QUITO (AP) — Cerca de medio centenar de diablos desataron la algarabía y la euforia el miércoles en la población andina de Píllaro, luego de que durante el año pasado en Ecuador, al igual que en todo el mundo, hubo largos períodos de cuarentena y una dura crisis social y económica a causa de la pandemia de coronavirus.
Un total de 42 disfrazados, buena parte de ellos diablos con tétricas máscara, se congregaron en una estancia cerca de Píllaro, 100 kilómetros al sureste de la capital, donde hasta principios de 2020 se vivía una fiesta callejera multitudinaria de seis días con frenéticos bailes, abundante licor y comida.
Estefanía Morales, promotora de turismo de la población de Píllaro, dijo a The Associated Press que "la emergencia sanitaria nos ha golpeado bastante, pero el municipio no ha querido dejar de realizar la Diablada Pillareña porque es una tradición, estamos haciendo una representación simbólica en la estancia Los Geranios" con 42 personajes y sin público, para precautelar las salud de los habitantes y de los participantes.
Añadió que “estamos tristes por la situación que estamos pasando”.
Del 1 al 6 de enero, con religiosa puntualidad y con desbordante pasión, miles de disfrazados y bailarines se congregaban a diario para saludar con algarabía al Año Nuevo y empezar con las mejores energías con los diablos como protagonistas. Éstos suelen portar tenebrosas caretas adornadas con cuernos de venado, orejas grandes y puntiagudas, amenazantes colmillos, y vistiendo pantalón y zapatos negros, una camisa roja y una larga cola.
Se estima que al menos 5.000 danzantes desfilaron el año pasado durante los seis días de celebración en presencia de decenas de miles de espectadores y turistas que abarrotaban esta población andina que recibía una fuerte inyección económica por parte de los visitantes.
El origen de esta tradición se pierde en el tiempo. Algunos ancianos sostienen que los jóvenes de un sector se disfrazaban y llegaban a otra zona en busca de sus enamoradas y que se disfrazaban para asustar a los padres de las chicas, mientras que otros aseguran que era una forma de los indígenas para desafiar y repudiar las prácticas y maltrato de los españoles.
Con semanas de anticipación se preparaban las famosas partidas de diablos en barriadas periféricas, poblaciones cercanas a Píllaro, o en asociaciones culturales de esa población. Cada partida está integrada por un personaje disfrazado de barrendero, que abre el grupo con una escoba de ortiga, luego sigue la banda de música, atrás van las parejas en línea con elaboradas coreografías, que son custodiadas por las huarichas —que representan madres solteras en busca de diversión— y finalmente los famosos diablos.
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