Noemí Jabois
Beirut, 26 may (EFE).- Han pasado seis meses desde el final de la guerra con Israel, pero Khalil todavía vive en una pequeña aula de un centro educativo abarrotada de las pertenencias que pudo rescatar de su casa en los suburbios sur de Beirut antes de que las bombas la dejaran completamente destruida el pasado año.
Según datos de la Organización Internacional para las Migraciones (OIM), unas 90.000 personas continúan desplazadas en el Líbano, la mayoría de diferentes puntos en la devastada región meridional del país y alrededor de 3.500 del extrarradio capitalino donde residía Khalil, también muy golpeado durante el conflicto.
Mientras algunos de los afectados consiguen cobijo en casas de familiares o viviendas de alquiler, otros como este hombre de 75 años y su hija Maryam no tienen más opción que seguir durmiendo en los albergues que no hace tanto acogieron a parte de los 1,2 millones de desplazados causados por la guerra.
"Mi hija ha estado buscando una casa durante los últimos dos meses, no estamos felices aquí, no estamos acostumbrados a esto. A lo largo de toda mi vida nunca necesité a nadie, tenía una casa en Khiam (sur) y otra aquí, ambas están destruidas", explica Khalil a EFE.
Cuenta que cada vez que se interesan por un piso les piden de 700 a 800 dólares, el precio estándar mínimo de un alquiler en la capital y uno que no tienen forma de pagar. Recientemente, afirma, se puso "muy enfermo" y su hija tuvo que poner "el poco dinero que tenía" para las facturas del hospital.
En el aula donde habitan, sus enseres dejan espacio para poco más que dos colchones en el suelo y una mesa en la que compartir un poco de pan y queso a la hora de la cena.
Maryam trabaja durante el día y el silencio que reina en la habitación solo se rompe con el canto esporádico de alguno de sus dos canarios, quienes Khalil asegura se quedaban completamente mudos "cuando las bombas solían explotar" en las inmediaciones de su casa a las afueras de Beirut.
Padre e hija se quedaron en el suburbio del Dahye hasta bien entrada la guerra, pese a que prácticamente el resto de sus habitantes habían huido ya.
No tienen otro sitio al que ir, ya que hasta la segunda residencia de Khalil ha quedado destruida en Khiam, un pueblo meridional cercano a la frontera con Israel fuertemente arrasado durante la ofensiva israelí que finalizó hace mañana medio año.
Su vivienda en el Dahye no está en mejores condiciones y el anciano sabe que tiene que ser demolida. "Nuestro edificio se partió por la mitad, mis balcones y paredes, si los empujas, se caerían al jardín", apunta, al destacar que "todo" está, hablando en plata, "destruido".
Casi 60.000 viviendas fueron dañadas durante el conflicto en el Líbano, el 29 % de ellas completamente, de acuerdo con un informe del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD).
En su día, el albergue de Khalil estuvo lleno hasta los topes y las seis familias que aún permanecen todas están en la misma situación: no pudieron regresar a casa como el resto con la entrada en vigor del cese de hostilidades, porque sus hogares en el extrarradio quedaron totalmente inhabitables.
El de Yasser (nombre ficticio) fue alcanzado hacia el final de la cruenta ofensiva aérea lanzada por Israel entre finales de septiembre y finales de noviembre de 2024, semanas después de que él huyera a un primer refugio cerca de la capital con poco más que sus documentos de identidad.
"Fui a ver la casa, pero está en el suelo. Estaba destruida y todavía está tal y como quedó", detalla en declaraciones a EFE.
A diferencia de la de Khalil y Maryam, el aula que ocupa este desplazado está prácticamente vacía de posesiones, limitadas a un par de zapatos junto al colchón y alguna pequeña bolsa en una esquina.
Según relata, hace rato que las organizaciones humanitarias no les distribuyen kits de higiene y, si bien el centro les proporciona dos comidas al día, todo el resto de necesidades se las tienen que cubrir ellos mismos.
"Nadie tiene nada, lo perdimos todo, hasta en cuanto a la ayuda no hay ni agua, pan, básicos de comida, leche, café o queso. Es muy duro, tratamos de apañarnos pidiendo dinero a la gente y endeudándonos para comer e hidratarnos", lamenta.
Ahora, asegura, planean echarles de aquí el 1 de junio sin ofrecerles una alternativa, un extremo que confirma a EFE un encargado del centro, alegando que la decisión fue tomada por el Ministerio de Educación para poder llevar a cabo exámenes oficiones en las instalaciones.
"No sé a dónde podría ir, aquí nadie tiene un lugar al que ir. Nos iremos a la calle, nos convertiremos en sintecho", concluye Yasser. EFE
(foto)(vídeo)
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