Carmen escapó de Los Zetas con minutos de ventaja: la historia de la esclava doméstica de Saltillo que sobrevivió para declarar

Durante casi tres meses limpió casas de seguridad, cocinó para células armadas y soportó golpes sin comer durante días.

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Mujer de cabello oscuro sentada en una silla de madera, cabeza hacia abajo y rostro en sombra, con una bombilla encendida y un marco de ventana al fondo.
Una mujer joven con su rostro oculto en la sombra ilustra el testimonio de Carmen, una víctima de trata y esclavitud doméstica en Saltillo, México. (Imagen Ilustrativa Infobae)

El 9 de junio de 2011, una joven de 21 años conocida como Carmen corrió con su vecina hacia una gasolinera de Saltillo y se escondió. Tres o cuatro minutos después de llegar al Hotel La Torre, aparecieron los soldados. Ese margen mínimo le salvó la vida.

Carmen había llegado al norte de México el 12 de marzo de ese año, atraída por la promesa de un futuro con su novio Daniel, quien le dijo que tenía trabajo en una carnicería nueva en Saltillo, Coahuila. Ella empeñó un anillo para pagar el boleto de autobús desde la Ciudad de México, donde vivía su madre, quien tampoco tenía dinero para prestárselo.

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El engaño que los atrapó a los dos

Daniel no estaba libre cuando Carmen llegó. El patrón de la carnicería lo había entregado al cártel de Los Zetas desde que pisó Saltillo, y lo usaban como empleado doméstico sin paga. Cuando Carmen cruzó la puerta de una casona beige de zaguán negro, de dos pisos y cinco recámaras, se encontró con hombres armados.

“De esta casa no vas a salir nunca”, le advirtió uno de ellos. Así comenzaron casi tres meses de esclavitud doméstica para la pareja, en uno de los pocos casos que la justicia mexicana llevó a juicio bajo el expediente de la causa penal 36/2011, en Saltillo.

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El Huarache, el soldado asesinado por el que encontraron las fosas de San Fernando y que terminó en el olvido Imagen: Infobae México

Los Zetas no solo ejecutaban rivales en plazas públicas: también mantenían a mujeres del interior del país como servidumbre sin sueldo en sus casas de seguridad. Carmen y Daniel limpiaban, cocinaban para los recién reclutados y lavaban coches. Cuando la limpieza no satisfacía a los jefes, los castigaban a tablazos.

Lo que Carmen vio y sufrió adentro

Carmen recuerda con nitidez a dos hombres. Uno tenía un tatuaje de dragón con una corona de espinas y los nombres de dos mujeres. El otro tenía la cara cortada cerca de la boca, al estilo del Guasón. Fueron ellos quienes la recibieron ese primer día de marzo con un grito: “¡Ponte a limpiar la casa!”

Hasta los integrantes más jóvenes del cártel la maltrataban. Un muchacho de unos 18 años la arrastró del cabello con una mano mientras sostenía una metralleta con la otra. “Me dijo que jamás iba a salir de esa casa”, contó Carmen, según el reportaje de Laura Sánchez Ley publicado en Milenio.

En abril, los trasladaron vendados y esposados a otra casa, donde estuvieron cerca de un mes. Luego los llevaron a un tercer punto en una colonia distinta, donde un muchacho vigilaba a Carmen las 24 horas. A Daniel prácticamente ya no lo veía.

Una persona sentada de espaldas a una ventana, con el rostro en sombra, en una habitación oscura de paredes descascaradas. Una bombilla cuelga del techo.
Una persona permanece sentada en una habitación con paredes descascaradas, donde la luz del exterior y de una bombilla tenue ilumina el contorno de su figura anónima para proteger su identidad. (Imagen Ilustrativa Infobae)

Hubo ocasiones en que la tuvieron hasta ocho días encerrada sin comer. Una vecina la vio delgada y le pasó alimento. Cuando los jefes se enteraron, el castigo fue obligar a esa misma vecina a convertirse en su vigilante.

La noche en que mostraron los moretones de Daniel

El 7 de junio de 2011, a las tres de la madrugada, llevaron a Carmen ante un jefe furioso porque ella había repetido su apodo sin querer. El hombre se sentó en el quinto escalón de la escalera y le ordenó a Daniel que se bajara los pantalones. Los tablazos le cubrían las nalgas de moretones.

