
El hallazgo de vasos sanguíneos preservados en la costilla de “Scotty”, el Tyrannosaurus rex más grande identificado hasta la fecha, ofrece una perspectiva única sobre la recuperación de heridas en los dinosaurios y transforma lo que sabemos sobre la fosilización de tejidos blandos.
Investigadores de la Universidad de Regina, en Canadá, detectaron estas estructuras en un fósil descubierto en Saskatchewan, un avance que, según Smithsonian magazine, podría revolucionar la comprensión de la biología de estos animales.
Un descubrimiento guiado por la curiosidad y la tecnología
Todo comenzó en 2019, cuando Jerit Mitchell, por entonces estudiante en la Universidad de Regina, examinó una ecografía de una costilla de Scotty, donde identificó una estructura inusual.
Al consultar con sus mentores, surgió la hipótesis de que podían ser vasos sanguíneos fosilizados, lo que dio inicio a una investigación más profunda cuyos resultados fueron publicados en la revista Scientific Reports.

Para confirmar la naturaleza de la estructura, el equipo utilizó imágenes de rayos X de sincrotrón, una técnica que permite visualizar el interior de los fósiles sin dañarlos. Esta tecnología posibilitó crear un modelo tridimensional del hueso y los tejidos blandos internos. Los análisis químicos posteriores identificaron calcio en la matriz ósea y hierro y manganeso en los vasos sanguíneos preservados.
La huella de una pelea y el proceso de curación
El examen de la costilla reveló que Scotty sufrió una fractura, probablemente durante un combate con otro dinosaurio, y que el hueso no había terminado de sanar cuando el animal murió. Los investigadores indican que esta recuperación parcial permitió que los vasos sanguíneos quedaran atrapados y sean visibles millones de años después.
Como explicó Mauricio Barbi, físico de la Universidad de Regina y coautor del estudio: “Las estructuras vasculares preservadas, como las que encontramos en la costilla de Scotty, parecen estar vinculadas a zonas donde el hueso se estaba curando. Esto se debe a que, durante el proceso de curación, esas zonas experimentaron un mayor flujo sanguíneo”.

La conservación de tejidos blandos en restos fósiles es excepcional. Por lo general, solo se recuperan huesos y dientes; no obstante, en condiciones extraordinarias, pueden preservarse tejidos blandos, aportando información valiosa sobre la biología y el comportamiento de los dinosaurios.
Scotty, descubierto en 1991, ya era célebre por su tamaño y longevidad, así como por las numerosas cicatrices y marcas de mordida que evidencian enfrentamientos entre machos adultos.
Implicancias para la paleontología futura
El hallazgo desafía conceptos antiguos sobre la fosilización y sugiere a los paleontólogos la conveniencia de reexaminar fósiles con tecnologías modernas.
Para Jordan Mallon, paleontólogo del Museo Canadiense de la Naturaleza, es una invitación a repensar lo que aún pueden esconder los restos fósiles: “Durante siglos, se ha pensado que efectivamente no hay rastro de tejido biológico en un fósil, que no debería haberlo. Y, sin embargo, a medida que comenzamos a poner estas cosas bajo el microscopio y a mirarlas con nuevas técnicas, y a mirarlas con más profundidad, resulta que el proceso de fosilización no es tan sencillo, o tal vez no tan rápido, como pensábamos que sería”.

En adelante, los investigadores planean aplicar estas técnicas a otros fósiles de la Era Cretácica. Reuniendo suficientes muestras, aspiran a comparar los procesos de curación en dinosaurios con los de especies vivas, como aves o cocodrilos, lo que podría aportar nuevos datos sobre la evolución.
Además, la revisión de piezas antiguas con herramientas analíticas innovadoras podría dar acceso a información completamente inédita.
Para los expertos citados por Smithsonian magazine, este estudio abre el camino hacia nuevas oportunidades de análisis de tejidos blandos fosilizados. Así, se refuerza el potencial de descubrir aspectos desconocidos tanto de la fosilización como de la fisiología de las criaturas que poblaron la Tierra hace millones de años.
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