
El sheriff Will Kane limpió su pueblo de bandidos, se casó con la bella Amy Flower, renunció a su cargo, y está listo para empezar una nueva vida sin un revólver colgando de su cinturón…
Pero esa misma mañana, en la estación, tres pistoleros esperan el tren del mediodía en el que llegará su jefe, Frank Miller, recién salido de la prisión, para vengarse y matarlo: Kane es el hombre que lo apresó y lo metió entre rejas.
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La lucha se presenta desigual: cuatro contra uno.
Pero Kane supone que no estará solo en el instante límite. Que muchos de los hombres del pueblo –que le deben la paz– se armarán para defenderlo.
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Decepción. Traición. Nadie se atreve. Todos le dan la espalda. Y cuando llega el tren, a las doce en punto, y los cuatro forajidos se encaminan a buscarlo, Kane no solamente escribe una heroica historia: comprende la miseria humana que lo rodea. La hipocresía social. La cobardía individual. El asco ante esos sujetos que cierran sus puertas y ventanas… y se lavan las manos.
De las cien películas en las que actuó Gary Cooper entre su debut (1925) y su retiro (1961), High Noon (Mediodía), que entre nosotros se llamó A la hora señalada, fue y será siempre el gran emblema de su escudo de héroe.
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Porque pese a que una gran mayoría la leyó como una simple película de acción, un western más entre cientos, oculta una valiente defensa de la libertad frente a un negro período de Hollywood: la caza de brujas vigente durante una década –1947 a 1957– lanzada por el mediocre senador Joseph McCarthy contra un centenar de trabajadores de la industria cinematográfica –actores, guionistas, directores, productores– a los que imaginó como agentes del comunismo internacional y destructores de los níveos valores norteamericanos…

Desde luego, con apoyo de cierta prensa, y de canallescas delatoras como Hedda Hopper y Louella Parsons, periodistas del chimenterío farandulero.
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Fred Zinnemann, vienés, el director de High Noon y De aquí a la eternidad, entre otras joyas, era anticomunista, pero su decencia le impidió delatar a compañeros supuestamente "rojos", como tantos que sí vomitaron nombres ante la Comisión de Investigación de Actividades Antinorteamericanas… sólo para salvar su trabajo y sus muy bien nutridos bolsillos.
Por fortuna, ya que en todo caso McCarthy y su cacería y su espionaje eran un baldón para la democracia de su país, un boomerang que acabaría por enlodarlo y rodearlo de desprecio, High Noon no fue la única y sutil bandera de protesta: también Las brujas de Salem, de Arthur Miller, que llevó al teatro un episodio de histeria colectiva sucedido en 1692…
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Y ahora sí, hablemos de Gary Cooper…
Nacido como Frank James Cooper en Helena, Montana, e hijo de Charles Henry, emigrante inglés que llegó a ser juez de la Corte Suprema de ese estado, y de Alice, su mujer, llegó al mundo con el nuevo siglo: 7 de mayo de 1901.
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Montana, su paisaje, su pasado, y la habilidad de Gary para montar y disparar su rifle, fueron señales premonitorias: más allá de sus mil y un roles –desde tosco campesino hasta atildado caballero–, su fama y su inmortalidad en la pantalla las ganó con el género western: El virginiano, El hombre del Oeste, El forastero, Veracruz. Y de sus tres Oscars (el tercero, honorífico), dos son de gatillo certero: El sargento York (1941), vida y hazañas de Alvin York, un campesino objetor de conciencia que acaba matando y atrapando (a solas) a una íntegra patrulla alemana en la Primera Guerra Mundial, y High Noon…

Quiso ser técnico agrícola, caricaturista político, vendedor…, pero en 1925 probó suerte en Hollywood, y los dados salieron siete y once: puntos ganadores de entrada.
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Partiquino en algunos westerns de poca monta, debuta ese mismo año en La hora maldita, adopta el nombre "Gary" porque ya había un Frank, y míster Goldwyn y míster Mayer, de la poderosa Metro del rugido del león, lo contrata a buen precio: 50 dólares por semana.
Pero otra película, La flor del desierto, un gran éxito, lo lanza a la Paramount por 175 dólares cada siete días.
Huelga decir que, al cabo de su centenar de films, llegó a ser varias veces el actor mejor pago de Hollywood, y murió dueño de una gran fortuna…
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Alto (un metro 91), ojos azul claro, desgarbado, cierto aire de ausencia o lejanía, y caballero de modales refinados, hizo decir a la bellísima Ingrid Bergman después de filmar (y algo más…) con él Por quién doblan las campanas:
–Todas las mujeres que lo han conocido… ¡se han enamorado de él!
Y por cierto, no tenía el "sí" difícil. La lista de amantes conocidas es para llenar varias planillas: Clara Bow –en 1926, estrella absoluta–, Evelyn Brent, Sara Montiel, Lupe Vélez (¡se la birló al director Victor Fleming!), Patricia Neal –luego pareja de John Wayne–, Rita Hayworth, Marlene Dietrich, Grace Kelly…, y así ad infinitum.
Pero se casó –enamoradísimo y en 1933– con Veronica Balfe, dama de la alta sociedad de Nueva York. Se acompañaron desde ese año hasta el 13 de mayo de 1961, seis días después de que Gary cumpliera 60 años y un cáncer de próstata le decretara el fin. Según los médicos, su adicción al tabaco no fue ajena a ese último acto…

Casi no hubo director célebre, o al menos exitoso, que rechazara dirigirlo. De Lewis Milestone a Ernst Lubitsch. De Henry Hathaway a Frank Capra. De William Wyler a Robert Aldrich… Y –caso curioso– nunca hizo roles de villano. No daba el tipo. Hasta la comedia y el humor le cabían, pero no la maldad…
¿Fue un gran actor? Pregunta que les cabe a muchos héroes de la pantalla de plata: desde Humphrey Bogart hasta Clark Gable.
Respuesta difícil: eran, más que actores capaces de encarar a Shakespeare, "tipos" únicos. Personalidades fuertes. Y difícilmente reemplazables.
Protestante, en sus últimos años se convirtió al rito católico. Ardiente defensor de su mujer de toda la vida ("Nunca pude encontrar en ella algo malo"), mantuvo herméticos y bajo siete llaves sus amoríos. Sólo estuvo a punto de tirar todo por la borda y casarse con Patricia Neal, su pareja en el film El manantial…, pero ella prefirió hacer mutis por el foro.

Pocos amigos lloraron tanto su muerte como James Stewart y Bing Crosby.
Y nadie pudo rendirle mejor homenaje –al menos en el título– que la directora española Pilar Miró en su film de 1981… Gary Cooper que estás en los cielos.
Volvamos a High Noon. El héroe solitario y abandonado por todo el pueblo, ha vencido. Los cuatro pistoleros son cuatro cadáveres. Desde las casas antes cerradas, silenciosas y cobardes, todos salen a celebrar la victoria.
Will Kane los mira con desprecio, se quita la estrella de plata de su chaleco, y la tira a la calle.

Luego sube a su sulky con Amy (Grace Kelly), su mujer, y toma las riendas rumbo a una nueva vida.
En esa estrella que va cubriéndose de polvo está el senador Joseph McCarthy.
No se ve. Pero está.
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