
Lo que ocurrió el 25 de mayo en Venezuela no fue una elección, fue una farsa. Un simulacro de democracia diseñado por Maduro para simular legitimidad, mientras la realidad —contundente— se manifestó en el rechazo masivo del pueblo venezolano. Con una abstención histórica del 85%, la ciudadanía decidió quedarse en casa, no por apatía, sino como forma activa de resistencia. Fue un acto silencioso, pero elocuente: el pueblo no convalida fraudes, ni acepta la imposición de una dictadura que desconoce su voluntad.
El mensaje fue claro: la mayoría de los venezolanos sigue firme, no se rinde, y continúa respaldando el camino que encarnan María Corina Machado, Edmundo González y la Unidad Democrática. A pesar del miedo, la persecución y las maniobras del régimen, la ciudadanía no se dejó engañar. El 28 de julio no ha sido olvidado: sigue vivo en la conciencia nacional, clavado como una estaca en el corazón de un poder que se desmorona.
Uno de los objetivos centrales de Maduro con esta maniobra era debilitar y dividir a la oposición. En el camino, logró cooptar a algunos actores políticos tradicionales —entre ellos, Henrique Capriles, Manuel Rosales y Tomás Guanipa— ofreciéndoles habilitaciones exprés y una supuesta tarjeta electoral. Pero el intento le salió mal. Estas figuras, en un acto de desconexión con la realidad, decidieron pactar con el régimen, aceptando participar en una farsa diseñada para desviar la atención. Su recompensa fue mínima: apenas un 5% de apoyo popular. Políticamente, fue un suicidio.

La ciudadanía no respalda a quienes se acomodan al poder, sino a quienes resisten. En tiempos de dictadura, la coherencia es un valor político. Y la Unidad Democrática lo entendió: eligió mantenerse firme, no prestarse al juego y concentrar su energía en preservar el mandato popular expresado el 28 de julio.
Maduro también aspiraba a que la comunidad internacional pasara la página. Pero ni siquiera eso logró. La baja participación, la exclusión de la oposición real y la evidente manipulación del proceso hicieron que la farsa quedara completamente deslegitimada a nivel internacional. Los gobiernos democráticos siguen reconociendo el liderazgo de María Corina Machado y Edmundo González, y continúan exigiendo que se respete la voluntad expresada en las urnas el 28 de julio.
El régimen, consciente de su fragilidad, respondió como suelen hacerlo los autoritarios: con represión. A pocos días del fraude electoral, secuestraron a mi hermano, Juan Pablo Guanipa. No es casual. En la historia contemporánea, el liderazgo moral ha sido el punto de quiebre de las dictaduras: ocurrió en Europa frente al comunismo, y también en América Latina frente a los regímenes militares. Hoy, ese liderazgo lo representan Juan Pablo, Edmundo y María Corina. Para Maduro, son una amenaza no porque empuñen armas, sino porque encarnan valores que el poder teme: coherencia, firmeza, dignidad.

El gran desafío ahora es reactivar la fuerza interna. Los partidos políticos y la sociedad civil deben reorganizarse, incluso en medio de la persecución, para canalizar el profundo malestar social que recorre al país.
Al mismo tiempo, es esencial mantener viva la atención de la comunidad internacional. Venezuela no puede convertirse en una tragedia normalizada. La dictadura de Maduro no actúa sola. Está entrelazada con redes de crimen organizado, y aliada con potencias autoritarias como Rusia, Irán y Cuba. Su agenda no solo amenaza a los venezolanos, sino a la estabilidad democrática de toda América Latina.
A pesar de todo, hay motivos para la esperanza. La gente no ha renunciado. La unidad verdadera sigue firme. La comunidad internacional continúa atenta. Y lo más importante: la memoria del 28 de julio no se ha borrado. Ese día, el pueblo eligió libremente. Ese mandato sigue vigente.
Mientras haya un pueblo dispuesto a resistir, una oposición que no claudica, y una comunidad internacional que no voltea la mirada, la dictadura no podrá imponerse para siempre. Venezuela tiene futuro, y ese futuro será democrático.
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