¿Trump emboscado por China en Irán?

La guerra en Irán ha evidenciado las debilidades de la política exterior estadounidense bajo el actual presidente de Estados Unidos, mientras China y Rusia consolidan su posición internacional y las democracias liberales enfrentan un entorno cada vez más hostil

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El retroceso en la autoridad moral estadounidense pone en riesgo la seguridad internacional (REUTERS/Dado Ruvic/Ilustración/Foto de archivo)
El retroceso en la autoridad moral estadounidense pone en riesgo la seguridad internacional (REUTERS/Dado Ruvic/Ilustración/Foto de archivo)

La guerra en Irán no parece estar saliendo como Trump y Netanyahu preveían. El régimen iraní sobrevivió a su decapitación, las protestas internas fueron sofocadas a través de asesinatos masivos, al tiempo que Irán no quedó aislado internacionalmente. Peor aún, Rusia y China están colaborando con el régimen y este parece más radicalizado que antes. Ojalá esto cambie en el futuro, pero hasta el momento no pareciera ser el caso.

Un grave problema de Trump es que posee una mirada muy superficial y unidimensional del mundo. Suele comportarse como un niño caprichoso. Por ejemplo, si pierde una elección, no lo reconoce y alega fraude. Si alguien le hace una crítica, lo ataca. Si se le ocurre que desea algo, pretende tomarlo sin pedir permiso. Se maneja con nociones de poder bruto y visible, sin atender al largo plazo, a los sistemas de alianzas, a la cultura y al poder blando o prestigio. Su única estrategia es infundir temor y para eso quema sus cartas y tiende a quedar expuesto. Es cierto que su imprevisibilidad y temeridad le han otorgado, en algunos casos, mayor poder de negociación en el corto plazo. Sin embargo, a largo plazo, arrasó con la influencia y prestigio de Estados Unidos, alejó a sus aliados, unió a sus enemigos y quebró la confianza en las instituciones americanas (una confianza que fue construida durante siglos). Todo eso es una enorme pérdida para Estados Unidos, que lo deja peor posicionado para contener el expansionismo chino que se avecina.

Para colmo de males, con Estados Unidos enfrascado en otra guerra en Medio Oriente —y en una que no tiene salida fácil a la vista—, China se fortalece mirando desde afuera, sin actuar. La disminución del flujo petrolero golpeó a China en el corto plazo, pero no tanto como se pensaba. Y, en el largo plazo, le concede una oportunidad estratégica para proyectar su influencia global. Casualmente, Pekín ha estado acumulando reservas petroleras y diversificando sus fuentes energéticas precisamente para sortear este tipo de conflictos. En paralelo a ello, China es el principal facilitador del programa de drones (como los Shahed) y misiles balísticos iraníes, al tiempo que otorgó a la nación persa acceso militar a su red de satélites de navegación global.

La posible invasión del estrecho de Ormuz por Estados Unidos representa un riesgo global elevado (REUTERS/Hamad I Mohammed)
La posible invasión del estrecho de Ormuz por Estados Unidos representa un riesgo global elevado (REUTERS/Hamad I Mohammed)

A raíz del conflicto, Irán ha profundizado su reemplazo del dólar por el yuan en sus transacciones internacionales. La Guardia Revolucionaria Islámica comenzó a exigir el pago de “peajes” en yuanes chinos a cambio de escolta y paso seguro por el estrecho. Ha clausurado el tráfico para Estados Unidos y sus aliados, mientras deja pasar barcos amigos, entre ellos los chinos. Cabe agregar que Rusia vio subir exponencialmente sus ingresos petroleros. Asimismo, las democracias liberales orientales, aliadas históricas de Occidente, están quedando a merced de una China cada vez más confiada y poderosa. Hay quienes pronostican la invasión de Taiwán por parte del gigante asiático para los próximos años.

Nadie duda de que el régimen iraní es asesino. Se trata de una dictadura terrorista que masacra y sofoca a su pueblo de forma inhumana. Pero Trump no posee ni la autoridad moral —se encuentra deteriorando aceleradamente la democracia en casa y afirma abiertamente que no le interesa defender la democracia en el mundo—, ni la formación ni la capacidad para enfrentar a ese régimen tan maligno. Allí reside el problema. Fue el propio Trump quien criticó la guerra de Irak por ser demasiado costosa y no tener una salida positiva a la vista. Significaba desgastar y sobreexigir a la democracia estadounidense sin un beneficio concreto y tangible ni para los americanos ni para los propios iraquíes. Bien, ¿por qué no dice lo mismo ahora sobre la guerra contra Irán, país bastante más grande y poblado que Irak?

