
El sarampión es una enfermedad viral altamente contagiosa que afecta principalmente a niñas y niños, aunque también puede presentarse en adolescentes y adultos no vacunados.
A pesar de que existe una vacuna segura y eficaz, el sarampión sigue representando un riesgo para la salud pública cuando disminuyen las coberturas de vacunación, ya que puede propagarse con rapidez y provocar complicaciones graves.
El sarampión se transmite de persona a persona a través de gotículas respiratorias que se expulsan al toser, estornudar, hablar o incluso respirar. El virus puede permanecer activo en el aire y en superficies durante varias horas, lo que facilita el contagio en espacios cerrados como escuelas, transporte público, guarderías y centros de trabajo.
Una persona infectada puede transmitir la enfermedad desde cuatro días antes de la aparición del sarpullido hasta cuatro días después, incluso sin saber que está enferma.

Debido a su alta capacidad de transmisión, el sarampión puede afectar rápidamente a comunidades donde existen personas no vacunadas o con esquemas de vacunación incompletos. Los síntomas iniciales suelen aparecer entre siete y 14 días después del contagio e incluyen fiebre alta, tos, escurrimiento nasal, ojos enrojecidos y sensibles a la luz.
Posteriormente, aparece un sarpullido característico que comienza en el rostro y se extiende al resto del cuerpo. En algunos casos, la enfermedad puede derivar en complicaciones como neumonía, encefalitis, infecciones del oído e incluso la muerte, especialmente en menores de cinco años, personas desnutridas o con sistemas inmunológicos debilitados.
La principal medida para prevenir el sarampión es la vacunación. La vacuna triple viral (SRP), que protege contra sarampión, rubéola y parotiditis, es segura y altamente efectiva. El esquema de vacunación recomendado contempla dos dosis: la primera generalmente se aplica al año de edad y la segunda durante la infancia temprana.
Contar con el esquema completo brinda una protección superior al 95 por ciento y contribuye a la llamada inmunidad colectiva, que protege también a quienes no pueden vacunarse por razones médicas.

Además de la vacunación, es importante reforzar medidas de prevención como el lavado frecuente de manos, el uso de cubrebocas en caso de síntomas respiratorios y la ventilación de espacios cerrados.
Ante la presencia de síntomas compatibles con sarampión, se recomienda evitar el contacto con otras personas y acudir de inmediato a una unidad de salud para recibir diagnóstico y atención médica oportuna. No se debe recurrir a la automedicación.
Las autoridades sanitarias enfatizan la importancia de revisar las cartillas de vacunación y completar los esquemas pendientes. La prevención del sarampión es una responsabilidad colectiva que requiere la participación activa de la población, el personal de salud y las instituciones. Mantener altas coberturas de vacunación es la herramienta más eficaz para evitar brotes y proteger la salud de la comunidad.
La información oportuna, la vacunación y la atención médica temprana son claves para prevenir el sarampión y reducir sus riesgos.
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