Luego el sujeto jaló el gatillo de una pistola al aire. Le dijo a Carmen que si llegaban los militares al punto, la mataría, que al cabo no serían los primeros ni los últimos esclavos domésticos que mataba.

Dos días después, el 9 de junio, Carmen y la vecina salieron a un mandado. Aceleraron, se escondieron en una gasolinera y llegaron al Hotel La Torre. Uno de los jefes ya había llamado por teléfono a la hija de la vecina para avisar que iban por ellas. El margen entre escapar y morir fue de minutos.

Manos de una persona con mangas de suéter gris, entrelazadas sobre una mesa de madera. La luz del sol incide en diagonal sobre las manos y la mesa.
Manos entrelazadas, ilustran la tensión del momento previo a su testimonio público. Imagen ilustrativa. (Imagen Ilustrativa Infobae)

La segunda víctima y la detención de los captores

La Marina detuvo a los hombres del cártel el martes 14 de junio de 2011, alrededor de las cinco de la tarde, guiada por la declaración de Carmen. Los infantes Ricardo Tapia Ramos y Víctor Manuel Berber Reyes llegaron a una casa de dos pisos color verde olivo, cerca de una escuela en construcción.

Al entrar, encontraron a tres hombres con uniformes camuflados tipo jungla y gorras negras con el logotipo de los Zetas. Les decomisaron dos rifles AR-15 calibre 5.56, un AK-47, dos pistolas —una nueve milímetros y una calibre .45—, cargadores abastecidos, una granada de fragmentación, tres juegos de llaves de vehículos y seis teléfonos celulares.

Uno de los detenidos, en un intento por quedar libre, reveló que en la misma colonia había otra casa de seguridad con “una mujer secuestrada”. Los marinos se trasladaron a las seis y veinte de la tarde. Desde un cuarto cerrado con llave escucharon una voz de mujer que pedía ayuda.

Era una joven llegada desde Monterrey ese mismo 9 de junio, el mismo día en que Carmen escapaba. Huía de un exnovio que la hostigaba y buscaba trabajo. En una taquería de Saltillo, una mujer de unos 45 o 50 años que dijo llamarse Lourdes le ofreció empleo y hospedaje. La joven aceptó. Los hijos de Lourdes, al verla entrar, le preguntaron a su madre para quién era “ese regalito”. La Marina la encontró cinco días después. Iba a ser la siguiente esclava doméstica del cártel.

Una mujer de cabello oscuro, sentada en una silla, tiene las manos unidas sobre sus rodillas en una habitación con poca luz y una pared deteriorada.
Una mujer, con el rostro en penumbra, se sienta en una silla en una habitación oscura, ilustrando la historia de una superviviente que testifica sin revelar su identidad en Saltillo. (Imagen Ilustrativa Infobae)

La sentencia que tardó doce años en llegar

El 30 de noviembre de 2023, el juzgado de Saltillo dictó sentencia en la causa penal 36/2011. Los tres hombres resultaron responsables de cinco delitos: delincuencia organizada, secuestro, portación de arma de fuego de uso exclusivo del Ejército, posesión de cartuchos de uso reservado y trata de personas.

A cada uno le impusieron 41 años de prisión y una multa de 2 mil 850 días, equivalente a 161 mil 595 pesos. El desglose: 25 años por el secuestro, seis por la trata, seis por los delitos de armas y cuatro por delincuencia organizada.

En los careos del expediente, Carmen enfrentó a sus captores. Les dijo que llevaba “tres años y medio aguantando el daño psicológico” de los maltratos. Contó que soñaba con ellos con frecuencia y que en ocasiones se orinaba dormida por las pesadillas. Uno de los Zetas le respondió, con cinismo, que a él lo había perjudicado el tiempo que llevaba preso.

El tribunal también los condenó a reparar el daño a las dos mujeres, con indemnización material y moral, incluido el pago de los tratamientos psicoterapéuticos que necesiten. Fue, según el reportaje de Milenio / Dominga, un hecho sin precedente en la justicia mexicana frente a la esclavitud doméstica del narco.

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