
En medio de un escenario internacional dominado por guerras abiertas, tensiones geopolíticas y una creciente rivalidad entre grandes potencias, la Unión Europea ha iniciado una transformación silenciosa que podría redefinir su lugar en el mundo. Esta semana, el liderazgo europeo ha insistido en profundizar el mercado único, reducir barreras regulatorias internas y fortalecer la competitividad económica del bloque. No es una simple discusión técnica. Es un intento de reposicionar a Europa como actor estratégico en un sistema internacional cada vez más fragmentado.
La Unión Europea sigue siendo una de las mayores economías del planeta. Con un mercado de más de 440 millones de personas, cerca de 23 millones de empresas y un producto interno bruto que ronda los 18 billones de euros, el bloque representa aproximadamente el 15 por ciento del comercio mundial y continúa siendo uno de los principales centros de inversión global. El mercado único europeo sostiene más de 50 millones de empleos y ha incrementado el producto interno bruto del bloque en varios puntos porcentuales desde su consolidación. Sin embargo, el crecimiento económico europeo se ha desacelerado en los últimos años. Las previsiones más recientes sitúan su expansión alrededor del 1 por ciento anual, por debajo del dinamismo estadounidense y muy por detrás de varias economías asiáticas.
Ante este panorama, la prioridad europea es clara: reducir la dependencia de actores externos y fortalecer su autonomía económica. La transición energética, la industria tecnológica y la producción industrial se han convertido en sectores estratégicos. Europa busca producir más dentro de sus propias fronteras, reducir la dependencia tecnológica de Estados Unidos y disminuir la dependencia industrial de China. En el ámbito energético, el bloque intenta consolidar su transición hacia fuentes renovables mientras protege su seguridad económica. En el ámbito digital, busca desarrollar su propia infraestructura tecnológica y regular el poder de las grandes plataformas globales. Todo esto forma parte de una estrategia de autonomía que no se limita a la economía, sino que tiene implicaciones geopolíticas profundas.
Este giro responde a un contexto global en el que el orden internacional se vuelve cada vez más competitivo y menos cooperativo. La rivalidad entre Estados Unidos y China ha fragmentado cadenas de suministro, redes tecnológicas y alianzas comerciales. Europa intenta evitar quedar atrapada entre estas dos potencias y aspira a consolidarse como un tercer polo de poder económico y político. Para lograrlo, necesita un mercado interno más integrado, una política industrial más coordinada y una presencia global más coherente. No es casual que el bloque esté impulsando acuerdos comerciales estratégicos con distintas regiones del mundo y reforzando su presencia en sectores clave como energía, tecnología y transición verde.
Sin embargo, esta estrategia también revela tensiones internas y contradicciones. Europa pretende defender el multilateralismo y los derechos humanos, pero al mismo tiempo avanza hacia políticas más proteccionistas y hacia una reindustrialización que podría afectar a economías periféricas. Su apuesta por la autonomía estratégica implica fortalecer industrias propias incluso si eso reduce la apertura comercial que durante décadas promovió. Existe el riesgo de que la Unión Europea, en su intento por competir con Estados Unidos y China, reproduzca prácticas de poder económico que históricamente criticó. La defensa de estándares ambientales y regulatorios más altos, por ejemplo, puede convertirse en una barrera para exportaciones de países en desarrollo si no se acompaña de mecanismos reales de cooperación tecnológica y financiera.
Además, la política exterior europea enfrenta un dilema creciente entre valores y realismo.
Mientras insiste en la defensa de la democracia y los derechos humanos, el bloque mantiene acuerdos estratégicos con actores que no necesariamente comparten esos principios cuando están en juego recursos energéticos, seguridad o estabilidad regional. Esta ambigüedad puede debilitar su legitimidad global y reforzar la percepción de que la normativa europea funciona también como instrumento de poder. Europa aspira a liderar una agenda de transición verde y digital, pero aún debe resolver cómo evitar que esa agenda profundice desigualdades globales o refuerce nuevas dependencias tecnológicas.
Para América Latina, el fortalecimiento europeo representa tanto una oportunidad como un desafío. La región sigue siendo un socio relevante para Europa en términos comerciales y de inversión. Una Unión Europea más integrada y con mayor autonomía industrial podría buscar proveedores estratégicos de energía, minerales críticos y alimentos, lo que abriría nuevos espacios de cooperación económica. Al mismo tiempo, el endurecimiento de estándares regulatorios y la reconfiguración de cadenas de valor podrían reforzar relaciones asimétricas si América Latina no avanza hacia una mayor diversificación productiva y tecnológica. El riesgo es quedar nuevamente posicionada como proveedor de materias primas en un sistema internacional que exige cada vez más innovación y valor agregado.
En el caso de México, el impacto es especialmente significativo. La economía mexicana está profundamente vinculada a Estados Unidos, pero la reconfiguración europea abre la posibilidad de diversificar relaciones comerciales y tecnológicas. Un mercado europeo más integrado podría convertirse en un socio relevante para inversiones en energía limpia, manufactura avanzada y cooperación tecnológica. Sin embargo, también implicará mayores exigencias en estándares ambientales, laborales y digitales. México deberá equilibrar su integración con América del Norte con nuevas oportunidades en Europa sin perder competitividad ni autonomía estratégica.
Lo que se observa hoy en Europa es parte de una transformación más amplia del orden global. Mientras Estados Unidos y China protagonizan la rivalidad central del sistema internacional, la Unión Europea intenta reinventarse como actor autónomo y relevante. Esta reorganización no está exenta de riesgos ni de contradicciones. Si Europa logra consolidar su integración económica y su capacidad industrial, podría recuperar parte de su influencia global. Pero si no logra equilibrar competitividad con coherencia política y responsabilidad internacional, su proyecto podría enfrentar límites estructurales y cuestionamientos externos.
En un mundo cada vez más multipolar, la reorganización europea tendrá efectos que irán mucho más allá del continente. América Latina y México deberán observar con atención este proceso y definir estrategias propias. No se trata solo de adaptarse a un nuevo escenario, sino de entender que la disputa por el poder económico y narrativo del siglo XXI también atraviesa las relaciones entre Europa y el resto del mundo.
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