
En la mañana del 22 de septiembre de 1887, Elizabeth Jane Cochran, conocida como Nellie Bly, se observó frente al espejo y ensayó la expresión ausente que había practicado en secreto. Tenía por delante el desafío más arriesgado de su joven carrera: infiltrarse en el asilo femenino de Blackwell’s Island, en Nueva York, haciéndose pasar por paciente con el objetivo de develar los abusos y el trato inhumano que, según rumores, padecían las mujeres internadas allí.
Su método rompía todos los moldes del periodismo de la época: Bly se propuso entrar en el manicomio sin padecer enfermedad mental alguna, exponiéndose a todos los riesgos que ello implicaba.
La historia de Nellie Bly comenzó mucho antes de esa hazaña. Nacida en 1864 en Pensilvania, formó parte de una familia numerosa con diez hermanos y un padre adinerado que falleció cuando ella era niña. La fortuna familiar se desvaneció rápidamente, y Elizabeth debió forjar su camino en un contexto adverso. De pequeña la llamaban “Pinky” por su color favorito, pero al crecer buscó distanciarse de los estereotipos femeninos y adoptó el apellido Cochrane.
Su vocación periodística surgió tras responder con el seudónimo “Huérfana solitaria” a una columna sexista titulada “Para qué sirven las mujeres” en el Pittsburgh Dispatch. El editor George Madden quedó tan impresionado por su pluma que le ofreció un puesto y le creó la identidad profesional de Nellie Bly.

Sin conformarse con los temas de moda o sociedad que solían asignarse a las mujeres, Bly viajó a México, donde cubrió las revueltas durante el régimen de Porfirio Díaz y publicó el libro Seis Meses en México. De regreso en Estados Unidos, se trasladó a Nueva York y se presentó en la redacción del New York World de Joseph Pulitzer, donde pronto le encargarían la misión de Blackwell’s Island.
Para llevarla a cabo, Bly diseñó un personaje: Nellie Brown, una joven pobre y confundida que se hospedó en el Hogar Temporal para Mujeres del Lower East Side. Fingió comportamientos erráticos, se privó del sueño y aseguró no recordar su identidad. La matrona alertó a la policía, y tras ser examinada en el hospital Bellevue, los médicos decidieron internarla en el asilo.

De acuerdo con BBC History Magazine, dentro de Blackwell’s Island, Bly abandonó todo simulacro de locura y se comportó con normalidad, pero cualquier muestra de cordura era interpretada como síntoma de demencia. En ese entorno, la periodista quedó completamente a merced del personal, dependiendo de que su periódico gestionara su liberación en un plazo máximo de diez días.
La realidad era brutal: internas sometidas a baños de agua helada y sucia, noches en camisones mojados, comida incomible y un ambiente de violencia y abandono. Bly sufrió maltrato físico y psicológico, y observó el desamparo absoluto: una vez etiquetada como “loca”, ninguna protesta podía modificar el destino impuesto.

Su investigación, prevista para una semana, se extendió a diez días. Pulitzer debió intervenir personalmente para lograr su liberación, revelando la verdadera identidad de Bly y sacándola de ese infierno. El impacto de los artículos publicados bajo el título “Diez días en un manicomio” fue inmediato.
La sociedad neoyorquina se enfrentó, por primera vez, a testimonios irrefutables sobre los abusos en una institución supuestamente benéfica. El Ayuntamiento de Nueva York destinó un millón de dólares adicionales a la atención psiquiátrica, y se implementaron reformas urgentes: mejoras en Blackwell’s Island, presencia obligatoria de médicas y asistentes cualificados, y despidos de empleados responsables de malos tratos.
El éxito de Bly la convirtió en celebridad nacional y pionera del periodismo encubierto. Su vida estuvo marcada por la audacia y la búsqueda de nuevos desafíos: en 1889 propuso dar la vuelta al mundo en menos de 80 días, inspirada por la novela de Julio Verne.
Venció el escepticismo de los editores, emprendió el viaje con un solo bolso de mano y, tras recorrer 24.889 millas en barco y tren, regresó a Nueva York en solo 72 días, batiendo el récord mundial y conquistando la atención de la prensa internacional.

En 1895, Bly se casó con el empresario Robert Seaman y se retiró temporalmente del periodismo para dirigir sus empresas, donde implementó importantes reformas laborales.
La quiebra empresarial la devolvió al periodismo, cubriendo la convención a favor del voto femenino y más tarde la Primera Guerra Mundial como corresponsal, convirtiéndose en una de las primeras mujeres en informar desde el frente.
Nellie Bly, o Elizabeth “Pinky” Cochrane, murió en 1922 a los 57 años de neumonía, pero su legado perdura: abrió caminos para las mujeres en el periodismo y demostró que la prensa puede ser un catalizador de reformas y defensa de los derechos humanos cuando se ejerce con valentía y rigor.
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