
Es un frío jueves de abril de 1982 en la ciudad de Buenos Aires, entonces Delia Giovanola de 56 años inicia una nueva ronda en la pirámide de la Plaza de Mayo junto a otras madres. Ella, como todas, busca a su hijo y a su nuera (por entonces embarazada) que fueron secuestrados en octubre de 1976 en la ciudad de La Plata. Esta mañana es distinta, fotógrafos, reporteros y periodistas provenientes de muchos países rodean la Plaza. No es por la marcha de las Madres sino que los congrega otra convulsión histórica: la Guerra de Malvinas.
Al comienzo de la Guerra y de aquel discurso aplaudido y silbado del dictador Leopoldo Galtieri, las Madres de Plaza de Mayo llevaban cinco años de rondas, de búsqueda y reclamos por la aparición con vida de sus hijos e hijas secuestradas clandestinamente.
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Delia Giovanola es una de las doce fundadoras de Abuelas de Plaza de Mayo. Ella estuvo en las primeras rondas y en las reuniones de la Iglesia de la Santa Cruz junto a Azucena Villaflor. Sufrió la violencia y el silencio de cada escritorio oficial en el que se presentó para averiguar por el paradero de su hijo Jorge Ogando, quien fuera secuestrado y desaparecido junto a su compañera Stella Maris Montesano en octubre de 1976.
Uno de los tantos jueves de 1982, antes de partir rumbo a la Plaza de Mayo, Delia tuvo un “acto de rebeldía” y quiso contarle al mundo lo que estaba pasando en Argentina.
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“Cuando estábamos en plena guerra de Malvinas había muchos fotógrafos de afuera que venían a documentar el conflicto y se acercaban a la Plaza de Mayo”, recuerda Delia desde su casa de toda la vida en el partido de San Martín. “Yo vivo en Villa Ballester —continua— y para ir a la Plaza tenía que hacer un recorrido largo. El jueves anterior al de la foto, cuando estábamos haciendo la ronda, veo que había muchos fotógrafos extranjeros: ellos sacaban fotos en silencio y al azar. Cuando tomo el colectivo de regreso a casa, reparo en que toda la ciudad de Buenos Aires estaba llena de pegatinas con carteles que decían ‘Las Malvinas son Argentinas’ y otras que decían ‘Los argentinos somos derechos y humanos’, estaban en los asientos del micro, en los postes de luz, ¡claro! todo el país estaba pendiente de las Malvinas, y cuanto más leía esos carteles que se repetían, más rabia almacenaba”.
Mientras Delia pinta con palabras y colores oscuros el contexto de aquel país, detrás de ella, en un portaretrato nuevo, asoma una foto editada donde se encuentran —como en una expresión de deseo— su hijo, su nuera, su nieta y su nieto. El hijo de Delia y su pareja, tenían una nena de tres años en el momento en que los secuestraron, Virginia —Viki—, que fue entregada a la familia. Pero también esperaban un hijo, que nació en cautiverio y al que su madre llamó Martín.
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La “rabia” que menciona Delia tiene relación directa con esto, toda la atención y todos los focos estaban puestos en la Guerra, mientras se alimentaba una campaña falsa que buscaba posicionar a la Argentina inútilmente como un país donde se respetaban los derechos humanos.
“Cuando llegué a casa, luego de la ronda en la Plaza y de haber visto toda la ciudad envuelta en esa propaganda, busqué un cartón bastante grande e hice un cartel para llevar a la semana siguiente”. Inquieta, autodenominada como una “Abuela en peligro de extinción”, de repente Delia interrumpe su relato y va en busca de la pancarta que aún conserva y que profesa “Las Malvinas son Argentinas, los Desaparecidos También”.
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“Ese jueves llegué temprano, éramos pocas, empiezo a caminar, y yo sabía que iban a picar los fotógrafos”. Esa foto, con ese cartel y esa frase, recorrieron editoriales, redacciones, agencias y fue el encabezado de prensa de distintos medios internacionales de la época.
En el año 2014, para el día de la reafirmación de los derechos sobre las Islas Malvinas, la Presidenta Cristina Fernández inauguró el Museo Malvinas, emplazado en el predio que una vez perteneció a la Escuela de Mecánica de la Armada (ESMA) y donde funcionó uno de los centros clandestinos de detención, tortura y exterminio. En este Museo se encuentra la gigantografía de esta foto que marcó una época y simboliza una lucha que todavía continúa.
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Cada vez que tiene la posibilidad, Delia visita el Museo y cuando se encuentra con grupos escolares presentes en el lugar, aprovecha a hablar con ellos y siempre les recuerda que “hay que ser custodios de la memoria. Hoy son niños y jóvenes pero mañana van a ser hombres y mujeres y serán los guardianes de la democracia, la van a respetar y cuidar con amor, para que no vuelvan a ocurrir nunca más hechos dolorosos como la Guerra de Malvinas, que sembró tanta muerte, y como la Dictadura, que se llevó tantas vidas.”
Se cumplen 40 años de aquel abril y de aquella Plaza. Su hijo y su nuera integran la lista de los desaparecidos de la última dictadura cívico militar argentina. En 2015, luego de 39 años de búsqueda, Delia pudo abrazar a Martín, el nieto recuperado número 118. La causa Malvinas y el reclamo de soberanía sobre las Islas del Atlántico Sur sigue estando tan presente como la de los desaparecidos y las nietas y nietos apropiados.
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La identidad, la búsqueda de justicia para la paz, y la construcción de la memoria, son actos perpetuos que nuestra sociedad empodera cada vez más. La memoria se sostiene, se ejercita y se fortalece. “Así como pude volver a abrazar a mi nieto, volveremos a abrazar a nuestras Islas”, concluye Delia que al mirar su cartel juega con la frase y dice “los desaparecidos son argentinos, las Malvinas también”.
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