
Un equipo internacional de científicos documenta la temperatura oceánica más baja jamás registrada en el planeta, estimando que los mares alcanzaron -15 °C durante el periodo conocido como “Tierra bola de nieve”, hace 700 millones de años.
Este hallazgo redefine la comprensión sobre los límites de la vida y las condiciones ambientales extremas que dominaron la Tierra primitiva. La revista Nature Communications, citada por National Geographic, publica que las rocas antiguas conservan rastros de un océano extremadamente frío y salino.
Los datos geoquímicos indican que, en ese periodo, los océanos presentaban una salinidad más de cuatro veces superior a la actual, lo que permitió que el agua permaneciera líquida por debajo del punto de congelación. Las temperaturas registradas son al menos 12 °C más frías que las de cualquier océano moderno, lo que supone un desafío a las teorías previas sobre la supervivencia de la vida en esas condiciones.
Rocas testigo y la huella del hierro en el fondo marino

El análisis de depósitos de hierro en rocas marinas revela un exceso de partículas pesadas, una anomalía que intriga a los geólogos desde hace décadas. El equipo liderado por Ross Mitchell, junto a Paul Hoffman de la Universidad de Victoria, concluye que la temperatura oceánica de -15 °C explica la formación de estas capas.
En tanto, investigaciones lideradas por Maxwell Lechte, de la Universidad de Melbourne, muestran que los depósitos de hierro surgieron cuando el agua de deshielo rica en oxígeno interactuó con el hierro disuelto en el océano. Las condiciones extremas de frío y salinidad favorecieron la formación de óxidos de hierro más pesados, distintos de los hallados en episodios geológicos anteriores.
El modelo propuesto descarta otras causas, como: erosión glacial o actividad hidrotermal, tras comparar los datos experimentales con simulaciones teóricas. Los expertos coinciden en que la combinación de temperaturas gélidas y salinidad extrema representa un ambiente sin precedentes, capaz de transformar la química del océano y dejar huellas únicas en el registro geológico.
Estrés ambiental y la resiliencia de la vida

El aumento de salinidad y frío intensificó el estrés ambiental sobre los microorganismos, fitoplancton, algas y esponjas que habitaban la Tierra durante la era criogénica. Los científicos exploran cómo la vida logró persistir en aguas tan hostiles. Las teorías incluyen la supervivencia en respiraderos hidrotermales, la adaptación a ambientes con muy poco oxígeno y luz, o la existencia en charcos de agua de deshielo sobre las plataformas de hielo, como ocurre hoy en la Antártida.
Fatima Husain, geoquímica del MIT, sostiene que estos entornos superficiales permitieron la diversificación biológica tras el Criogénico. El hallazgo de bacterias vivas en salmueras frías y saladas bajo el hielo del lago Vida refuerza la hipótesis de que la vida se refugió en nichos extremos. La persistencia de organismos en los márgenes del hielo, donde el agua de deshielo aportaba oxígeno, subraya la capacidad de adaptación de la biosfera primitiva ante condiciones límite.
Implicancias para la historia de la vida y la exploración planetaria
La reconstrucción de la temperatura y la salinidad oceánica de la “Tierra bola de nieve” redefine los límites conocidos de la habitabilidad. El estudio muestra que la vida no solo soportó el frío extremo, sino que prosperó al diversificarse una vez que el clima se suavizó. Estos resultados abren nuevas preguntas sobre la resiliencia de la vida ante catástrofes globales y ofrecen pistas relevantes para la búsqueda de organismos en ambientes extremos de otros planetas o lunas heladas.
La investigación, marca un hito en la comprensión del pasado terrestre. El Criogénico emerge como el escenario más inhóspito documentado, pero también como el origen de la tenacidad biológica que caracteriza al planeta.
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