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Rusia juega con el tiempo, Occidente con el desgaste

La guerra entre Rusia y Ucrania se ha convertido en una disputa de resistencia. Mientras Moscú soporta las sanciones y Kyiv extiende sus ataques, Occidente enfrenta costos económicos, militares y políticos crecientes que reducen el margen para prolongar el conflicto sin una salida diplomática

Talya Iscan Universidad Panamericana
TALYA ISCAN, Académica de la Escuela de Gobierno y Economia de la Universidad Panamericana y de la Facultad de Empresariales, experta en política internacional y seguridad
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La guerra entre Rusia y Ucrania ha entrado en una fase particularmente peligrosa: ya no se trata únicamente de conquistar territorio, resistir en las trincheras o desgastar al adversario, sino de demostrar quién puede prolongar el conflicto durante más tiempo sin quebrarse económica, política y socialmente.

Los acontecimientos de los últimos días muestran que ninguno de los actores principales está dispuesto a reducir la intensidad. Rusia incrementó sus ataques con misiles balísticos sobre Kyiv y otras ciudades ucranianas, mientras Ucrania amplió sus operaciones con drones contra Moscú, instalaciones petroleras, centros logísticos y embarcaciones rusas en el mar Negro y el mar de Azov.

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La guerra se aleja del frente

El 19 de julio, Rusia lanzó 41 misiles contra Kyiv en uno de sus mayores ataques balísticos recientes. Ucrania afirmó haber interceptado 18 misiles y 108 de los 125 drones empleados durante aquella ofensiva.

Cinco días después, otro misil ruso alcanzó un evento vinculado con la industria de defensa en la región de Kyiv, donde murieron 10 personas y cerca de 100 resultaron heridas.

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Al mismo tiempo, Ucrania lanzó aproximadamente 400 drones contra Moscú y su periferia, causando incendios, interrupciones aeroportuarias y al menos 10 heridos. La guerra, por lo tanto, se desplaza cada vez más lejos del frente tradicional.

La dimensión marítima también se ha agravado. Unidades ucranianas aseguran haber atacado más de 180 barcos, instalaciones y objetivos vinculados con la logística rusa alrededor de Crimea.

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Moscú respondió intensificando los bombardeos contra Odesa, Mykolaiv y las rutas marítimas ucranianas. Entre el 20 de junio y el 20 de julio, las autoridades regionales ucranianas registraron ataques contra 28 embarcaciones civiles, con 21 muertos.

Uno de ellos alcanzó al carguero Golden Leo, que transportaba maíz, y provocó la muerte de 10 personas. Algunas navieras suspendieron temporalmente sus operaciones y Ucrania habría perdido alrededor de un tercio de su capacidad exportadora de granos por el mar Negro.

Estas cifras muestran una escalada real, no solamente discursiva. La Oficina de Derechos Humanos de Naciones Unidas documentó mil 396 civiles muertos y 7 mil 978 heridos en Ucrania durante el primer semestre de 2026, un aumento del 37% frente al mismo periodo de 2025.

Tan solo en junio murieron al menos 293 civiles y mil 990 resultaron heridos, el mayor número mensual de víctimas desde abril de 2022. Los misiles y drones de largo alcance ocasionaron el 45% de las víctimas registradas ese mes.

Reconocer la responsabilidad de los ataques rusos sobre zonas pobladas es indispensable; también lo es admitir que Ucrania ha llevado progresivamente la guerra al territorio ruso y contra infraestructuras que Moscú considera civiles.

Rusia: presión económica sin colapso

Sin embargo, la interpretación dominante en buena parte de los medios occidentales continúa girando alrededor de una expectativa que no se ha materializado: el supuesto colapso inminente de Rusia.

Desde 2022 se ha pronosticado que las sanciones, el aislamiento financiero, la pérdida de mercados energéticos y el desgaste militar obligarían al Kremlin a retroceder. Eso no ocurrió. Rusia enfrenta problemas importantes, pero ha demostrado una capacidad de adaptación mayor de la que esperaban Washington y Bruselas.

El Banco Central ruso redujo recientemente su proyección de crecimiento para 2026 a un rango de entre 0% y 1%, mientras elevó su previsión de inflación al 6%-7%. La tasa de interés permanece en un elevado 14%, los precios de la gasolina han aumentado y el déficit presupuestario podría superar las previsiones oficiales.

Pero esto no equivale a un derrumbe. El Fondo Monetario Internacional aún proyecta un crecimiento ruso de 1.1% para 2026 y el Banco Mundial calcula alrededor de 0.8%. Se trata de una economía estancada y presionada por la guerra, pero todavía funcional.

Además, la simultaneidad de las guerras está beneficiando indirectamente a Moscú. La confrontación de Estados Unidos e Israel con Irán elevó los precios internacionales del petróleo y afectó el transporte energético por el estrecho de Ormuz.

Los ingresos rusos por petróleo y gas podrían aumentar cerca del 60% interanual durante julio, aunque el acumulado de enero a julio seguiría siendo inferior al de 2025. El petróleo y el gas representan alrededor de una quinta parte de los ingresos presupuestarios rusos.

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Mientras el Occidente abre nuevos frentes y presiona el mercado energético, Rusia obtiene recursos adicionales para financiar una guerra que sus adversarios esperaban volver económicamente insostenible.

Dar crédito a Rusia no significa justificar cada una de sus acciones ni negar el sufrimiento de Ucrania. Significa reconocer que Moscú ha sido capaz de reorganizar sus prioridades, mantener el funcionamiento del Estado, sostener un gasto militar extraordinario y soportar más de cuatro años de sanciones.

