En un laboratorio de la University of Sussex, en el sur de Inglaterra, un grupo de ecología empezó a analizar algo revelador: muestras de microplásticos en heces de erizo europeo. En lugar de encontrar solo restos de insectos y materia vegetal, aparecieron fibras y fragmentos de plástico.
La responsable del trabajo, Emily Thrift, doctoranda y docente de ecología en esa universidad, lo resume así en una columna en The Conversation: “Encontramos plástico en el 19% de las muestras de heces de erizo”.
El dato no solo sorprendió por la magnitud, sino por el protagonista: un mamífero silvestre muy común en jardines y parques del Reino Unido. A partir de ahí, la pregunta científica fue directa: ¿por qué un animal que se alimenta principalmente de invertebrados del suelo está eliminando microplásticos? La primera hipótesis llevó a revisar el entorno natural: suelos, lombrices, caracoles, babosas y otros invertebrados que podían estar incorporando partículas plásticas presentes en el ambiente.
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Sin embargo, el equipo de Thrift identificó pronto otra posible vía de exposición. Muchos erizos, además de fauna silvestre y mascotas, consumen alimento comercial que se ofrece en jardines y centros de rehabilitación, sobre todo durante el otoño y el invierno.
Latas y bolsas de comida para gatos y perros, junto con productos específicos para “erizos silvestres”, empezaron a aparecer como una posible vía para explicar cómo esos microplásticos llegaban al organismo de los animales.
Microplásticos en la comida para mascotas

Para evaluar esa posibilidad, Thrift y sus colegas analizaron 38 productos comerciales de alimentos para perros, gatos y erizos, de distintas marcas, rangos de precio y tipos (húmedos y secos). El estudio se publicó en la revista Environmental Toxicology and Chemistry, donde se detalla que se tomaron seis porciones de un gramo de cada producto, con un total de 228 muestras.
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Los resultados muestran que la presencia de plástico está lejos de ser excepcional. Según explica Thrift en The Conversation, se detectaron microplásticos en 29 de los 38 productos analizados. El artículo en Environmental Toxicology and Chemistry precisa que aproximadamente el 28% de las muestras contenía plástico y que el 76% de los productos tenía al menos una porción positiva. Los alimentos de las gamas más económicas fueron los que presentaron una mayor proporción de casos de contaminación.
La concentración por gramo resultó superior en el alimento seco, pero la investigación subraya un aspecto: para cubrir sus necesidades energéticas, perros y gatos suelen consumir porciones más grandes de comida húmeda. Por ese motivo, el equipo concluye que la comida húmeda puede conducir a una ingesta diaria de microplásticos aún más elevada.
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A partir de esos datos, se estimó que un perro grande de unos 35 kilos alimentado con comida húmeda podría llegar a ingerir del orden de 300 partículas de microplástico por día. En el caso de los erizos que consumen alimento para mascotas en jardines o centros de rehabilitación, las cantidades son menores, pero la exposición puede ser constante.

Thrift señala que, al comparar con trabajos sobre alimentos humanos, los niveles encontrados en comida para mascotas resultaron más altos que los registrados en alimentos para personas. Entre las posibles explicaciones aparece la calidad y el origen de las materias primas: los productos que incluyen subproductos animales se asociaron con una mayor probabilidad de contener microplásticos.
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Un nuevo camino del plástico en los ecosistemas
El hallazgo de plásticos en heces de erizos y en comida para mascotas se suma a otras investigaciones del mismo equipo. En un estudio previo, también publicado en Environmental Toxicology and Chemistry, Thrift y colaboradores mostraron que numerosos invertebrados del suelo, presas habituales de aves y mamíferos terrestres, contienen microplásticos. Esa contaminación en niveles bajos de la cadena alimentaria facilita que las partículas puedan ir ascendiendo hacia depredadores y omnívoros, como los erizos.
De este modo, la comida comercial y las presas naturales terminan actuando como dos vías paralelas que introducen microplásticos en mamíferos terrestres. Las heces de erizo, donde el grupo de Thrift detectó plástico en casi una quinta parte de las muestras, son una evidencia directa de cómo esas partículas atraviesan el organismo y regresan al suelo, cerrando un circuito de contaminación en ecosistemas terrestres.
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Qué se sabe sobre los efectos en la salud
El estudio sobre comida para mascotas no evaluó directamente daños en la salud de perros, gatos o erizos. No obstante, Thrift remite a un conjunto creciente de evidencias experimentales para dimensionar el problema.
En modelos de laboratorio con mamíferos, como ratones, se observó que microplásticos de ciertos tamaños pueden acumularse en órganos como el hígado, los riñones y el intestino y alterar indicadores biológicos relacionados con el metabolismo y el estrés oxidativo.
Un trabajo de referencia, publicado en la revista Scientific Reports, también describió cambios en biomarcadores asociados a posibles efectos neurotóxicos tras la exposición a microplásticos de poliestireno.
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Por ahora, gran parte de estas evidencias proviene de condiciones controladas, con dosis y tiempos de exposición definidos. Thrift insiste en que todavía hay poca información sobre el impacto real en fauna silvestre y mascotas que habitan entornos contaminados de manera crónica, pero menos uniforme.
Aun así, la combinación de datos —microplásticos en presas, en alimentos industriales y en las heces de mamíferos— indica que estos materiales ya forman parte de las redes tróficas terrestres.
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