
Todos sabemos de las múltiples formas en las que la intensa vida actual afecta nuestra integridad como seres completos, tanto en cuerpo como en mente. El estado de alerta, a veces convertido en una alarma constante, ha llegado a superar en algunos casos la respuesta funcional y adaptativa. Es decir, esta disfuncionalidad ya no resulta adaptativa, sino que se convierte en una respuesta en contra de nuestro propio organismo.
A las muchas y conocidas repercusiones negativas en todo el organismo, sea a nivel físico como en lo emocional-psíquico, se suman los cambios en los comportamientos. No ha sido hasta recientemente, en base al mayor estudio hasta la actualidad sobre el tema, que se planteó una pregunta: ¿puede la ansiedad, el estrés, acelerar el proceso de envejecimiento? Y en caso positivo, ¿cómo lo hace y en qué áreas actúa para acortar nuestra expectativa de vida así como la calidad de esos años?
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Hay varias maneras en que el estrés y la ansiedad crónicas pueden afectar el envejecimiento. Una de ellas es la que usamos para definir el perfil biológico del estrés y la ansiedad y es el incremento en la producción de cortisol y adrenalina.

El efecto de estas ha sido explicado en otros artículos al hablar de estrés en general e impactan modificando variables como las cardiovasculares y las hormonales. La respuesta a esto es la aparición de patologías íntimamente ligadas a los procesos de envejecimiento, como son la hipertensión arterial o diabetes, factores de riesgo concretos que condicionan los cálculos de expectativa de vida.
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Otra manera que el estrés y la ansiedad afectan el envejecimiento es a través de la inflamación. Sabemos que esta es una respuesta natural a una agresión que en medicina llamamos noxa, por ejemplo, una infección o un golpe. Al igual que el estrés, cuando esa respuesta en lugar de estar limitada al episodio se vuelve crónica, acompañando a ese estado de alerta crónico, puede dañar las células y los tejidos y acelerar el proceso de envejecimiento. Así tenemos desde el asma, la artritis reumatoide, la inflamación de intestino, la psoriasis, la esclerosis múltiple, y hasta algunos colocan en este apartado a las enfermedades neurodegenerativas como el Alzheimer.
Otro es el llamado estrés oxidativo. Este es causado cuando hay mayor producción de radicales libres, y sin la suficiente cantidad de antioxidantes para eliminar estas moléculas inestables que pueden dañar las células y al ADN. También está estudiada su relación con el envejecimiento prematuro.
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Qué efectos tienen estos mecanismos
El estado de alerta crónica, el aumento de cortisol y la cascada de eventos químicos relacionados con la ansiedad y el estrés tienen un impacto sobre diversos sistemas o áreas.
En referencia al material genético, se ha descripto un incremento en el daño por los mecanismos anteriores (estrés oxidativo, inflamación, cortisol etc.) sobre el ADN. La importancia del ADN no es necesario explicarla, pero solo mencionar que una de las consecuencias es el daño celular y relacionado con esto, entre ellas el desarrollo de diversas formas de cáncer.
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Una forma de daño es sobre los telómeros, que son los extremos de los cromosomas. De alguna manera actúan como protección de los cromosomas del daño que puedan sufrir en el curso del tiempo. Se van acortando en ese tiempo, pero el estrés crónico los acorta aún más. Esto puede provocar un envejecimiento prematuro y un mayor riesgo de enfermedades relacionadas con la edad. Hay quienes consideran el largo de los telómeros como una medida de la edad biológica.

Por otro lado, el aumento del cortisol influye en la función inmunológica reducida. El deterioro en la respuesta inmunológica se aplica en enfermedades comunes, como un resfrío, hasta otras crónicas y mucho más graves que inciden, obviamente, en la expectativa y la calidad de vida.
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En relación al aumento de enfermedades cardiovasculares quizás sea importante recordar que todo el organismo tiene vasos (arterias, venas) y nervios por lo cual, cuando hablamos de cardiovasculares, nos referimos también a la posibilidad de trastornos isquémicos (por falta de irrigación) o hemorrágicos en el sistema nervioso.
Por si fuera necesario aclararlo, el estado de ansiedad crónico, la depresión y otras patologías, quizás más complejas, están íntimamente asociadas. Aparte de la modificación en variables como neurotransmisores, la ansiedad crónica genera un estado de indefensión aprendida del cual ya hemos hablado en otras notas, íntimamente asociada con la depresión. La depresión incide a su vez claramente en una menor expectativa de vida.
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Qué se puede hacer
¿Es posible hacer algo para aumentar nuestra expectativa de vida? Un especialista en el tema de La Universidad de Harvard como David Sinclair, aporta sin duda, muchos más elementos pero nosotros podemos empezar, simplemente, por tratar uno que quizás sea central: cuidar nuestro estado psíquico, emocional, nuestro bienestar integral.
Se puede identificar qué es un factor estresante para nosotros, más allá que nos parezca irracional. Esto puede incluir desde acciones concretas de otros y fácilmente visibles, hasta situaciones, pensamientos etc., más ligados quizás a nuestra interpretación.
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Frente a esto definir si hay algo que esté a nuestro alcance hacer o si, por el contrario, está por fuera de nuestras posibilidades, dejarlo de lado. Tratar de ver cómo una idea disfuncional, (por ejemplo, respecto a lo que otro diga o evalúe sobre nosotros en el ámbito social general o laboral), cómo impacta objetivamente, y en tal caso observar si hay algo que debo hacer, pero intentar sacarle toda la carga emocional posible.
Eso nos deja más espacio para actuar sobre nuestra propia respuesta que puede no ser totalmente satisfactoria, pero da una mayor sensación de autocontrol y, por ende, baja los niveles de ansiedad.
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No olvidar que todo entrenamiento significa trabajar sobre algo que nos molesta, nos somete a una sobrecarga y, especialmente, va en contra de lo que solemos hacer. En este apartado y habiendo identificado con cuál factor estresante nos solemos chocar, buscar evitarlo o dejarlo de lado, sin racionalizarlo y sin buscar demasiadas explicaciones. Quizás no sea la mejor opción pero en lo inmediato puede arrojar muy buenos resultados frente al estrés.
Después, son útiles la práctica de técnicas de relajación, dormir lo suficiente, una dieta saludable, hacer ejercicio regularmente, y mantener un entorno social lo más sano y positivo posible.
El estrés es una parte normal de la vida, pero cuando se vuelve crónico, puede tener una serie de efectos negativos en nuestra salud, y aquí agregamos a lo ya conocido, el envejecimiento acelerado.
Las medidas para evitar la ansiedad y el estrés no solo pueden prevenir la pérdida de tiempo cronológico sino también agregar calidad de vida en esos años.
* El doctor Enrique De Rosa Alabaster se especializa en temas de salud mental. Es médico psiquiatra, neurólogo, sexólogo y médico legista
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