
Durante años hablamos de incorporar el impacto social y ambiental a las decisiones económicas. Hoy aparece una señal concreta de que algo está cambiando: hay inversores dispuestos a aceptar una menor rentabilidad para financiar organizaciones que buscan generar un impacto social y ambiental positivo.
Hay un elefante en la sala. Es grande. Está ahí. Todos lo vemos. Pero seguimos conversando como si no existiera.
En el mundo de las finanzas hay algo que todos conocemos, pero que todavía ocupa un lugar marginal en muchas decisiones económicas: el impacto social o ambiental que provoca el uso del dinero. Sabemos que una inversión puede generar empleo, transformar una comunidad o regenerar un territorio, que un crédito puede permitir que una empresa crezca, que una cooperativa se fortalezca o que una familia desarrolle una actividad productiva.
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También sabemos lo contrario: una decisión económica puede generar contaminación, precarización, exclusión o concentración.
El elefante está en la sala.
El impacto existe, aunque no lo veamos, ni lo midamos. Sin embargo, cuando llega el momento de decidir dónde poner el dinero, seguimos mirando principalmente dos variables: riesgo y rentabilidad, como nos enseñaron durante el siglo XX. Que una economía sana necesita empresas rentables, inversiones que recuperen el capital y sistemas financieros sólidos.
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La pregunta es otra: ¿qué entendemos por retorno? Durante mucho tiempo pensamos el retorno como aquello que vuelve al inversor.
Quizás necesitamos ampliar la mirada y preguntarnos también qué vuelve a la sociedad: Qué vuelve a las personas. Qué vuelve al territorio. Qué vuelve al planeta.
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Necesitamos una economía capaz de satisfacer las necesidades de las personas y desplegar su potencial en armonía con el planeta. Y para eso también necesitamos transformar las finanzas, la inversión de impacto como una herramienta para ampliar las fronteras del sistema financiero tradicional.
Porque detrás de cada número hay alguien. Detrás de cada inversión hay una decisión. Y detrás de cada decisión económica hay una determinada idea sobre el mundo.
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Si una organización genera más valor para la sociedad, ¿por qué debería pagar necesariamente lo mismo que otra que genera menos?
El sistema financiero no es neutral: decide qué proyectos reciben capital y cuáles no. Define qué actividades pueden crecer, cuáles tienen posibilidades de innovar y cuáles quedan atrapadas en una economía de subsistencia.
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Por eso el crédito no es solamente una operación financiera. Es una herramienta de construcción económica. Y esto nos lleva a una palabra que puede sonar antigua: fraternidad.
La fraternidad económica parte de una constatación sencilla: somos interdependientes. Nadie produce solo. Vivimos conectados, aunque muchas veces tomemos decisiones como si fuéramos independientes.
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La fraternidad propone otra mirada, que no es caridad, ni regalar dinero, ni renunciar a la rentabilidad. Significa reconocer que nuestra prosperidad depende también de la prosperidad de los demás, de los proveedores, de los clientes, de los empleados, del suelo.
Implica reconocer también que la economía no es solamente un conjunto de transacciones entre individuos. Es la manera en que organizamos nuestras interdependencias.
La evolución de la sustentabilidad es la integración del impacto en los negocios, y la evolución de las finanzas requiere reconocer el impacto de nuestras inversiones.
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Hace unos días, desde la Asociación Civil Sumatoria, se emitió su novena Obligación Negociable Sostenible. Y ocurrió algo que, para quienes trabajamos hace años en esto, resulta difícil no celebrar: la emisión recibió financiamiento a una tasa de TAMAR menos 3 puntos porcentuales.
Dicho de otro modo: hubo inversores dispuestos a prestar dinero con un rendimiento muy inferior a la tasa de referencia.
El modelo busca prestar a organizaciones de impacto a tasas competitivas. Hoy llegan a financiar proyectos desde TAMAR + 0, dependiendo de su situación financiera y fundamentalmente de su impacto.
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Para poder hacerlo, se necesita conseguir financiamiento a tasas suficientemente bajas. Usar el capital para financiar impacto sin trasladar el costo financiero al que está intentando generarlo.
Y acá aparece una señal que me parece mucho más interesante que el resultado de una emisión particular.
Durante años hablamos de que el impacto debía incorporarse al sistema financiero.
Ahora empezamos a tener señales de que el mercado puede estar dispuesto a reconocer su valor, y es un hecho consistente de las últimas emisiones de Sumatoria.

No sabemos todavía si esto representa un cambio estructural. Sería demasiado pronto para afirmarlo, pero sí podemos decir algo: existe un segmento de inversores que parece estar dispuesto a aceptar condiciones financieras muy competitivas para financiar una organización cuyo propósito es generar impacto social y ambiental.
Esto cambia la conversación.
Porque si el impacto no modifica ninguna decisión económica, entonces corre el riesgo de convertirse simplemente en una etiqueta, pero si empieza a modificar el precio del capital, estamos frente a algo diferente.
Durante mucho tiempo la pregunta fue: ¿cómo hacemos para que los inversores se interesen por el impacto?Quizás la pregunta ahora sea otra: ¿puede el impacto convertirse en una variable que influya sobre el precio del capital?
Si la respuesta fuera sí, las consecuencias serían enormes. Porque el capital barato puede hacer posibles proyectos que de otro modo no serían viables.
Y, al mismo tiempo, puede generar un círculo virtuoso: más impacto, mejores condiciones; mejores condiciones, más capacidad de generar impacto. El que mejor produce, menos paga. El que más beneficia al ambiente, menos paga. El que más impacto social tiene, menos paga.
Eso es, en definitiva, lo que significa poner las finanzas al servicio de una nueva economía, que pasa de ignorar el costo de las externalidades negativas, a considerar que una externalidad positiva puede convertirse en una variable económica capaz de afectar el precio del capital.
Estamos abriendo un camino con éxito y consistencia. Ahora debemos darle visibilidad, democratizarlo e invitar a otros a utilizar estos vehículos para hacerlos crecer y así generar un mundo mejor.
El elefante sigue ahí. Gigante. Turquesa. En el medio de la sala. Pero quizás algo esté empezando a cambiar.
No todo está escrito en el mundo de la economía, la sustentabilidad y las finanzas. Lo que hoy resulta contraintuitivo, es una realidad que estamos construyendo junto a numerosos actores, para crear una sociedad y un medioambiente más resilientes, fraternos y regenerativos.
Porque detrás de cada decisión económica hay una idea sobre el mundo que queremos construir.
Tal vez ese sea el verdadero desafío de las finanzas del futuro: no dejar de buscar rentabilidad, sino aprender a reconocer que el impacto también genera valor.
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