
Era previsible, la Unión Europea desmintió categóricamente la “victoria diplomática histórica” (sic del Presidente) del gobierno argentino por habernos supuestamente apoyado en la cuestión Malvinas: “La UE no está en situación de expresar ninguna posición sobre las Falklands/Malvinas”, puntualizaron, limitándose a “tomar nota” de que existe un reclamo de negociaciones. Un festejo colateral por la inclusión de ambos nombres llega un tanto tarde, desde que las Naciones Unidas lleva más de un cuarto de siglo practicándolo oficialmente.
Siendo que los documentos son pre redactados por diplomáticos que viajan antes en clase turista, la verdad es que, como cosecha de un nuevo desplazamiento presidencial estrenando un innecesario avión recién comprado y una comitiva tan superpoblada como inexplicable, el documento final puramente retórico que se intentó vendernos como una hazaña, apenas encubre el reiterado intento de presentar, como epopeyas, a improductivos desplazamientos que exceden por muy poco el carácter de incursiones casi francamente turísticas. Nada nuevo.
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Para no perjudicar al futuro conviene no tergiversar al presente: exhibir viejos logros ajenos como flamantes triunfos propios equivale a inaugurar en varias ocasiones, una y otra vez, a la misma obra pública. A eso en la Argentina lo venimos viendo muchas veces. Los tiempos electorales son muy tentadores: se sigue haciendo, pero cada día engañan a menos gente.
Lamentablemente no es verdad que la UE haya opinado sobre la controversia de Malvinas, como no fuere para repetir lo que sus países miembros ratifican año tras año hace más de cinco décadas en la ONU: exhortando a las partes a la solución pacífica del problema. Y nada más, hasta ahí llegan. No dictaminan quién tiene razón. No pueden hacerlo, carecen de facultades. Peor, no quieren hacerlo, carecen de la voluntad: la Argentina tiene razón pero el mundo también se mueve por intereses.
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Afirmar que la UE desestima la calificación británica de las Islas como territorios de ultramar tampoco es correcto. Esa condición fue propuesta y abortada en 2004 para el ya descartado anteproyecto de Constitución Europea y su eventual retiro o mantenimiento por parte del Reino Unido tiene un valor tan abstracto como nuestra atribución de que pertenecen a la jurisdicción provincial de Tierra del Fuego. El mundo y la UE no opinan sobre eso.
Londres nunca aceptó discutir en base al derecho porque sabe muy bien que el nuestro es superior. Retiene el dominio en base a su enorme peso político y militar en un mundo que considera a Gran Bretaña un miembro de la alianza occidental mucho más confiable que esta Argentina débil, errática y marginal.
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Esto siempre ha importado y va a importar cada día más: la competencia planetaria con China tiende a extenderse al Pacífico, al Atlántico Sur y a la Antártida, donde las Malvinas son muy valoradas como un estratégico portaviones clave para esa disputa, claramente mayor que la de la controversia circunscripta solamente a Malvinas. Y cuando Occidente, necesariamente acompañado por la OTAN, analice el planisferio, lo más probable es que concluyan que la Argentina tiene razón, pero Gran Bretaña es un aliado muchísimo más confiable. No repitamos en Antártida los errores de Malvinas. Argentinos, a las cosas.
El proceso histórico es raramente lineal. Se desenvuelve en el modo de una espiral, que puede parecer avanzando cuando en realidad retrocede, y viceversa. Argentina lleva mucho más de medio siglo –desde 1964 ya en Naciones Unidas- centrando su argumentación en la dimensión jurídica. Bien hecho, porque en ese punto somos más fuertes. Pero en el mundo real, con tener razón no basta. Hacen falta otras cosas. No para desplazar a los argumentos de derecho sino para respaldarlos, fortalecerlos, pasarlos de ciertos a operativos. En suma, a devolverle a una Argentina poderosa el peso en el mundo que nunca debió perder. Y eso solo se consigue creciendo adentro y generando confiabilidad afuera, poniendo en claro, sin dejar lugar a dudas, dónde y al lado de quiénes elegimos pararnos en el escenario internacional.
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Tarde o temprano el diferendo por Malvinas se podrá resolver. Y será mejor y más temprano si al tiempo que medie entre el día de hoy y el momento en que eso ocurra lo transitamos dialogando y no ladrando.
Este no ha sido sino otro anuncio distorsionado sobre hechos ya de mucho antes reconocidos en los organismos internaciones. Tuvo como objetivo apelar patrioteramente una vez más a las emociones, ilusionando a la gente en un tema tan querido y entrañable, inyectando algo de contenido a un viaje de indisimulable perfil turístico, irrelevante para los intereses de la Argentina. Casi una juvenilia de fin de curso. Hay que reponer a una cancillería profesional que trabaje seriamente, desactivando a su copamiento militante, como el que se practicó en los últimos años. El de Malvinas es un tema demasiado serio y sensible para todos los argentinos, que no toleramos más manipulaciones de corto plazo.
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