo que indicaban cálculos anteriores. El trabajo modeló el movimiento de la humedad en la atmósfera y evaluó cómo interactúan el calentamiento y la deforestación en un bosque que produce buena parte de su propia lluvia.
Sin deforestación, el modelo indica que la Amazonía se mantendría relativamente estable con un calentamiento global de entre 3,7 y 4 °C por encima de los niveles preindustriales. Pero si la pérdida de selva llega a entre el 22 y el 28 %, un calentamiento de solo 1,5 a 1,9 °C podría bastar para iniciar un colapso que convertiría hasta el 80 % del bosque en ecosistemas degradados de sabana y bosque.
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Wunderling sostuvo que el mundo se acerca con rapidez al calentamiento de 1,5 °C y que la Amazonía ya registra una deforestación del 17 %, según la forma de medirla. “No estamos muy lejos”.
Flores cree que el margen real podría ser incluso menor porque ese estudio no incorpora por completo otra presión decisiva: los incendios forestales. Explicó que, una vez que una zona de selva se quema, puede permanecer inflamable durante décadas, y que cada nuevo episodio intenso de El Niño amplía la superficie expuesta.
“Puede que ya hayamos cruzado el punto de inflexión”, dijo. “No lo sabemos. Pero lo cierto es que, si ya lo hemos cruzado, o si podríamos cruzarlo muy pronto, esto es muy preocupante”, añadió.
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El debate científico
La ubicación exacta del punto de inflexión amazónico sigue siendo una de las cuestiones más discutidas entre quienes estudian la región. Otra dificultad es que el cruce de ese umbral podría no resultar evidente hasta que ya sea demasiado tarde.
Dolors Armenteras, ecóloga especializada en incendios de la Universidad Nacional de Colombia, consideró razonable que algunas zonas de la Amazonía ya hayan superado puntos de inflexión locales, aunque no toda la cuenca. Carlos Nobre, científico del sistema terrestre de la Universidad de São Paulo, coincidió en esa diferenciación y situó a la Amazonía meridional cerca del umbral, pero no a la septentrional ni a la noroccidental.
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Luciana Gatti, científica atmosférica del Instituto Nacional de Investigaciones Espaciales de Brasil, aporta otra señal de deterioro desde sus mediciones aéreas de más de dos décadas sobre el balance de carbono del bosque. Su investigación muestra que el sureste amazónico dejó de actuar como sumidero y ya emite más carbono del que puede almacenar.
Gatti añadió, citada por Nature, que los incendios del fenómeno de El Niño de 2023-2024 produjeron las mayores emisiones en la Amazonía desde 2010. La posibilidad de un episodio más intenso tan poco tiempo después, dijo, la deja “realmente preocupada por las consecuencias”.

Santiago Botía, científico atmosférico del Instituto Max Planck de Biogeoquímica, resumió ese riesgo en una frase: tener otra gran temporada de incendios tan pronto “podría ser devastador para la Amazonia”. Wunderling compartió la inquietud, aunque matizó que un solo año, incluso con un El Niño muy intenso, probablemente no bastaría por sí solo para cruzar el umbral de toda la cuenca.
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Su advertencia apunta al proceso acumulativo. “Veremos fenómenos más extremos, por ejemplo, debido a El Niño. Se volverán más severos. Y entonces, el tiempo de recuperación de los árboles simplemente no será suficiente”.
Los incendios y el Atlántico pueden definir la gravedad del episodio
Los investigadores subrayan que aún persiste una amplia incertidumbre sobre la intensidad final del nuevo El Niño. Botía señaló que no solo importa el Pacífico: en 2023-2024, las temperaturas inusualmente altas en el Atlántico Norte tropical agravaron la sequía, y sin ese efecto acumulativo el fenómeno podría ser menos intenso de lo que hoy se teme.
Mientras el episodio se desarrolla, la atención se concentrará en la lluvia, la duración de la estación seca y la extensión de los incendios. En el sur de la Amazonía, el pico del fuego suele darse en agosto y septiembre; más al norte, alrededor de marzo.
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El antecedente inmediato es severo. En 2024, unas 3,56 millones de hectáreas de selva amazónica ardieron, una superficie similar a la de Taiwán, y Nobre afirmó que el 95% de esos incendios fueron provocados por el ser humano.
Hay, al mismo tiempo, algunas señales favorables. De acuerdo con el Instituto Nacional de Investigaciones Espaciales, la deforestación en la Amazonía brasileña fue cerca de un 11 % menor entre julio de 2024 y julio de 2025 que en los 12 meses previos, y la superficie afectada por incendios también cayó de forma sustancial.
Esos datos sostienen una esperanza cautelosa para Flores. “Espero que el gobierno brasileño y los gobiernos de los países amazónicos tomen las medidas necesarias para evitar incendios forestales, porque podría haber incendios de gran magnitud durante el próximo fenómeno de El Niño”, afirmó. “El próximo fenómeno de El Niño va a ser una verdadera prueba.”
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