Nunca puede darse por superada una crisis si no se desactivan las causas que le dieron origen. Argentina no vive una crisis particular, sino otro episodio de una crisis recurrente, que si bien está académicamente sobre-estudiada, ha sido imposible de desactivar, por lo menos desde el Rodrigazo (1975) hasta aquí.

Tres tensiones conviven y se retroalimentan lesionando nuestras capacidades sociales: la falta de un acuerdo político sobre las prioridades públicas, las dificultades de nuestra estructura económica para generar las divisas que garanticen un funcionamiento aceptable y la recurrencia al déficit para sostener nuestro sector público.

Nuestros desmanejos son proverbiales, cada tanto deslumbramos al mundo con innovaciones macroeconómicas, que al no ser geniales resultan patéticas.

Sin embargo, lo expresado arriba no queda aún claro para el conjunto social; porque en este largo período de inestabilidad se intercalan pequeños momentos (cada vez más pequeños) de bonanza. Ya sea porque algunos años los productos que exportamos gozan de precios extraordinarios, ya sea porque luego de una devaluación el país resulta una oportunidad para inversiones financieras, lo cierto es que Argentina muestra entre crisis y crisis recuperaciones que no resuelven los problemas de fondo.

La vulnerabilidad de la economía argentina, que ha lesionado a todos los gobiernos desde la recuperación democrática, debe resolverse urgentemente porque condiciona negativamente nuestro modelo social.

Así como los techos se arreglan los días de sol y no los de lluvia, las reformas de nuestra economía deben ser la agenda posterior al acuerdo de financiamiento con el Fondo Monetario Internacional.

En ese momento debemos abocarnos a dotar de fortaleza a nuestra economía. El equilibrio presupuestario buscado es un paso importante, y probablemente con el tipo de cambio que dejó "la tormenta" por algunos trimestres nuestras balanzas comercial y turística serán positivas.

Ahora bien, para salir de la decadencia no nos bastan un par de trimestres de balanza comercial positiva o una primavera financiera basada en que está "altamente garantizado" el pago de la deuda soberana. Necesitamos reconstruir las bases de un crecimiento sólido.

El Gobierno ya ha avanzado en algunos aspectos; la inversión en infraestructura que baja el costo logístico, el esfuerzo por recuperar autonomía energética, y la simplificación de trámites, así como una gestión más ágil del proceso exportador, van claramente en dirección de generar una competitividad más consistente.

Pero se necesitan encarar al menos seis reformas que reviertan para siempre las causas de nuestra crisis:

1.Un consenso de largo plazo sobre un tipo de cambio flexible pero previsible y competitivo que permita a los agentes económicos tomar decisiones en un marco institucional constante a lo largo del tiempo. Ese consenso debe incluir el destino de los recursos públicos excedentes que genere Vaca Muerta.

2.Una norma de ahorro fiscal de aplicación automática, cuando la economía se expande por más de dos trimestres por encima del cuatro por ciento. Debemos dejar de ser ahorradores en las crisis (por la fuerza) para ser prudentes en las buenas.

3.Un programa agresivo de promoción de la natalidad empresarial. Sin empresas no habrá ni empleo, ni exportaciones, ni recaudación (ver datos del Observatorio Pyme). Tenemos muy pocas empresas y no hay demasiada consciencia del déficit que eso constituye.

4.Un control preventivo y adecuado al ingreso de capitales (como lo hizo Chile en su momento) para evitar burbujas y la embriagadora idea de las recuperaciones estacionales.

5.Una reforma laboral que facilite la contratación legal y sobre todo que dialogue con las necesidades de las microempresas (las grandes generadoras de empleo actual) y también con la protección social para evitar la consolidación de la "pobreza asistida".

6.Un programa de promoción exportadora, que exceda la perspectiva tradicional basada en ventajas comparativas y se constituya en una ventana de oportunidad para el trabajo y la creatividad argentina en todas sus expresiones.

Si no podemos sostener un sector público financiable y si no podemos conseguir legítimamente (por vía del comercio y las inversiones) las divisas que necesitamos; la crisis se hará permanente.

Esta generación debe y puede abrir un nuevo tiempo de racionalidad económica y responsabilidad política.

El autor es diputado nacional por la provincia de Buenos Aires (UCR/ Cambiemos).