Básicamente, porque hubo un doble error de cálculo que Trump no desea admitir. Pensó que el régimen no tardaría en caer y que, en el peor de los casos, si no caía, quedaría aislado internacionalmente. Pero ninguna de las dos cosas pasó. Estados Unidos chocó contra un muro de contención que China venía levantando silenciosa y sigilosamente. Es un muro que coloca a China en una posición cómoda y privilegiada, fortaleciéndose sin actuar mientras su rival global, Estados Unidos, se debilita.

La consolidación de la alianza entre China, Rusia e Irán redefine las relaciones internacionales en Medio Oriente (dpa)
La consolidación de la alianza entre China, Rusia e Irán redefine las relaciones internacionales en Medio Oriente (dpa)

El mundo es un lugar muy complejo como para que una persona como Trump dirija a la primera potencia mundial. Históricamente, en Estados Unidos la política exterior pasaba por numerosos filtros institucionales y eso evitaba errores groseros. Por eso llegó a ser la potencia mundial hegemónica que es. Pero, desde antes de que Trump fuera presidente, el poder ejecutivo empezó a concentrar facultades y a ganar creciente discrecionalidad en la política exterior. Esto se acentuó con Trump, que inició dos guerras sin autorización del Congreso. Hace y deshace a su antojo, y los errores estratégicos se pagan caros.

El movimiento “No Kings” (sin reyes) en Estados Unidos no es casualidad. Trump se encuentra destruyendo lo mejor que posee ese país, que son sus instituciones políticas. Buena parte de su influencia mundial fue posible porque nadie dudaba de sus instituciones democráticas. Eso ahora cambió y llevará muchísimo tiempo reconstruirlo.

Es más, incluso aunque se lo reconstruya, ya nada será igual. Europa aprendió que ninguna democracia es indestructible y que no puede delegar su defensa en otro país, por más democrático que sea. Quizás el mejor aprendizaje sea que la función que cumplía Estados Unidos la debe ejercer una organización internacional de democracias liberales. De esa manera, la seguridad colectiva ya no dependería de un solo país. Lo triste es que esto sea aprendido, no por previsión, sino por tragedia. Porque en esa tragedia China y Rusia se están fortaleciendo y las democracias del planeta están quedando más vulnerables.

Es una incógnita cómo va a terminar la guerra contra Irán. Hay quienes creen que a Trump solo le queda una opción como salida mínimamente decorosa, que no le inflija un costo interno demasiado alto. Esta sería la invasión de Irán para tomar el estrecho de Ormuz.

La política exterior de Donald Trump genera incertidumbre en las democracias liberales occidentales (Martijn Beekman/NATO/dpa)
La política exterior de Donald Trump genera incertidumbre en las democracias liberales occidentales (Martijn Beekman/NATO/dpa)

Si le saliera bien, Estados Unidos pasaría a controlar un nuevo nodo del flujo petrolero internacional y Trump quedaría como el emperador exitoso que aspira a ser. Pero sería un control muy costoso de mantener, que probablemente le traería más dolores de cabeza que beneficios a la potencia americana.

Por otra parte, es posible que China no se quede de brazos cruzados ante esta posibilidad. Por el contrario, si este intento saliera mal, sería probable que la imagen de Trump se desplomara y que Estados Unidos quedara fuertemente desprestigiado y debilitado a nivel mundial, con una dictadura china en fuerte ascenso que se mostraría como un nuevo gran estabilizador global. Es un riesgo demasiado alto para Estados Unidos, para las democracias del mundo y para la humanidad, que parece tener como única prioridad el ego y el capital político de una sola persona.

*Rafael Eduardo Micheletti es educador, analista político y escritor. Especializado en ciencia política, relaciones internacionales y pedagogía. Estudió Abogacía y Profesorado de Derecho. Cursó un Doctorado en Relaciones Internacionales y una Maestría en Innovación Educativa. Investigador externo de Fundación Libertad. Integrante de Docentes por la Educación.