Rusia destinó aproximadamente 190 mil millones de dólares al sector militar en 2025, equivalentes al 7.5% de su producto interno bruto. Para 2026, su presupuesto contempla alrededor de 14.9 billones de rublos en gastos militares, cerca del 6.3% del PIB. Es una carga enorme, pero los especialistas de SIPRI consideran improbable que la presión económica, por sí sola, obligue a Moscú a detener la guerra.

La factura creciente para Occidente

Occidente, por su parte, tampoco está cerca de la bancarrota. Pero la prolongación de la guerra le impone costos crecientes, especialmente a Europa. La Unión Europea y sus Estados miembros aseguran haber movilizado más de 226 mil millones de dólares en asistencia financiera, militar, humanitaria y para refugiados.

En abril aprobaron además un préstamo de 104 mil millones para cubrir las necesidades ucranianas de 2026 y 2027, de los cuales casi 70 mil millones se destinarían a ayuda militar. Alemania asignó otros 4 mil 200 millones de euros en marzo y abril, principalmente para defensa aérea y drones. El costo no se limita al dinero enviado a Kyiv.

El gasto militar europeo aumentó 14% en 2025 hasta alcanzar 864 mil millones de dólares. La carga militar promedio del continente subió al 3.2% del PIB, más del doble que en 2016. Estos recursos pueden fortalecer la defensa europea, pero también compiten con infraestructura, políticas sociales, transición energética, educación y recuperación industrial.

Estados Unidos enfrenta una contradicción distinta. Washington obtiene beneficios estratégicos e industriales de una guerra que debilita a Rusia sin desplegar directamente grandes contingentes estadounidenses en Ucrania.

Lockheed Martin y RTX elevaron sus previsiones para 2026 gracias a la demanda de misiles, sistemas antiaéreos e interceptores. Sus carteras de pedidos alcanzaron aproximadamente 230 mil 400 y 289 mil millones de dólares, respectivamente.

Pero las guerras simultáneas también están agotando arsenales estadounidenses y obligando al Pentágono a acelerar una costosa reposición de municiones. Desde 2022, el Congreso estadounidense ha aprobado más de 174 mil millones de dólares relacionados con Ucrania y los países afectados por la guerra.

En los primeros tres años se aprobaron alrededor de 127 mil millones en asistencia militar. El gasto puede impulsar fábricas estadounidenses, empleos y producción tecnológica, pero sigue representando una carga fiscal y una distracción estratégica cuando Washington también pretende contener a China, sostener a Israel, enfrentar a Irán y reforzar su presencia en el Indo-Pacífico.

Europa se encuentra en una posición todavía más vulnerable porque debe absorber simultáneamente la guerra de Ucrania y el choque energético de Medio Oriente. El FMI redujo la previsión de crecimiento de la eurozona a 0.9% en 2026 y elevó la inflación proyectada a 2.9%.

La Comisión Europea calcula que el déficit público de la Unión podría subir del 3.1% del PIB en 2025 al 3.6% en 2027, debido al menor crecimiento, los intereses de la deuda, los subsidios energéticos y el aumento del gasto en defensa. La guerra no está destruyendo a Occidente, pero sí está debilitando sus márgenes fiscales, energéticos y políticos.

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Los incentivos para seguir luchando

Por eso resulta demasiado sencillo afirmar que solamente Rusia desea prolongar la guerra. Moscú tiene objetivos territoriales y estratégicos que Ucrania considera inaceptables. Kyiv teme que una negociación precipitada convierta las conquistas militares rusas en fronteras permanentes.

Europa teme que una paz favorable a Rusia debilite la credibilidad de la OTAN. Estados Unidos utiliza el apoyo a Ucrania como herramienta de presión sobre Moscú. Todos tienen razones para negociar, pero también incentivos para seguir luchando. El Kremlin afirmó esta semana que espera nuevas propuestas de Donald Trump y que continúa abierto al diálogo con Washington.

También aseguró que anteriores planteamientos estadounidenses fueron aceptados por Rusia y rechazados por Ucrania bajo influencia europea; esa versión no ha sido comprobada independientemente y forma parte de la batalla narrativa.

No obstante, el problema central permanece: las sanciones y los envíos de armas han sustituido demasiadas veces a la diplomacia, mientras cada parte espera mejorar su posición antes de sentarse seriamente a negociar.

Una disputa por el tiempo

La escalada actual debe interpretarse como una disputa por el tiempo. Rusia considera que puede resistir más que Ucrania y que las divisiones políticas occidentales terminarán debilitando el apoyo a Kyiv.

Ucrania intenta demostrar que puede llevar la guerra hasta Moscú, Crimea, los puertos y la infraestructura petrolera rusa. Occidente busca impedir una victoria rusa sin asumir directamente una guerra contra una potencia nuclear.

Pero mientras aparecen nuevos conflictos en Irán, Gaza, el mar Rojo y otras regiones, la capacidad occidental para financiar, armar y administrar varias crisis simultáneas disminuye.

Rusia también paga un precio muy alto, aunque ha demostrado mayor resistencia de la prevista. El error de Occidente ha sido confundir resistencia ucraniana con una estrategia definitiva y presión económica con una solución política. Una paz sostenible no surgirá de ignorar la posición rusa ni de exigir una capitulación imposible.

Surgirá, en algún momento, del reconocimiento de las realidades militares, de garantías de seguridad verificables y de una negociación que ninguna de las partes podrá presentar como una victoria absoluta.

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