El régimen cubano no tiene la capacidad de mantener el país con electricidad. Ya no se trata solo de un gobierno criminal e ilegítimo que usurpa la soberanía popular; estamos ante administradores ineptos que no saben cómo reconstruir lo que ellos mismos han destruido.
Millones de cubanos están en peligro debido a la testarudez de un pequeño grupo de personas que no aceptan que la democracia y la participación de todos es el único camino para salvar a un país que se muere. Lo que ocurre hoy en Cuba no tiene precedentes: el colapso total del sistema eléctrico. Desde que existe el servicio eléctrico en el país, nunca había colapsado como ahora.
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Este evento ocurre tres años después de la mayor protesta de la historia de Cuba, que también comenzó precisamente por un apagón. Hoy, de nuevo, se reportan manifestaciones, y la respuesta del régimen ha sido la misma: amenazar con más represión. Mientras Cuba sigue a oscuras, más de mil personas están encarceladas por motivos políticos y más de un millón han salido del país desde 2021, huyendo del desastre provocado por el castrismo. Nos enfrentamos a una crisis demográfica sin precedentes.
El colapso energético en Cuba tiene raíces profundas. La falta de inversión en infraestructura, la dependencia del petróleo, la mala gestión de recursos y la corrupción han socavado durante años la capacidad de la isla para proveer un servicio básico como la electricidad. Esto no solo afecta la vida diaria de los cubanos, sino que tiene un impacto devastador en otros sectores esenciales como la salud y la educación. No es solo la falta de luz: es la falta de medicamentos en los hospitales, la imposibilidad de mantener la cadena de frío de alimentos y medicinas, y la paralización de la ya maltrecha industria nacional.
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A pesar de esta crisis, el régimen ha invertido millones de dólares en construir hoteles para una élite controlada asociada a la familia Castro, mientras el pueblo cubano sufre apagones, hambre y miseria. Esta desconexión entre las prioridades del régimen y las necesidades del pueblo refleja una falta de interés en la verdadera reconstrucción del país. Es evidente que el gobierno no tiene la capacidad de sacar a Cuba de la crisis en la que está inmersa.
Estamos en un punto crítico que requiere soluciones radicales. La vida de millones de cubanos depende de que se comience ahora un camino organizado hacia una transición democrática. Esta urgencia es entendida por muchos funcionarios, militares y policías que aún trabajan dentro del aparato estatal, personas que también sufren los apagones y que temen la represión. Estas figuras serán clave en cualquier proceso de transición y reconstrucción posterior. Un cambio de administración no solo es posible, sino necesario.
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El colapso del sistema eléctrico es un símbolo de un colapso mucho mayor: el colapso del propio régimen. Para avanzar, es imprescindible que se negocie una retirada ordenada y pacífica de los actuales administradores del aparato estatal, y que asuman nuevos líderes capaces de garantizar el funcionamiento de los servicios básicos. En este proceso, las Fuerzas Armadas juegan un papel clave. Serán necesarias negociaciones para garantizar su integración en una nueva estructura democrática, evitando así un conflicto civil.
Además, es fundamental reconocer el papel del exilio cubano en la reconstrucción de la isla. Existe un vasto capital humano, tanto dentro de Cuba como en el exterior, con las habilidades y conocimientos necesarios para guiar al país hacia la recuperación. Los cubanos que han huido en los últimos años no solo han enviado miles de millones en remesas para ayudar a sus familias, sino que también son una fuente invaluable de conocimiento técnico, empresarial y administrativo. Este grupo de exiliados puede ser esencial para iniciar lo que podría compararse con un “Plan Marshall” para Cuba, una reconstrucción que abarque lo económico, lo social y lo político.
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El desafío ahora es formar un grupo de trabajo que incluya a cubanos en la isla y en el exilio, que comience a planificar desde ya una transición democrática y la reconstrucción del país. Este grupo no solo debe enfocarse en el cambio de liderazgo, sino en garantizar que la transición sea pacífica. Una retirada pacífica del régimen evitaría la violencia y el caos, y garantizaría un escenario de estabilidad en la isla. No hacerlo podría generar una situación de inestabilidad que desemboque en un conflicto mayor, incluso en una guerra civil.
Para garantizar esta paz, la comunidad internacional debe jugar un rol activo. Los gobiernos del hemisferio, así como organismos internacionales como la ONU, la OEA y la Unión Europea, deben apoyar este proceso. Las representaciones diplomáticas en Cuba pueden facilitar una mesa de negociación para la transición democrática, asegurando la retirada ordenada del régimen. Además, el apoyo logístico y financiero de estos gobiernos será crucial para la reconstrucción de la infraestructura y los servicios básicos.
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El papel de la comunidad internacional es crucial. Ejemplos de transiciones exitosas hacia la democracia, como las vistas en Europa del Este o en América Latina, pueden ofrecer valiosas lecciones sobre cómo manejar la salida pacífica de regímenes autoritarios. Asimismo, es importante no olvidar la justicia transicional: deben establecerse mecanismos para garantizar que aquellos responsables de violaciones a los derechos humanos rindan cuentas, pero sin caer en venganzas que puedan dividir aún más a la nación.
Un cambio en Cuba traería estabilidad y paz a toda la región, especialmente a países como Venezuela y Nicaragua, donde el régimen cubano ha influido negativamente en la democracia. No atender esta crisis adecuadamente no solo afectará a los cubanos, sino que contribuirá a la inestabilidad en todo el hemisferio occidental.
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La reconstrucción del país no es solo económica. Requiere la creación de nuevas instituciones democráticas, una reconfiguración de la justicia y una verdadera reconciliación nacional. Estamos ante un desafío como nación, un momento decisivo para comenzar el camino hacia la transición democrática, la reconstrucción y la reconciliación. Este es el único camino para salir de la crisis sistemática en la que nos encontramos.
Es hora de comenzar.
* El autor es activista de derechos humanos en Cuba y CEO de Yucabyte.
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