
Cada vez que subo una “historia” a Instagram o a cualquier red social, estoy subiendo o mostrando un retazo de mi vida. Si junto todas las historias, ¿podré reconstruir la mía? O se asemejará a esas antiguas colchas que tejían las abuelas con la lana que les quedaba, que eran un conjunto de cuadrados de diversos colores y texturas, que se cosían para formar una sola cosa.
Uno de los problemas fundamentales que tenemos para entendernos es la fragmentación de la existencia. En el teatro griego existían uno o dos actores, ellos usaban diferentes máscaras para interpretar sus “personajes”. Estas máscaras han sobrevivido hasta el día de hoy en las marquesinas de los teatros, riendo si es comedia; o con el semblante triste si es tragedia. Creo que en las historias de la vida, de estas que duran 24 horas, elegimos en general momentos felices, buenas compañías, paisajes, comidas y bebidas. Sin embargo en nuestro día a día existen enojos, frustraciones y malos momentos. Cada día trae su combo de problemas.
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La historia en general ofrece una perspectiva diferente. Existe mi historia personal, la que vive dentro de mi memoria y el futuro, que existe solo en mi imaginación. Solo soy dueño del presente, en el se juega mi vida real de cada día con sus luces y sus sombras. Cuando me muero mi visión de la historia muere conmigo, salvo que la haya escrito y transmitido. En casa de mi abuela había muchas fotos antiguas, no sé quiénes son la mayoría de esas personas. No anotaron ni su nombre. Al menos están impresas. ¿Sobrevivirán nuestras historias en la nube? ¿Con tanta información no serán olvidadas al igual que nuestras contraseñas?
También advierto la dificultad que tenemos las diferentes generaciones que vamos compartiendo la historia que nos toca vivir pero transitamos por bandas paralelas. Los más grandes solíamos tener la estabilidad como horizonte de la felicidad. Recibirse, estudiar una carrera, tener casa propia, un buen trabajo en el cual quedarse si es posible toda la vida. Hoy estudian pero cuando se reciben tratan de irse con una mano atrás y otra adelante a recorrer el mundo trabajando de cualquier cosa que nada tiene que ver con lo que estudiaron, el proyecto es sin patria con la gente que vas encontrando en el camino, más libre y aventurero y cuanto menos cosas, mejor.
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Historias fragmentadas de 24 horas, que se borran para subir una nueva, donde solo se apunta a que cada vez más gente vea lo que hago y que esa tribu me comente mi vida, me ponga like y si se da la oportunidad comenzarán a venderles algo. Una tribu global que espera con ansiedad ver contenido de mi historia. Como una nueva temporada de la serie que me gusta, una vida de ficción. ¿Vale solo lo que los otros aprueban? ¿Seré capaz de darme un “like” a mí mismo? Quizás este sea el más importante.
Es verdad que los sueños para esta generación son ajustados a lo que pueden; no pueden comprar una casa pero sí juntar para un pasaje. Quieren conocer su árbol genealógico, pero solo para llegar al abuelo italiano o español, no para rescatar su historia sino para regresar a la patria que los vio partir. Quizás no saben que se fueron para huir del hambre o la pobreza y que esa historia dolorosa de abandonos y lejanías les permitió forjar el sueño americano. La paradoja del tiempo es también que uno regresa ahora, no como un europeo exiliado sino como un sudaca. Creo que es una experiencia más que válida, elegir la propia historia y escribirla. Es bueno para la salud mental y espiritual ser honestos, haciendo historias que cuenten lo bueno y lo malo. La historia de verdad, que es madre y maestra, nos enseña a aprender de los errores que cometemos, a incorporar experiencia en la mochila de la vida.
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Mi historia cotidiana ha sido una inmejorable oportunidad para encontrarme con la “Providencia de Dios”. Experimentar que Él le pone “like” a nuestra vida debería ponernos muy felices, solo que Él no mira la vida desde afuera, es compañero de camino que se lleva en el interior del corazón.
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