
Me referiré a dos artículos sobre la gelatinosa “batalla cultural” de Javier Cubillas y Roberto Campos, que a su vez responden a uno anterior de Antonella Marty.
Antonella, como yo mismo lo he hecho en el libro “Lo Impensable, el curioso caso de los liberales mutando al fascismo”, a diferencia de quienes le responden, no habla de cualquier “batalla cultural” sino del significado que tiene en el debate político actual. En ese sentido, tanto Cubillas como Campos evitan decir, y por lo tanto justificar, que esa terminología los une al significante utilizado por el nacionalismo cristiano antiliberal de los Trump, DeSantis, Bolsonaro, Kast, Vox, Orbán, Meloni y en última instancia Vladimir Putin, para quienes la cultura tiene que amoldarse a unos “valores tradicionales”, es decir que es una declarada guerra contra la cultura como orden espontáneo. Milei en Argentina es justamente la unión en una “batalla cultural” de dos proyectos nominalmente opuestos como son el liberalismo y la teocracia nacionalista cristiana.
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El punto no es si hay batallas en la cultura o si el término batalla como metáfora puede usarse para la discusión de ideas, sino en qué batalla están, con quienes y por qué. No se puede estar junto a Vladimir Putin o DeSantis por masculinizar a quienes no son masculinos porque al igual que la defensa de la libertad de comercio ambos objetivos puedan ser llamados “batalla cultural”. Es que tampoco el nacionalismo cristiano al que sirven hoy los liberales está simplemente en una “batalla cultural” así nomás. Esa lucha tiene un contenido mucho más específico expresamente antiliberal al considerar que ciertas libertades y “proyectos de vida” son en sí disolventes de la sociedad. Si eso fuera una batalla cultural ¿por qué están los liberales con los que pelean contra lo que quiere la gente y el avance moral que señala Antonella? ¿Porque todos tienen en común que “dan” una batalla?
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Por un momento los que se consideran liberales o quieren decir que lo son, deben dejar de lado la negación y el caradurismo y asumir cómo se acuestan con el antiliberalismo en función de la lucha por la subsistencia de prejuicios, segregación y la preeminencia de una versión tan hipócrita de cristianismo que puede abarcar a un genocida como Vladimir Putin por ser masculino. Los dos artículos que menciono prefieren quedarse con la terminología en abstracto y no adentrase en como se usa y con quienes se comparte, con los que además comparten proyectos políticos en concreto como el de MIlei, en esa cópula contra natura entre un neofascismo y un liberalismo que quiere cerrar el Banco Central y sentarse a ver como la hipocresía religiosa instala un nuevo totalitarismo.
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En ese sentido, Cubillas menciona a la batalla cultural que da el influencer Agustín Laje, pero no la discute, no le dedica una línea, su artículo es una respuesta a la clara referencia de Marty a la guerra declarada contra la libertad personal por parte de una neoteocracia resentida por la forma en que sus crímenes llegan a los tribunales republicanos y a los medios de comunicación de las sociedades libres. No consideran que tengan que hacer ahí distinción alguna a pesar de que comparten la convocatoria a esta batalla como mantra con esa gente.
Para la generación actual que sigue a Milei no hay batalla alguna por la libertad sino contra la libertad expresada en la diversidad o la protección de los menores de edad contra el maltrato psicológico en la familia o las escuelas porque los sectores que quieren tapar los cientos de miles de escándalos de pedofilia ejercida por religiosos han decidido, comandados por Benedicto XVI, tildarlas de conspiración marxista.
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Esa es la batalla cultural de la que hablamos, la que está en el debate político ahora, no la de los toc toc contra la quena; tampoco es la cuestión si hay alguna batalla en algún sentido en la cultura, que es la tangente por la que derivan ambos analistas.
Mientras ese análisis no ocurra, diré que la cultura está avanzando justamente por las aristas que en concreto los batalladores de ahora quieren frenar y demonizar, como lo han hecho siempre contra cualquier avance de la libertad. No olvidemos que tildaron de marxista a la lucha por los derechos civiles en la década del 60. La cultura de la diversidad que se abre camino en el mercado tiene como enemigos a unos cuantos proyectos de tiranos o directamente tiranos como el mentado Putin, Vox y Milei y ninguno de ellos representa ni a versión alguna de liberalismo ni a versión honesta alguna de cristianismo.
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El nacionalismo cristiano es una identidad de casta, que se percibe fuera de la ley y con derecho a gobernar lo público y lo privado y que le ha llamado a eso “batalla cultural” y al liberalismo real, no al actual, como siempre lo ha llamado el fascismo, lo identifica como marxismo.
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